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Al escuchar aquella frase, una parte de mí deseó desesperadamente que fuera una broma pesada de Garrett.
Pero el hombre que me sujetaba, oculto tras una gorra y una mascarilla negra, me conducía con firmeza hacia el estacionamiento.
Logré distinguir sus ojos pardos y un tatuaje en la muñeca: el mismo diseño del frasco de perfume que había aparecido en las amenazas y en la bomba. Era él.
Rogué internamente para que Nick hubiera atendido la llamada o que el GPS de mi móvil estuviera activo.
Estaba paralizada por el terror. El filo del arma blanca contra mi piel me impedía gritar.
Me aferré a Apolo, que no dejaba de ladrar con furia.
Al llegar a una furgoneta negra, la puerta se deslizó.
El sujeto me soltó un segundo y aproveché para gritar e intentar huir, pero él me empujó con violencia.
En el forcejeo, logré arrancarle la mascarilla y la gorra de un tirón.
Antes de que pudiera ver su rostro con claridad, alguien me cubrió la boca con un paño impregnado de un olor químico fuerte.
Mi cuerpo se desvaneció y caí al suelo. Lo último que alcancé a distinguir antes de que la oscuridad me envolviera fue el rostro de Nick.
¿Qué hacía él allí? ¿Dónde había estado oculto todo ese tiempo?