Mi Amor Es De Peso 55
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La fecha se aproximaba: un día plomizo y lluvioso en el que conmemoraba el fallecimiento de mi madre. Como cada año, acudí al cementerio junto a mis amigos, a quienes esta vez se sumó Nick, para depositar flores en su memoria.

Diecisiete años habían pasado desde que ella partió.

Fueron años amargos en los que aprendí a convivir con la ausencia de su afecto.

Al recordar su sonrisa y sus consejos, me invadía una mezcla de tristeza y gratitud por los momentos compartidos.

Superar una pérdida requiere tiempo; uno aprende a vivir con el dolor, incluso llega a la resignación, pero el corazón se encarga de recordarme que ella ya no está y la herida aún escuece.

Frente a la tumba, una sencilla placa de piedra con el nombre de Amelia Brown, me incliné bajo el paraguas.

Dejé un ramo de rosas blancas en silencio, mientras en mi mente repasaba los sucesos vertiginosos de las últimas semanas.

Al incorporarme, divisé a lo lejos a un hombre protegido por un paraguas negro.

Vestía un traje oscuro y me observaba tras la silueta de un árbol.

En cuanto nuestras miradas se cruzaron, echó a correr hacia un vehículo que lo aguardaba.

—¡Es él! —grité, señalando hacia la salida.

Estaba segura: aquel hombre debía ser el dueño de la perfumería.