Meretrice CAPÍTULO 32 #2
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CAPÍTULO 32 #2

Tenía el cabello algo más largo, negro y ligeramente revuelto, seguramente por enterrar sus dedos en él, un gesto habitual cuando estudiaba, investigaba o se abstraía en sus pensamientos.

Sentí el impulso de pasar mis dedos para acomodar sus rebeldes mechones, pero pensar que ahora otra mujer lo hacía implantó en mi garganta una sensación amarga, reprimiendo con acritud ese anhelo.

Redobló el lienzo y permaneció pensativo mirando a Chloe.

—¿Tú... cómo estás? —preguntó sin mirarme.

—Cambiada —respondí queda.

Entonces giró el rostro y me miró, por primera vez desde que había entrado en su botica, directamente a los ojos.

—Ya veo. Todos cambiamos, o más bien la vida nos obliga a ello.

—Como nos conduce por caminos inesperados. Ambos tomamos uno que jamás habríamos imaginado.

Pensar en cómo la vileza de Bianca finalmente había salido victoriosa seguía revolviéndome el estómago.

—Cierto —convino. Su mirada se ensombreció afligida, apretó el mentón y la tristeza veló su rostro—, y cuanto nos queda es recorrerlo sin mirar atrás.

—Mirar duele —confesé desviando la vista.

Se apartó de mi lado y caminó hacia la alacena. Eligió dos potes cerrados y los llevó a la mesa. Allí, los abrió y, con una cucharilla, comenzó a volcar el contenido en el mortero. Acto seguido, vertió un líquido traslúcido en el interior y comenzó a remover aquel mejunje espeso y rojizo.

Su rostro, aunque había recompuesto su máscara impasible, denotaba un tinte contenido en la dura línea de sus labios.

—Estoy preparando una infusión concentrada de rosas rojas —susurró flemático—, entre sus propiedades está la de afianzar el embarazo. Debe tomarla varias veces al día, y naturalmente no tiene que mantener relaciones carnales, posiblemente hasta que nazca el niño.

Pensé en el incierto futuro de Chloe si su enamorado no respondía por ella. Mi preocupación no hacía más que aumentar, y esa sensación premonitoria, auspiciada por aquella adivina, continuaba latente en mí como un pájaro de mal agüero.

—No te preocupes, con los debidos cuidados se pondrá bien.

Alcé la vista descubriendo una mirada tierna y compasiva que me dejó temblorosa y necesitada de un abrazo.

Sonreí agradecida y Lanzo se prendió de mi boca el tiempo suficiente para reconocerme a mí misma que deseaba que me besara.

Cuando logró recomponerse, sacudió ofuscado la cabeza y fue al estante a por otro tarro.

Repitió el proceso y, al cabo, me entregó dos frascos de vidrio.

—El rojo es para ella, debe tomarlo diariamente, durante los primeros meses. Cuando lo termine, le prepararé otro.

Me miró largamente a los ojos, y fue entonces cuando descubrí que aquel escudo que se afanaba en esgrimir contra mí comenzaba a debilitarse mostrando sus emociones.

—Y el otro es para ti. Sé que..., bueno, vosotras usáis diversos métodos para... evitar el embarazo, pero con este tónico astringente, además, alejarás el contagio de enfermedades sexuales. Son lavados para después de...

Bajó la vista mortificado y se dio la vuelta fingiendo ordenar su mesa. Pude apreciar en su pose rígida que contenía su frustración.

—Gracias —musité apesadumbrada—, pero yo no lo necesito. No puedo tener hijos.

Se detuvo abruptamente, como si el tiempo lo hubiera congelado en mitad de un movimiento. Tras un tenso silencio, pareció respirar hondo, apoyó las palmas de las manos en el tablero de la mesa y hundió los hombros.

Me puse a su lado, pero no pude verle el rostro. Tenía la cabeza inclinada hacia delante y el largo cabello oscuro ocultaba su rostro. Posé con suavidad mi mano en su hombro y lo oprimí levemente para reconfortarlo.

—No te preocupes por mí, Lanzo. Estoy bien. Nunca he sido tan fuerte.

Entonces se giró hacia mí y su atormentada mirada me conmocionó.

—No tienes ni idea de lo que es tenerte tan cerca y tan lejos a un tiempo. Es como si me desgarrara por dentro.

—Lanzo...

Acaricié su mentón con infinita ternura y mis propias barreras comenzaron a bajar, dejándome indefensa.

—No hay noche en que no me duerma sin llorar tu pérdida —musitó con voz rasgada y sufrida.

Me abracé a él, y sus brazos me ciñeron con fuerza.

Trémulos y desolados por aquel despiadado ardid del destino, empecinado en separarnos, nos fundimos en un abrazo apasionado y emotivo.

Cerré los ojos arrasados en lágrimas y maldije la vida y a quien la gobernara, ya fuera desde el cielo o desde el infierno.

Maldije mi destino y a todos aquellos que se habían encargado de malograrlo, y maldije mi corazón por no poder desvincularse del suyo, por amarlo con esa fuerza arrolladora que, en lugar de aplacarse, crecía implacable ante su cercanía.

Cuando logramos separarnos, el límpido y húmedo azul de sus bellos ojos mostró todo el dolor que aún guardaba y que había logrado mantener encerrado en algún rincón de su ser.

Reseguí sus labios y él cerró los párpados, exhalando un débil gemido anhelante.

Cuando los abrió de nuevo, su cautivada mirada me atrapó.

Acerqué mi boca a la suya con intención de rozarla apenas con ademán titubeante.

Pero Lanzo la tomó con determinante vehemencia, derramando en el beso todo lo que había estado conteniendo.

Su voracidad, apasionada y desesperada, encendió mi deseo con la virulencia de una llama devorando una seca espiga de trigo.

Mi mente se abotargó ante su imperiosa necesidad de mí.

Gruñó hambriento en mi boca y sus manos comenzaron a recorrerme con ruda ansiedad.

Las mías se afanaron por filtrarse bajo su camisa, acariciando cada ondulación de su espalda.

La suave tibieza de su piel despertó mis sentidos, queriendo sentirlo en mi interior.

—¡Santo Dios..., Alonza...! —gimió enloquecido.

Aferré su nuca y lo besé con delirio, hundiendo mis dedos en su espesa melena, deleitándome en su tacto y acercándolo más a mí, si acaso eso era posible.

Se inclinó sobre mí, me agarró de las nalgas y me alzó con pasmosa facilidad. Enlacé mis piernas a sus caderas y me sentó en el borde de la mesa, apartando con rauda torpeza mis faldas para colocarse entre mis piernas.

Despegó su boca de la mía para besar mi cuello, mordisqueándolo, y yo gemí ardorosa.

Sólo él conseguía arrancarme el corazón del pecho con cada beso, constreñirme con aquel deseo devorador que nublaba mi razón y elevaba mi placer a cotas inimaginables.

Sólo él lograba hacer vibrar mi alma y que me olvidara del mundo.

Sólo con él, aquel acto tenía un verdadero sentido.

De repente oímos la campanilla de la tienda y unos pasos que se acercaban.

Lanzo se tensó, me miró turbado y regresó a la realidad de la mano de una conocida y aguda voz de mujer.

Alarmado, se apartó veloz de mí, recomponiendo sus ropas, y, peinando su alborotado cabello, se alejó en largas zancadas hacia la botica.

Respiré hondo, bajé de la mesa, alisé mis faldas y acomodé algunos mechones sueltos de mi recogido, maldiciendo a aquella horrible mujer, a cuyos muchos defectos añadí en aquel momento el de inoportuna.

Me dirigí hacia el camastro donde estaba Chloe y me avergoncé de mi conducta. Lanzo era mi fruta prohibida, y, por mi bien, no debía comerla.

En ese instante, dos mujeres irrumpieron en la trastienda inmersas en una distendida cháchara, a pesar de que Lanzo intentaba detenerlas con palabras que no escuchaban.

—Estoy asistiendo a un paciente —se quejó furioso.

—Sólo necesito jugo de amapola para Caterina, no duerme bien y...

Ambas enmudecieron abruptamente. Me miraron boquiabiertas y yo las fulminé con una sonrisa ácida y cínica.

Cuando reparé en el estado de Bianca, tuve que controlar las ganas de llorar. Endurecí el gesto y me puse en pie para enfrentarlas. Ver aquella prominente barriga, sabiendo que albergaba un hijo de Lanzo, me acuchillaba y reavivaba el odio que me inspiraba.

—Hola, Bianca, Caterina..., ¡cuánto tiempo sin veros! —exclamé mordaz.

Les dirigí una larga mirada escrutadora para terminar componiendo una mueca soberbia y una sonrisa desdeñosa.

—No el suficiente para mí —barbotó Caterina.

—En cambio, yo tenía ganas de volver a teneros frente a mí.

Lanzo se interpuso entre nosotras y le ofreció a su hermana un pequeño recipiente.

—Aquí tienes el jugo de amapola —repuso grave—, largaos de aquí.

Su rudeza con ellas me desconcertó.

—¡¿Qué hace aquí esta puta?! —bramó Bianca con el rostro desencajado.

—Es una clienta —contestó desafiante Lanzo—, y yo, el dueño, y os echo de mi establecimiento.

—¡Soy tu esposa y ella es tu hermana, no puedes tratarnos así!

Lanzo las miró amenazante con una dureza que jamás había visto en él.

—Os trato como merecéis.

Las cogió a ambas del brazo y las arrastró fuera del almacén. Ellas protestaban a gritos y se revolvían contra él como las víboras que eran.

De nuevo se oyó la campanilla de la puerta, seguida de un portazo.

Cuando Lanzo regresó, su semblante afligido y su furia todavía palpitante acicatearon mis ganas de volver a abrazarlo, pero me contuve.

—Lamento haberte causado problemas, no debería haber venido, pero temí tanto por Chloe...

Se pasó ambas manos por el cabello y se lo despeinó de nuevo. Tuve que morderme el labio inferior para no hundir las mías en él.

—No, soy yo el que debe pedir disculpas.

Inclinó avergonzado la cabeza y tuve que girarme hacia mi amiga para no abalanzarme sobre él. En mi interior, esa bola de emociones que crecía a un ritmo alarmante comenzaba a desbordarme, y supe que tenía que salir de allí antes de cometer una locura.

—Son tu esposa y tu hermana, pero no tienes que responder por sus actos. Nunca cambiarán, me temo. No espero nada bueno de ellas, pero no las temo porque ya no soy aquella Alonza a la que pudieron herir con su crueldad y sus malas artes. No, ahora tengo más garras que ellas.

Nos miramos intensamente con una gravedad que constriñó mi pecho, ambos contenidos y trémulos. Comencé a sentir que me faltaba el aire y aparté la vista.