MI ADORABLE MATÓN PRÓLOGO
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MI ADORABLE MATÓN

MI ADORABLE MATÓN

Por EMILY SAUNDERS

© inepub.com

PRÓLOGO

ALLAN REESE

El ecosistema de un instituto público es, sin lugar a dudas, la obra de ficción más predecible, mal escrita y patética que la humanidad ha producido jamás.

Si prestas atención el tiempo suficiente, te das cuenta de que todo el mundo se limita a leer un guion invisible, cumpliendo los papeles que les ha asignado una sociedad que idolatra lo mediocre y castiga cualquier cosa que se salga de la norma.

Tienes a los protagonistas trágicos, a los extras irrelevantes, el alivio cómico forzado y, por supuesto, a los villanos caricaturescos.

Yo, en cambio, siempre me he negado a hacer la prueba de casting. Preferí ser el tipo entre bastidores que evalúa el espectáculo con una ceja arqueada y una dosis exagerada de cinismo.

Apoyé la espalda contra el frío metal de mi taquilla, cruzando mis largas piernas enfundadas en mis pantalones de cuero sintético favoritos.

Me ajusté la mochila al hombro y me pasé la yema del dedo índice por el contorno del ojo para asegurarme de que el lápiz negro no se hubiera corrido.

Mis manos, adornadas con casi diez gruesos y pesados anillos de plata, descansaban sobre mi pecho.

Observaba el pasillo principal del instituto como quien ve un documental sobre la vida salvaje.

Una vida salvaje estúpida, sudorosa y llena de hormonas descontroladas, pero, al fin y al cabo, salvaje.

El ambiente de aquel lunes por la mañana estaba impregnado del inconfundible olor a desesperación adolescente, desodorante barato y suelo encerado.

Los alumnos corrían de un lado a otro, un mar de caras genéricas y ropa idéntica.

Se apretujaban contra las paredes, caminaban con la cabeza gacha, intentando mimetizarse con el yeso y la pintura desconchada.

Querían ser invisibles. Y en parte los entendía.

Ser visible en este lugar era pedir a gritos llevar una diana pintada en la espalda.

Pero yo nunca quise ser invisible. La invisibilidad es el arma de los cobardes, y decidí desde muy joven que, si iba a ser un marginado, sería el marginado más espectacular, ruidoso e intocable que hubiera visto este antro.

Soy excéntrico, extravagante y auténtico.

Me pinto las uñas de negro y personalizo mi propia ropa con cortes, imperdibles y cadenas.

Para el ecosistema podrido de este instituto, yo debería estar en la base de la cadena alimentaria.

Debería ser la presa fácil, el chico al que empujan por las escaleras, al que le tiran el almuerzo en la cafetería, el que llora escondido en el baño durante el recreo.

Debería ser la víctima perfecta para los depredadores de chaqueta deportiva.

Su problema es que mi lengua es infinitamente más afilada que cualquier puñetazo que sepan dar.

El estruendo de las puertas dobles de la entrada principal abriéndose de golpe interrumpió mis pensamientos.

El aire frío invadió el sofocante pasillo.

El murmullo constante de las conversaciones murió casi al instante, sustituido por un silencio denso y aterrorizado.

El mar de alumnos se abrió como el Mar Rojo, pegándose a las taquillas azules y dejando un camino ancho y despejado en el centro del pasillo.

La realeza de la basura acababa de llegar.

Descrucé los brazos y apoyé la suela de mi bota militar en la pared a mis espaldas, entrecerrando los ojos.

En primera línea caminaba Trent, el líder intelectual de la manada, lo que no significaba absolutamente nada, ya que su coeficiente intelectual probablemente perdía contra el de un helecho marchito.

Masticaba chicle con la boca abierta, la chaqueta del equipo de fútbol americano tensa sobre sus anchos hombros, riéndose a carcajadas de una broma imbécil que Marcus y Derek, sus dos fieles lacayos, acababan de contar.

Caminaban con esa arrogancia descuidada, sacando pecho, ocupando demasiado espacio, exhalando una hostilidad estúpida y barata.

Pero no eran ellos los que hacían que todo el pasillo contuviera la respiración.

Trent, Marcus y Derek no eran más que hienas ruidosas.

Necesitaban ir en manada para tener valor.

Eran parásitos que se alimentaban del miedo ajeno.

Lo que de verdad paralizaba a la escuela no eran las hienas.

Era el depredador alfa que caminaba un paso por detrás de ellos.

Chester Boyd.

Verlo era siempre un choque para mi estética, un insulto a mi inteligencia e, irónicamente, un campo de estudio fascinante.

Era inmenso. Un metro noventa de puro músculo concentrado, cubierto por una cazadora de cuero negra y desgastada que parecía sacada de una mala película de los noventa.

Llevaba unos vaqueros oscuros, rotos por las rodillas de tanto uso, y unas pesadas botas de obrero que golpeaban el suelo con un ruido definitivo, como el sonido de una guillotina al caer.

Pero no era su tamaño lo que le convertía en el monstruo oficial del instituto. Eran sus ojos.

Mientras Trent y su pandilla hacían ruido, se reían y buscaban activamente problemas, Chester era el silencio absoluto.

Su mirada era un abismo de aguas turbias.

Castaña, opaca, vacía y aterradoramente fija en ninguna parte.

No necesitaba gritar. No necesitaba golpearse el pecho.

La simple gravedad de su cuerpo absorbía el aire del pasillo.

Era un agujero negro andante, y cualquiera que se acercara demasiado sería aniquilado.

Contemplé, con una mezcla de aburrimiento y profundo asco, cómo empezaba su rutina matutina.

Un novato, demasiado pequeño para estar en el instituto, que cargaba con una maqueta gigante de poliespán del sistema solar, tuvo la desgracia de cruzar el espacio vacío en el momento exacto en que la manada avanzaba.

El chico tropezó con sus propios pies por puro nerviosismo, intentando apartarse del camino, pero la maqueta se le escurrió de las manos temblorosas y rebotó en el suelo encerado, deteniéndose justo a los pies de Trent.

El tiempo se detuvo. El novato se quedó blanco como el papel.

—Mirad esto, chicos —se burló Trent, con su voz gangosa resonando en el silencio. Pateó la bolita de poliespán que se suponía que era Júpiter, aplastándola bajo sus caras zapatillas blancas—. El cerebrito ha dejado caer su basurita en nuestro camino.

Marcus soltó una risa gutural y Derek dio un paso al frente, agarrando el cuello de la camisa del chaval con una fuerza innecesaria, levantándolo unos centímetros del suelo. —¿Estás ciego? ¿No sabes mirar por dónde pisas? —gruñó Derek.

El chico tartamudeó, incapaz de formular una palabra de disculpa, con los ojos llenos de lágrimas de terror.

Se me revolvió el estómago ante la previsibilidad de la escena.

Eran tan tristes. Tan patéticamente necesitados de atención.

Miré a Chester. Se había detenido unos pasos por detrás de Trent.

Tenía sus grandes manos metidas en los bolsillos de la cazadora de cuero.

No sonreía. No se reía de la broma de Trent.

Se limitaba a observar cómo humillaban al novato con la misma expresión que tendría si estuviera mirando un chicle pegado en el asfalto.

Una indiferencia fría y cortante. Y yo sabía, todos los presentes sabían, que si el chico intentaba defenderse, si levantaba la mano contra Derek, Chester avanzaría y lo destruiría sin pestañear.

Chester era el arma que llevaban en la funda, el silencioso perro guardián que se aseguraba de que nadie se atreviera nunca a cuestionar la autoridad de aquellos idiotas.

Odio a este tipo de gente con una intensidad que roza el arte.

Odio la cobardía de usar el miedo como moneda de cambio.

Y, por encima de todo, odio la estupidez de quienes no tienen vocabulario para ganar una discusión y necesitan usar los puños para hacerse oír.

La violencia es el lenguaje de los inarticulados. Y yo soy un diccionario andante.

Hubo una vez, en mi segundo año, en la que a Trent le pareció una excelente idea convertirme en el espectáculo de la semana.

Yo estaba en el patio, leyendo un cuaderno de bocetos, cuando él y su pandilla se acercaron.

Trent me quitó el cuaderno, lo levantó en el aire e hizo un chiste de mierda sobre cómo yo estaría diseñando vestidos de novia para mi "marido imaginario".

Marcus y Derek se rieron como hienas. Esperaban que me encogiera, que llorara o que saltara inútilmente para intentar recuperar el cuaderno.

No hice nada de eso. Cerré mi estuche con calma, crucé las piernas y miré el rostro sudoroso de Trent.

Analicé su postura, la inseguridad en sus ojos que intentaba disimular haciendo ruido, y abrí la boca.

No grité. Hablé con un tono de voz educado, articulado y perfectamente cruel.

Deconstruí su frágil masculinidad delante de medio patio.

Mencioné sus suspensos, la patética dependencia que tenía de la validación de su padre que no iba a los partidos, y cómo, en cinco años, seguiría dependiendo del dinero de sus padres mientras contaba historias tristes sobre sus días de gloria en el fútbol escolar; todo ello con una dicción impecable.

Lo reduje a polvo usando únicamente adjetivos bien colocados.

Trent se puso rojo. Apretó los puños. Quiso pegarme.

Pero la humillación fue tan pública, tan perfecta y tan paralizante que, si me tocaba, solo confirmaría que era el troglodita descerebrado que acababa de describir.

Tiró mi cuaderno al suelo y se marchó resoplando.

Y, desde aquel día, han mantenido una distancia prudencial de mi lengua envenenada.

Saben que no les tengo miedo. Y no saben cómo lidiar con alguien que no tiembla ante ellos.

Volviendo al presente, el novato seguía colgando del cuello de la camisa en manos de Derek. El chico cerró los ojos, esperando el inevitable empujón contra las taquillas.

Mi límite de tolerancia para el teatro amateur de quinta categoría se había agotado.