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Por la noche, me quedé mirando la foto del que sería mi nuevo guardaespaldas. Se sentía raro y bien a la vez decirlo. Luego miraba la de Garrett y me encontraba a mí misma riendo; mi mente ya estaba en otra galaxia. Es cierto, Garrett es mi mejor amigo, pero el condenado no era feo ni insoportable.
A veces recordaba cuando íbamos al colegio juntos.
Yo era una bolita de sensualidad y él un chico alto y flacucho.
Abby era la "plana"; lo que a mí me sobraba, a ella le faltaba.
No era una ofensa llamarla así porque los tres teníamos claro el tema; jamás nos burlamos de nuestros cuerpos, al contrario, buscábamos el humor para superar las inseguridades.
Nos conocimos porque nuestras madres eran mejores amigas.
Cuando la mía falleció yo tenía once años, y tanto él como Abby permanecieron a mi lado.
Garrett siempre me gustó; al principio llegué a enamorarme perdidamente, pero al final comprendí que lo nuestro era difícil que sucediera.
Era mi amor platónico, el chico que todas deseaban, mientras yo lo observaba desde fuera ver cómo salía con otras chicas.
En la adolescencia, mi cuerpo se acomodó.
Mis caderas se ensancharon y me convertí en una chica curvy, pero nunca me libré del acoso de mis compañeros.
Para ellos, yo seguía siendo "la gorda del curso".
Era un suplicio hacer deportes, tener que pesarme frente a todos y sentir que esos números eran una humillación pública.
Es penoso recordarlo, pero quienes hemos sufrido burlas sabemos que cuesta el doble superarse.
No solo debes convencer al mundo de que eres fuerte, sino también a ti misma.
Quienes somos capaces de tomarnos la vida con humor es porque entendimos que la mejor forma de vencer el temor es la actitud.
Por eso, cada vez que me miro al espejo, me digo: ¡Soy hermosa y al carajo el que no lo crea!