CAPÍTULO 35 #2
Sentí una punzada temerosa que me agrió la boca del estómago.
—Y... y ¿cómo le pidieron colaborar?
—Dijeron que tenían que escenificar una serie de pistas para ayudarte a recordar.
—¿A recordar?
Comencé a sentir un nudo oprimiendo mi garganta.
—Sí, me dijeron que las piezas que les faltan las guardas en tu memoria, pero que no las recuerdas todavía, y ellos intentan ayudarte a recordar.
Abrí la boca completamente estupefacta, mi pulso se aceleró y mi garganta definitivamente se cerró.
Tuve que inhalar una profunda respiración para serenar mi ánimo.
No..., no entendía nada. Aquello era una completa locura.
¿Qué demonios estaba pasando? ¿Intentaban confundirme, ponerme en contra de Luca, volverme loca?
—Alessia, ¿sigues ahí?
—Sí..., sigo aquí —respondí trémula—, sólo que no entiendo nada.
—No me dieron buena espina, y, bueno, sólo quería alertarte contra ese hombre. Te pido, por favor, que no le digas nada: yo no quiero problemas, ni que vuelvan a molestarme. Créeme que lo lamento mucho, y que deseo de corazón que estés a salvo. Harías bien en abandonar Venecia cuanto antes.
Y colgó la llamada, dejándome lívida, confusa y angustiada.
No, no abandonaría Venecia, porque evidentemente eso era lo que buscaban.
Gina era tan sólo un peón que utilizaban quizá atemorizándola, quise pensar.
Era la misma táctica del principio, hacerme desconfiar de Luca, apartarme de él, y no lo conseguirían.
Él me amaba, lo veía en sus ojos, en cada gesto, y nada ni nadie podría convencerme de lo contrario.
Y, por supuesto, le hablaría a Luca de la llamada.
No pensaba volver a ocultarle nada. Decidí no interrumpir su concentración, pero sabía que tampoco podría centrarme en la lectura, ya que me sentía demasiado inquieta para eso.
Me apetecía salir a pasear, pero suponía que no sería muy sensato salir sola, teniendo en cuenta que seguían nuestros pasos, y Luca no consentiría que me expusiera.
Así que me puse en pie y decidí explorar aquella casa.
Me pareció extraño que a aquel patio sólo se accediera por la escalera de hierro forjado que partía del balcón de su habitación.
Si esa casa era la de los Rizzoli como sospechaba, debía de tener una entrada en la parte baja.
Y, aunque no lo fuera, no tenía mucho sentido que a un patio interior en la planta baja se accediera por el piso superior.
Comencé a deambular por él inspeccionando con atención los muros repletos de plantas trepadoras y macetas con flores vistosas, buscando quizá una puerta oculta.
Me situé mentalmente para saber dónde estaba la fachada principal de la casa y me dirigí a esa pared en particular.
Estaba cubierta por una cortina de hiedra que escalaba hasta la ventana del salón, cubriendo la totalidad del muro, bordeando las ventanas y frenada tan sólo en los canalones del tejado.
Las apretadas hojas acorazonadas y lobuladas, de un verde brillante, conformaban un entramado tan consistente y cerrado que, fuera lo que fuese lo que había en aquella pared, éste lo protegía con pasivo celo.
Me acerqué a la pared e intenté introducir mis dedos entre aquella maraña de hojas apasionadamente enredadas, palpando el fondo.
Toqué un muro de ladrillo rugoso e irregular, que databa de la época, y, a ciegas, fui recorriendo el centro de la pared de hiedra con ambas manos.
Fui desplazándome hacia la derecha sacando las manos y volviendo a penetrar con cuidado aquel espeso telón de hiedra.
Paso a paso, fui recorriendo la longitud del muro hasta que mis manos tocaron una textura diferente.
Animada, comencé a palpar reconociendo un portón de madera, me sonreí victoriosa y aparté con más ahínco el entramado.
En efecto, era una puerta de gruesas molduras, ajada y desgastada por el tiempo.
Descubrí que justamente en aquel recuadro la hiedra se separaba sin problemas, ya que habían cortado los tallos que unían las hojas en una línea vertical para poder acceder a aquella entrada oculta.
Descorrí el velo vegetal y me adentré tras él, hallándome frente a la puerta.
Por un momento me sentí en la antesala de otro mundo, como si aquella puerta llevara a otro tiempo, al pasado, a aquella época en la que ellos habían vivido y se habían amado.
Sentí un extraño hormigueo en el vientre y tomé aliento.
Posé la mano en el pomo y lo giré, la puerta gruñó quejicosa, pero cedió hacia el interior.
Tras de mí, un rumor de hojas susurrantes; enfrente, un silencioso pasillo penumbroso.
Utilicé la linterna de mi teléfono móvil para alumbrar aquel angosto espacio. Detecté un acre olor a rancio, posiblemente procedente de la humedad de las paredes de ladrillo visto, que parecían rezumar su añejo aliento.
El opaco y mortecino resplandor provenía de la parte superior de una puerta al fondo, donde un cristal esmerilado filtraba la luz del exterior.
Recorrí aquel pasillo apercibiéndome de varias puertas a los lados, que decidí investigar a mi salida.
Como imaginaba, la puerta acristalada estaba abierta, y por ella se accedía a una especie de almacén de la tienda de antigüedades.
Aquella trastienda me resultó tan dolorosamente familiar que casi esperé ver aparecer a Lanzo, y mi corazón estúpidamente se aceleró.
No cabía duda de que era el mismo lugar y, curiosamente, apenas había cambiado.
Naturalmente ya no había hierbas ni potes con remedios, ni tampoco una camilla, pero sí estaban las alacenas horadadas en el muro, la gran mesa en el centro, la chimenea y la ventana lateral que daba a la calle, demasiado alta para verla, pero lo suficientemente amplia para llenar aquel espacio de luz.
La sensación que me invadió me desconcertó por su intensidad, la familiaridad que me asaltaba con aquel repentino ímpetu me desconcertó. ¿Era posible que tan sólo haber leído y haber reconocido aquel lugar por una escena reciente entre ellos lograra provocarme tan vívida emoción?
Recorrí aquella sala, donde se apilaban muebles antiguos envueltos en plásticos, grandes cajas, cuadros y diversos objetos sin desembalar.
Me encaminé hacia un armario renacentista que llamó mi atención.
Guiada por un impulso, acaricié la labrada superficie repasando el tallado con la yema de los dedos, como si esperara que su recia y lustrosa madera me contara sus secretos.
Lo abrí y deslicé mis ojos por una percha que sostenía un largo abrigo de cuello alto y mangas cosidas y acuchilladas de color negro, elegante pero austero para la época.
Acaricié las tiras abullonadas de la manga y su tacto me estremeció.
Sentí la necesidad de aspirar su fragancia, y me dejé llevar por aquel absurdo impulso.
Acerqué mi nariz al hombro y cerré los ojos.
Olía a polilla con un levísimo deje a lavanda.
Suspiré, no sé muy bien por qué, pero sentí un conato extraño de melancolía. Alcé la vista al estante superior, por el que asomaba lo que parecía la esquina de una carpeta de viejo cuero marrón. Me alcé ligeramente de puntillas hasta alcanzarla y la arrastré hasta que cayó en mis manos.
Sacudí el polvo de su arrugado lomo y la abrí. Lo primero que vi fue un emblema, un ojo dentro envuelto en jirones de niebla. Aquello me paralizó, permanecí inmóvil un instante, tomé aire y lo leí.
Era el documento de adhesión a la sociedad de Lanzo Rizzoli, en el que juraba su fidelidad a la orden y prometía proteger con su vida los secretos que tan celosamente compartieran en sus reuniones.
Observé con inusitada emoción la firma de Lanzo, sus trazos alargados y levemente inclinados suscitaron la necesidad de reseguirlos con la punta de mi índice.
Y así lo hice, como si tocando aquellas letras lo sintiera más cerca.
Entonces, me detuve con extrañeza, preguntándome de dónde provenía aquel anhelo.
Cerré la carpeta abruptamente y la dejé en su lugar.
Otra pregunta más inquietante era por qué Luca poseía tantos objetos de los Rizzoli, y por qué no me había dicho que los tenía.
Bien era cierto que era coleccionista y anticuario, pero lo que cada vez me quedaba más claro era que su relación con aquella familia era más estrecha de lo que sospechaba.
En la parte inferior, en la base del armario, una vieja maleta asomaba provocadora.
Me incliné y solté los cierres, abriéndola.
En su interior había diseminados numerosos folios: en unos había extrañas ilustraciones; en otros, frases desordenadas con interrogaciones.
Reconocí en algunos una letra infantil y dibujos rudimentarios e imprecisos de plantas, las famosas iniciales, unos bellos ojos de mirada profunda, una niña con el pelo corto sentada en un alféizar, un anillo.
.. Detuve mi atención en aquel dibujo trazado por la vacilante mano de un niño, pero sin duda claramente reconocible por el corazón grabado en el centro.
Sentí en mi estómago un punzante desasosiego tan intenso que me provocó un escalofrío.
Advertí que otro folio sólo estaba plagado de interrogantes, podía apreciarse en el furioso trazo la impotencia del joven autor.
En el siguiente, había preguntas repetidas: «¿Quién soy?
¿Por qué a mí? ¿Dónde estás?»... Preguntas de un niño perdido y solo que expresaba su miedo, su rabia y su dolor en aquellas letras.
Aquel joven y desorientado Luca me inspiró una profunda compasión.
De pronto oí un ruido procedente de la tienda que me tensó y me cortó el aliento.
Cerré la maleta con sigilo y también el armario y me escondí entre unas grandes cajas. Los ruidos continuaban, era como si alguien estuviera registrando la tienda. No pude contener mi curiosidad y salí de mi escondite.
Me acerqué subrepticiamente a la puerta que daba a la parte trasera del mostrador y me asomé por los cuarterones de cristal.
Reconocí al hombre que registraba un archivador en la zona habilitada como despacho. Era Stefano. Una mujer rubia fácilmente reconocible miraba ansiosa hacia la escalera que llevaba al apartamento mientras lo alentaba a darse prisa.
¡Tenía que avisar a Luca!
Saqué mi smartphone del bolsillo de mis pantalones y comencé a teclear rápidamente un mensaje, avisándolo de lo que estaba pasando. Me apresuré a desactivar el sonido por si me contestaba y permanecí quieta conteniendo el aliento.