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Resultaba inconcebible. Durante diecisiete años creí que mi madre había fallecido a causa del cáncer, pero la realidad era otra. Descubrimos que ni siquiera figuraba en los registros de la clínica como paciente de aquella enfermedad.
¿Cómo pude ignorarlo tanto tiempo? La respuesta era simple: confié ciegamente en lo que me dijeron de niña y me limité a lo que mis ojos observaron.
Mis recuerdos me devolvían la imagen de una mujer sin fuerzas, postrada en la cama y apenas capaz de alimentarse; una sombra de la figura vital que aparecía en las fotografías de su juventud.
No lograba comprender qué estaba ocurriendo. Me enteraba de aquella mentira ahora que era adulta, lo que me obligaba a tomar una decisión drástica: debía enfrentar a mi padre. Él poseía la verdad sobre lo sucedido y no descansaría hasta obtenerla.