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Esta empresa, que llevaba mi apellido, Van Maarsen, la había heredado.
.. si es que se le podía llamar así, ya que estaba prácticamente en la ruina cuando mi padre decidió irse de vacaciones infinitas con su nueva mujer.
Sacarla adelante fue casi una ironía; para alguien con sobrepeso, estar al mando de una compañía de moda donde solo circulaban mujeres delgadas resultó muy incómodo al principio.
Por otro lado, estaban mis medias hermanas, que eran como Barbies de plástico de imitación; de esas que, si les soltabas el moño, estaban calvas en medio. En fin, descubrir quién me amenazaba iba a ser un misterio.
—¿Tienen algún sospechoso? —pregunté, sofocada por tantas quejas.
—Creo que tienes muchos enemigos, Colette —dijo Benjamín, el publicista.
—Ay, por favor —me reí—. ¿Quién querría hacerme algo? Somos «bonitos y gorditos», chicos —bromeé.
De repente, mi celular sonó con la marcha imperial de Darth Vader a todo volumen. Todos dimos un salto. Le lancé una mirada asesina a Garrett; solo él era capaz de haberme puesto ese tono.
—Cálmense, creo que estamos sugestionados —dije, aunque en el fondo todo me parecía extraño—. Permiso, debe ser urgente.
Me acerqué a la ventana y vi que en la pantalla decía: «Panquequito».
—Abby, ¿sucede algo? Estoy en plena reunión —susurré.
—Ett, algo está pasando en las redes sociales con...
—¿Con qué? —Se escuchó interferencia.
—¿Ett?
—Abby, no te oigo.
—Hackearon...
La llamada se cortó. De pronto, entró otra comunicación sin que yo la aceptara. El audio estaba distorsionado.
—¿Hola?
—¿Crees que lo has logrado todo? Ahora sabrás qué se siente ser ignorada —dijo una voz metálica.
—He sido ignorada toda mi vida, estúpida. ¿Crees que me das miedo?
—Te dará miedo, Colette. Vas a temblar —rio maléficamente.
La llamada terminó y, de golpe, las pantallas de la sala y de todo el edificio se encendieron con la imagen de Samara, de la película El aro. Los gritos de los trabajadores no se hicieron esperar. Tenía que hacer algo ya.
Espíritus del cielo, no me abandonen.