Mi Amor Es De Peso 64
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¿Podría afirmar que confío en quienes me rodean?

Indiscutiblemente, no. A lo largo de mi vida he lidiado con altibajos respecto a la lealtad, pero el golpe más certero provino de mis propios padres, quienes debieron ser el cimiento de mi aprendizaje.

Por motivos obvios, la realidad para mí fue muy distinta.

El caballero misterioso se quedó sin escapatoria. Antes de provocar un altercado en pleno parque, nos trasladamos a una cafetería situada justo enfrente para hablar con privacidad, tal como él mismo propuso. Llamé a Nick para que vigilara desde el exterior, atento a cualquier anomalía.

—Usted es el único que puede aclarar este embrollo —sentenció Garrett—. Lo escuchamos antes de que intervenga la policía.

El hombre se pasó la mano por el cabello con nerviosismo y observó hacia la calle.

—Esto es complicado. No me corresponde a mí revelarte toda la historia —dijo dirigiéndose a mí.

—¿Cuál es su nombre? —exigí.

—Richard Baudin —respondió antes de beber un sorbo de café.

Garrett y yo intercambiamos una mirada de desconcierto.

—¿Es usted el propietario de alguna perfumería? —inquirió Garrett.

—De un laboratorio, pero no soy el dueño.

—¿Entonces? —necesitaba desentrañar aquel nudo.

—Soy un simple trabajador.

—¡Maldita sea, diga la verdad de una vez! —demandó Garrett. Sujeté su mano para que mantuviera la compostura.

—Si no está dispuesto a cooperar con nosotros, tendrá que explicárselo a la ley —amenacé.

—Hablaremos, pero les advierto: no conocen ni la mitad de los hechos y lo que creen saber es falso.

—¿Por qué me ha hostigado todo este tiempo? Necesito comprender la razón.

Richard soltó una carcajada seca mientras negaba con la cabeza.

—¿Qué le hace tanta gracia? —murmuró Garrett con hostilidad.

—¿De verdad confías plenamente en tu padre? —me preguntó Richard.

—¿Por qué lo dice?

—Sé honesta —se encogió de hombros—. Ni tú, que eres su hija, puedes estar segura de nada. ¿Cómo sabrás si miento? Estás tan desesperada que eres incapaz de ver la realidad frente a tus ojos.

—Escuche bien… —gruñó Garrett. Se inclinó sobre la mesa, apoyando los codos para acortar la distancia en un gesto intimidante—.

Aquí lo único que veo es a un imbécil que agota mi paciencia.

No me importa dónde estemos; si no habla ahora mismo, le advierto que la policía espera afuera.

Pero antes de que lo arresten, me aseguraré de que salga de aquí sin poder caminar.

—Se reincorporó en la silla y cruzó los brazos—. ¿En qué estábamos?

El hombre palideció al notar que Garrett no bromeaba. Yo me quedé impactada ante su determinación; por poco exclamo lo orgullosa que me sentía de él.

—Probablemente eras demasiado pequeña para notarlo —inició Richard—. Yo era amigo de tus padres. Tu padre trabajaba en una tienda de tecnología y tu madre poseía su firma de moda, ¿cierto?

—Eso es correcto —aseguré.

—Cuando tu padre notó el éxito de tu madre, decidió abandonar su empleo.

—Ya conozco esa parte —suspiré—. Necesito entender su papel en todo esto.

—Por favor, escúchenme. Debo relatar los hechos desde el principio.

Garrett rodó los ojos, incapaz de mantener los pies quietos por la ansiedad.

—Antes de continuar, aclare algo —recapitulé—. ¿Usted es pariente de Félix Baudin?

—Es mi hijo.

—¿Y cómo se relacionó con mi familia?

—Nos conocimos en las reuniones escolares; éramos cercanos. En aquel entonces, tu madre le otorgó a tu padre una participación en la empresa. El negocio les pertenecía a ambos, pero ella quiso expandir horizontes bajo ese apellido y todo se complicó. La codicia se apoderó de ellos.

—¿En qué sentido?

—Ahí intervengo yo —prosiguió—. Mi laboratorio de fragancias estaba en la quiebra por falta de fondos, así que se lo comenté a mis amigos: tus padres.

Me ofrecieron empleo en la firma y, con el tiempo, alcancé cierto reconocimiento.

Eso me permitió plantearle a tu madre mis proyectos.

A ella le entusiasmó la idea de que la marca de moda tuviera una línea de perfumería.

El error radicó en que, según tu padre, mi apellido no era comercial.

Quería usar el nombre Van Maarsen. Accedí porque ellos aportaban el capital; yo, como químico, poseía el conocimiento. Éramos un equipo, supuestamente.

—¿Pero qué ocurrió? —añadió Garrett.

—La avaricia y el engaño nos destruyeron a todos. —Richard extrajo un pañuelo para secarse el sudor de la frente—. Tu padre golpeaba a tu madre. La maltrataba.

—¿Qué? —susurré.

De inmediato, los recuerdos de gritos y disputas inundaron mi mente.

Comprendí por qué mi madre pasaba días postrada en cama, sumida en una depresión profunda.

Mi padre fue un hombre despreciable con ella; prefirieron mantener un estatus social antes que admitir el abuso físico y psicológico que existía en el hogar.