CAPÍTULO 36
D ESENTERRANDO EL PASADO
—Si voy a ayudarte, quiero saberlo todo —manifesté con rotundidad.
Carla inspiró profundamente y asintió paciente.
—Te contaré cuanto sé de esa sociedad secreta —aseguró grave.
—No sólo eso —puntualicé—, quiero saber qué fue lo que te sucedió con Fabrizio.
Esta vez frunció el ceño con desagrado y negó con la cabeza.
—Enterré el pasado, Alonza, y aunque ni perdono ni olvido, no es lo que me impulsa a acabar con esa sociedad. Y en este momento es lo más relevante.
Sostuve suspicaz su mirada y finalmente asentí, aunque me prometí seguir insistiendo hasta averiguar su historia con el patriarca de los Rizzoli.
—¿Cómo has pensado disolverla?
—Enfrentando a los miembros —respondió sucinta.
Me encogí de hombros, observándola intrigada y expectante.
Carla sonrió componiendo una mueca maliciosa y agregó:
—Debemos averiguar alguno de sus preceptos y, una vez conseguido esto, decirle a cada miembro que uno de ellos está traicionando la orden, desvelando sus secretos. Naturalmente, alternaremos de culpable para enfrentarlos a todos.
—Muy ingenioso —alabé con franca admiración—. Pero ¿será suficiente?
—Espero que sí, en caso contrario, tendré que tomar medidas más drásticas.
Abrí los ojos como platos, alarmada.
—¿Serías capaz de...?
—Soy capaz de muchas cosas, Alonza, no me subestimes.
—Ahora necesito un motivo que justifique tu intervención en esto.
Asintió levemente, con acentuada gravedad. Luego abrió su carpeta y extrajo de ella varios documentos que pareció releer, aunque en realidad tan sólo evaluaba astutamente lo que estaba dispuesta a contarme.
—En principio, la Sociedad de la Niebla es un grupo de eruditos de diversas materias que buscan el conocimiento supremo —comenzó pausada—.
Pero en realidad es mucho más. En efecto, comparten conocimientos y estudian un libro plagado de alegorías que encubren secretos alquímicos, El sueño de Polífilo .
Tenemos que conseguir robarles ese libro y destruirlo.
—¿Tan peligroso es?
—Si descubren su verdadero significado y lo difunden, sí.
—¿Qué mensaje esconde?
—El control de la mente humana. Quien posea ese poder dominará el mundo. Y el único ser noble que podría hacer un buen uso de él es Lanzo Rizzoli, y quizá también Monteverdi. El resto corromperían con su maldad el mundo que conocemos.
—¿Lanzo es miembro de esa sociedad? —inquirí asombrada.
—Su padre lo integró en ella. Sabe que el muchacho es especial y que posee una brillante inteligencia, lo necesita para desentrañar el mensaje cifrado. Imagino que lo convenció argumentando el fin filantrópico de la sociedad, destinada a compartir y preservar conocimientos.
—No haré nada que perjudique a Lanzo —afirmé severa y determinante.
—Ni yo, el muchacho queda fuera de esto, es lo único bueno que Fabrizio ha hecho en toda su vida —coincidió resuelta.
Solté el aliento contenido y tragué saliva.
A continuación, me pasó una lista y leí los diez nombres que la conformaban.
—Éstos son los miembros —informó—. Simone Gabini ya es cliente tuyo, con lo que puedes comenzar a sacarle información.
—Dudo que mis artes amatorias desaten su lengua, y menos en un tema tan delicado que ni puedo mencionar —admití incrédula.
—Para eso usarás estramonio mezclado con vino —determinó con un mohín taimado—.
Enturbiará su mente y soltará su lengua, incluso es posible que tenga visiones y que crea que está en una de sus reuniones secretas.
Si sabes utilizar eso y conducirlo a ese estado de semiinconsciencia, doy por seguro que tendrás éxito en tu empresa.
—¿Es un veneno?
—Sí, pero no lo matará —aseveró—, tan sólo abotargará su juicio. Quizá te ayude saber que, en la orden, en sus celebraciones clandestinas, todos llevan una capa negra con capucha y máscaras de hombre pájaro, como los doctores de la peste, recitan una especie de votos y rinden culto a ese libro.
Hombres pájaro, me dije, como si mi destino siempre me llevara a ellos.
Todavía poblaban mis pesadillas sus graznidos, todavía veía su largo pico blanco, sus insondables ojos y su larga y negra túnica batida por el viento, como si fueran las alas de un cuervo.
Contuve un escalofrío y me limité a asentir con expresión inmutable.
—Y ¿cómo sabes todo eso?
—Presencié hace muchos años uno de sus rituales —respondió endureciendo el rostro—.
Entonces era una niña, y no comprendí más que el abuso de que fui objeto.
Estaba tan muerta de miedo que únicamente lloraba y me debatía.
Pero mis lamentos apenas lograron sofocar los cánticos y el horror que me envolvía.
No supe de la relevancia de aquel acto, ni de sus motivos, no supe más que de la abominación que sufrí a manos de algunos de ellos.
Y en aquel justo momento, brotó de aquellos dos pozos dorados un dolor profundo y añejo que me conmocionó casi más que aquella revelación.
Su mirada se oscureció, refulgiendo con un odio latente y desbordante.
Y, ante mí, aquella mujer curtida por la vida y los avatares se abocó a aquel abismo que tanto se esforzaba por evitar.
Sus ojos se anegaron en lágrimas, su rostro se contorsionó furioso, y aquel tormento contenido se desbordó.
Se levantó abruptamente sofocando un sollozo y, dándome la espalda, se dirigió a la ventana con los puños fuertemente apretados y los hombros trémulos.
Mi compasión me encaminó a ella y, testigo de aquel silencioso sufrimiento, no pude evitar tomarla de los hombros, volverla hacia mí y envolverla en mis brazos, donde finalmente se derrumbó.
Sollozó hondamente, liberando todo aquel dolor contenido durante años.
Y supe sin preguntar quién había sido el hombre que, siendo niña, la había arrastrado como ofrenda para un ritual.
Aquél era nuestro nexo en común, aquel hombre, padre del hombre al que amaba, no podía sino albergar maldad en su corazón para ser capaz de arruinar tantas vidas.
La abracé con fuerza y lloró en mi hombro, completamente rendida a su tormento interior.
No quise ni imaginarme los horrores sufridos, ni me atreví a preguntar al respecto sobre aquel día.
Cuando logró calmarse, se apartó mirándome con extrañeza.
Su faz relumbró con un deje arrepentido teñido de gratitud.
—Eres la segunda persona en el mundo que lo sabe, la primera ya ni siquiera está en éste —confesó todavía sofocando hipidos. Se refregó burdamente los ojos e inhaló profundamente hasta que logró serenarse.
—¿Quién fue la primera?
Su mirada, todavía turbia, se empañó de nuevo. Agitó la cabeza, irritada consigo misma, y respiró hondamente de nuevo para alejar aquel nuevo acceso de llanto.
—Mi madre —logró proferir sin que le temblara la voz.
—¿Fue ella quien te rescató?
Asintió, me miró ceñuda y se dirigió hacia su mesa, donde solía tener una licorera con vino especiado con hierbas y algo de láudano. Se sirvió una copa y la tomó de un sorbo. Acto seguido, llenó otra y se la bebió de igual modo.
—No sé cómo lo haces, Alonza, pero eres la única persona que logra abrirme. ¿Se te resiste algo alguna vez?
—Sí, la felicidad.
Me observó con semblante grave y me ofreció una copa que yo rechacé.
—Voy a destruirlo —anuncié—, y no entiendo cómo tú no lo has hecho antes.
—Siempre hay un motivo para todo —murmuró queda—. También llega el tiempo en que esa barrera se derrumba. Y ese tiempo ha llegado.
—Me alegra saberlo, Carla, porque voy a arruinar su reputación mercantil, destrozaré su honorabilidad y no cejaré hasta convertirlo en una sombra.
—En tal caso, y si tan segura estás de tus planes, quizá sea mejor que conozcas en profundidad al hombre a quien piensas enfrentarte.
—Créeme, ya lo conozco —repuse circunspecta.
—Mi hermana fue su esposa —comenzó, dejándome atónita.
Abrí los ojos con espanto y la miré sospechando que su historia era más escabrosa aún que la mía.
—Rosella era cuatro años mayor que yo. Yo tenía sólo once cuando ellos se desposaron.
Fabrizio era un joven gallardo y apuesto, adinerado y de buen linaje.
Mis padres estaban dichosos con aquella unión y también Rosella, que se jactaba de su buena fortuna.
La dote ofrecida a Fabrizio supuso la mitad de la fortuna familiar, lo que nos colocó en algunos apuros económicos, pero los Rizzoli, tan allegados a los Contarini, gozaban del favor del dux, y mi padre pensó que su influencia favorecería sus negocios.
Hizo una pausa y volvió a servirse otra copa. Antes de llevarla a sus labios, se la arrebaté reprobadora y me la bebí por ella.
Carla frunció el ceño molesta, pero luego sus comisuras dibujaron la sombra de una sonrisa.
—El día siguiente a la boda, Rosella se escapó de la casa de los Rizzoli, suplicando a mi padre que le diera cobijo.
Pero, contrariamente, la devolvieron junto a su esposo, a pesar de ver las magulladuras que lucía.
Nunca olvidaré los gritos de pavor de mi hermana al ser arrastrada por dos sirvientes a la casa de su esposo.
Mi madre lloró ese día, y mi padre, aunque primaba en él la impotencia, temía las represalias de una familia tan importante.
Su honor estaba en juego y nada podía empañarlo, ni tan siquiera el bienestar de su hija mayor.
»Una semana después, acudió Fabrizio a casa, exhibiendo su indignación y sintiéndose estafado.
Tal era mi preocupación por Rosella que permanecí oculta en el hueco de la escalera intentando averiguar qué estaba ocurriendo.
Mi padre se disculpaba nervioso y avergonzado ante el reclamo de su yerno, que, ofendido, contaba que Rosella le negaba sus derechos maritales, encerrándose en su cuarto.
Y que no estaba dispuesto a volver a usar la fuerza para tomar lo que por derecho le pertenecía, y naturalmente exigía una compensación.
Mi padre intentó calmarlo, asegurándole que hablaría con ella para que entrara en razón.
Sin embargo, Rosella no cambió de parecer.