Mi Amor Es De Peso 61
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Al llegar a la casa de mi padre, decidida a desentrañar la verdad, uno de los empleados me permitió el paso.

—¿Cómo sigue mi padre? —pregunté antes de que fuera a buscarlo.

—Está mejor, señorita Van Maarsen. Sigue con rigor todos los cuidados prescritos por el médico —respondió con una leve reverencia antes de invitarme a pasar a la estancia.

Asentí y caminé hacia la sala de estar. Me acerqué al ventanal donde recordaba haber pasado tardes enteras junto a mi madre, trazando bocetos de vestidos y abrigos. Intenté hurgar en mis recuerdos: ¿en qué momento exacto se fracturó todo?

—Colette —escuché la voz de mi padre.

Al girarme, lo encontré demacrado; parecía que los años le hubieran caído encima de golpe. La tristeza me oprimió el pecho.

—Hola —reaccioné mientras él tomaba asiento—. ¿Cómo te encuentras?

—No muy bien, hija.

—¿Continúas con la medicación?

—Sí, aunque tuve una reacción alérgica en la piel.

—Papá —lo interrumpí, provocando un silencio tenso—. ¿Estás seguro de que ignoras lo que ha ocurrido estos meses?

—Me enteré hace poco. No sabía que las amenazas fueran tan graves, pero tras lo sucedido en el hospital, hemos extremado las precauciones.

—¿No sospechas de nadie? ¿Ni siquiera de alguien de aquí, de la casa? —inquirí en un susurro.

—Colette, mi esposa y mis hijas no tienen relación con esto.

Sus palabras me hirieron. Sentí un vuelco en el corazón al escuchar cómo las llamaba «mis hijas».

—Eso es lo que tú eliges creer —repliqué con un tono que rozaba el reproche.

—No tiene sentido desconfiar de ellas. Lo he comprobado; no soy un hombre ingenuo.

Suspiré con frustración.

—¿Y qué soy yo para ti? —pregunté, arrepintiéndome al instante por desviar el propósito de mi visita.

—Eres mi hija también, Colette. ¿Cuál es el problema? ¿Acaso estás celosa?

—Quizás. Pero más que celos, es la incapacidad de entender por qué les otorgas toda tu atención mientras que a mí solo me buscas para solicitar dinero. Los hechos hablan por sí solos.

—¿A qué viniste, Colette? —Se puso en pie con la intención de dar por terminada la charla.

—¡Respóndeme! ¿Por qué te has comportado de forma tan egoísta? ¿Qué te hizo cambiar? —Me levanté, dominada por la rabia y la desesperación—. ¡¿Por qué no me quieres?! ¡Responde!

—¡Porque tu madre me engañó! —me gritó. De inmediato, se llevó la mano al pecho y volvió a sentarse, jadeante.

—¿Qué?

—Tu madre me fue infiel —reiteró con la respiración entrecortada—. Escucha, las cosas no son como las recuerdas. Nuestro matrimonio no fue perfecto, a pesar de lo que la mayoría creía.

—¿Cómo es posible? —susurré, aturdida.

—Ninguno de los dos fue un santo. Ella me traicionó, sí… pero yo también lo hice.

—No puedes decirme esto ahora —murmuré, cubriéndome el rostro con las manos.

—Necesitamos hablar con calma, como adultos —pidió él.

—Estoy esperando la verdad. Cuéntalo todo —dije, sintiendo cómo las lágrimas nublaban mi vista.

—Está bien. Al principio nos amábamos mucho. Tuvimos un inicio feliz y, cuando naciste tú, todo parecía perfecto. Pero luego ella se obsesionó con ciertos proyectos y yo me sumergí en mi trabajo. Tomamos rumbos distintos.

—¿A qué te refieres con obsesiones?

—Deseaba expandir la empresa, diseñar una línea de cosméticos…

Pasaba demasiado tiempo en ello. Yo dejé mi empleo para apoyarla; pensé que si nos uníamos en los negocios, nuestro destino como pareja sería el mismo.

Pero nos distanciamos. Solo hablábamos de trabajo y, sin darnos cuenta, buscamos consuelo en otras personas.

La mujer con la que tuve una relación quedó embarazada.

Abrí los ojos con horror.

—Esas son las… —Señalé hacia el pasillo, refiriéndome a su esposa y mis hermanastras.

Él asintió. La verdad cayó sobre mí como un peso insoportable, retirando la venda que había cubierto mis ojos durante años.

—Por esa razón, Colette, son mis hijas y no puedo hacer distinciones.

—Pensé que solo habías querido darles tu apellido…

—Ahora conoces la realidad.

—¿Sabes que mi madre no murió de cáncer, verdad?

Mi padre palideció. Creyó que ese secreto moriría con él.

—¿Cómo lo supiste?

—He investigado por mi cuenta. Dime la verdad de una vez, papá: ¿de qué murió?

Él negó con la cabeza, con un gesto de profundo lamento.

—Colette… Tu madre se suicidó.