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Me sentía incómoda. Nick, como llamaba ahora al guardaespaldas, estaba siempre pegado a mí.
Me miraba en la oficina mientras trabajaba o hablaba por teléfono, en mis reuniones.
.. en todo. Ni al baño me dejaba ir sola; me esperaba afuera, pero antes revisaba el lugar.
¿Saben lo que es eso? No podía soltarme ni un maldito gas.
Adiós a la comida picante y a la lactosa.
A pesar de tenerlo cuidándome la espalda, sentía que mi privacidad se había ido al carajo.
Pero bueno, al menos en casa seguía con Abby.
Hasta que el viernes, después del trabajo, me fui con Apolo a casa.
Abby tenía una reunión con los gerentes y debía encargarse de que todo estuviera listo para la presentación, así que llegaría tarde.
Todo iba súper bien, hasta que entré y encontré las cosas patas arriba: todo quebrado, desordenado y, en la pared, escrito en letras grandes y rojas: «MUERTE A LA GORDA».