Mi Amor Es De Peso 33
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Me refugié en la cocina y comencé a preparar el desayuno con la intención de borrar aquella imagen de mi mente. «Garrett es solo tu amigo, Colette, recupérate», me repetía internamente. Mientras tostaba el pan, vibró el teléfono destinado a mi círculo íntimo; era Abby.

—¡Abby! —contesté con desesperación—. Sácame de aquí, amiga, te lo ruego —susurré.

—¿Ett? ¿Qué te ocurre?

—Esto es una tentación constante para mí.

—¿De qué hablas? —rio ella con ganas.

—Hablo en serio, Abigail.

—Está bien, cálmate. ¿Quieres que vayamos de compras hoy? ¿A comer un helado?

Dudé antes de pronunciar palabras que jamás creí decir.

—No puedo comer helado, estoy a dieta.

—¿Tú? ¿A dieta?

—Para que veas cuánto ha cambiado mi mundo en estos días.

—Existen opciones sin azúcar —me tentó ella.

—¿Tú también vas a ponerme a prueba?

—Con que ese es el problema, ¿eh? La tentación te rodea.

—Ya basta —reí por fin—. Prepárate, me daré un baño y saldré con Apolo.

—De acuerdo, pero tenemos un inconveniente.

—¿Cuál?

—Nick irá contigo. Recuerda que es tu guardaespaldas y no te dejará sola.

—Está durmiendo, intentaré salir antes de que despierte.

Me di la vuelta y descubrí que el pan no estaba tostado, sino carbonizado.

El olor a quemado atrajo a Nick, quien entró corriendo a la cocina y colisionó conmigo.

Mi rostro impactó directamente contra su pecho desnudo y el teléfono se me resbaló de las manos.

Al intentar sostenerme, mis palmas se apoyaron en su abdomen firme.

Los nervios me traicionaron y comencé a recitar una oración a toda velocidad.

—Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre… bendice este pan y que sea de provecho.

Reaccioné al escuchar las carcajadas de Abby a través del celular y al ver a Nick negar con la cabeza, divertido. Con el cabello despeinado y esa expresión de recién despertado, lucía terriblemente atractivo. Me di un ligero golpe en la mejilla para recuperar el juicio y recogí el aparato.

—Creo que… debo irme —murmuré antes de huir hacia mi cuarto.

—¡Espera! Tengo que acompañarte —escuché que gritaba Nick a mis espaldas.

Me encerré en la habitación, avergonzada. ¿Qué me estaba pasando?