75
Tardé cinco meses en recuperar la paz y transformar el dolor en tranquilidad por mi propio bienestar. Por ello, hoy decidí visitar a mi madre. Le pedí a Garrett que me llevara; no sabía si habría una reconciliación, pero quería liberarla de la inquietud por mi falta de perdón.
Al llegar, Garrett aguardó en el auto. Richard me abrió la puerta y su sorpresa fue evidente. Técnicamente, yo incumplía la ley al acercarme a él, pero esta vez guardaríamos silencio.
—Colette —exclamó con los ojos muy abiertos.
—No se preocupe, vengo a ver a mi madre.
—Está en el jardín, detrás de la casa.
Caminé hacia la parte trasera. Ella, provista de guantes y tijeras, podaba las flores con una paciencia que las hacía lucir hermosas.
Se giró al escuchar mis pasos. Quise decirle que lloré noches enteras por su culpa, que la odié y la extrañé en una batalla interna constante, pero que el amor siempre terminaba ganando. Lo único que logré pronunciar fue:
—Mamá.
—Hija.
Ambas rompimos a llorar y corrimos a fundirnos en un abrazo eterno. Quizá tardaríamos en reconstruir nuestro vínculo, pero todo comenzó con ese perdón compartido.