Mi Amor Es De Peso 12
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En el trayecto hacia el hospital abandonado, me puse el manos libres e intenté llamar a Abby una y otra vez, pero no contestaba. Por otro lado, Garrett no dejaba de marcarme. Me envió un par de audios que decían:

Primer mensaje: «¡No vayas, por favor! ¡Te pueden hacer algo!».

Segundo mensaje: «Colette, no seas estúpida, activa la ubicación para ir por ti. Iré con el guardaespaldas también, que ya llegó».

Tercer mensaje: «¡Colette! ¡Responde, joder! Me tienes desesperado».

Le respondí con un mensaje: «Cálmate, que me pones más nerviosa. Voy al hospital abandonado. ¿Ya sacaste el dinero?».

Llegué a la entrada del gran edificio, del cual solo quedaba el armazón.

Tuve que dejar a Apolo en el auto, fuera del transportín y con el aire acondicionado, para dirigirme al oscuro y desolado lugar.

El corazón me golpeaba el pecho, las manos me sudaban y sentía un escalofrío en la espalda.

Cualquier ruido volvía mi cuerpo insostenible; hasta mi propia respiración y el sonido de mis pasos me daban terror. Era una psicosis de mi mente.

Me adentré en la planta baja y escuché unos murmullos a lo lejos. Quise gritar el nombre de mi amiga, pero mis cuerdas vocales se cerraron. Carraspeé y grité:

—¡Abby! ¿Estás aquí?

De repente, sonó mi celular y vi que en la pantalla aparecía «Panquequito». Contesté de inmediato.

—¡Abby! ¿Estás bien? ¿Dónde estás? Ya llegué aquí.

—¿Colette? Lo siento, me quedé dormida, pero ya estoy llegando al trabajo. Te llamaba porque vi diecisiete llamadas perdidas tuyas y me preocupé.

—Demonios... —susurré, sintiendo un temblor recorrer mi cuerpo.

Un grito femenino se oyó más allá y alguien corrió hacia mí.

—¿Colette?

—Abby, tengo miedo —susurré temblando.

Vi a un hombre vestido de negro, con el rostro cubierto, y corrí de regreso al auto. Sentía que no avanzaba y que mis piernas me fallarían en cualquier momento.