Meretrice CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

E NTRE HIERBAS Y RECUERDOS

Descendimos la escalera todo lo sigilosamente que pudimos.

Chloe, debilitada y atemorizada, oprimía con fuerza la mandíbula, sofocando en silencio las punzadas que debían de estar apuñalando su bajo vientre.

Llegamos al vestíbulo justo cuando oímos la puerta de la sala abriéndose detrás de nosotras. Me aventuré a soltar la cintura de Chloe y recé para mis adentros.

—¿Adónde vais?

La voz de Francesca hizo que nos pusiéramos rígidas. Sólo yo me giré para mirarla con el habitual desdén que ella me prodigaba.

—¿Acaso te interesa? —farfullé cáustica.

Recibí una sonrisa sardónica y me volví al frente, tomando a Chloe del brazo para reanudar la marcha. Apreté los dientes con desagrado cuando oí sus pasos acercándose.

Se plantó altanera frente a nosotras con los brazos en jarras y mirada taimada y arrugó la nariz con recelo. Paseó los ojos por el rostro de Chloe y frunció el entrecejo con aguda perspicacia.

—No tienes buena cara —espetó acentuando el ceño.

—Pero tengo buen corazón... Otras no pueden decir lo mismo —replicó mi amiga en tono mordaz.

Francesca la fulminó con una mirada resentida, dejó caer los brazos a ambos lados de su cuerpo y apretó los puños airosa.

—El corazón sólo vale para que te lo rompan.

—La cara también —replicó Chloe, devolviéndole una mueca dura y contenida.

Habría sonreído admirada si la preocupación y la premura me lo hubieran permitido.

Francesca se encaró a mi amiga, y yo me interpuse amenazante.

—Si sabes lo que te conviene, déjanos tranquilas.

—Sois vosotras las que no parecéis entender a quién os estáis enfrentando. Pero os juro que pronto lo descubriréis.

Y, tras otra mirada afilada, se encaminó hasta la escalera y subió con la espalda recta pero ademanes bruscos.

Tras aquel momento tenso, las rodillas de Chloe parecieron ceder. La sostuve de la cintura y, apoyada en mí, caminamos hacia la salida.

—Eres una inconsciente —reprendí suavemente—, pero eso son arrestos.

—Estaba tan muerta de miedo que me he refugiado en la indignación que esa arpía me provoca.

—Ha sido intrépido por tu parte —subrayé—, pero ha merecido la pena sólo por ver su cara.

Dibujó una mueca orgullosa y de pronto palideció.

La ceñí con más urgencia y aceleré el paso.

—Aguanta, amiga, aún nos queda un buen trecho.

Caminamos en silencio, sorteando a la gente en los callejones más estrechos, procurando pasar desapercibidas.

De vez en cuando me detenía para que Chloe recuperara el resuello.

Ella se apoyaba en mis hombros, inclinaba la cabeza e intentaba acompasar la respiración.

Luego me miraba más recuperada y asentía.

El sobresfuerzo al que la estaba sometiendo me pellizcaba la conciencia y me oprimía el corazón.

Sabía que continuaba el sangrado, y, a pesar de haberle puesto unos paños de algodón que había atado con cordeles a su cintura, temí que se empapara y la sangre se escurriera por sus piernas, y goteara en el suelo antes de llegar.

—¿Cómo te encuentras? —susurré a pesar de conocer la respuesta.

—Débil, pero podré llegar.

Continuamos el camino, ya recibiendo alguna que otra mirada recelosa de los viandantes que sorprendían alguna mueca dolorida de Chloe.

Tras doblar varios recodos más y ya casi al límite de sus fuerzas, atravesamos la plaza frente a la basílica de Santa Maria dei Frari y nos introdujimos en la callejuela donde estaba la casa de los Rizzoli.

Habían transcurrido algo más de tres años desde la última vez que había salido de allí rumbo a Poveglia y su sola visión me detuvo el pulso.

Un torrente de recuerdos me inundó con cruenta inquina y retrocedí casi inconscientemente.

Cerré los ojos y respiré hondo. Tuve que obligarme a continuar y alejar de mi mente las imágenes que se superponían implacables encogiéndome el corazón.

Alcé la vista y contemplé el cartel de madera tallada que había sobre la puerta de entrada que rezaba «Apotecario» y nos dirigimos hacia allí.

Chloe ya trastabillaba torpemente. Pasamos por el angosto callejón que daba a la otra entrada a la casa e imaginé que aquélla debía de ser ahora la entrada familiar.

Nos adentramos en el pulcro establecimiento, una campanilla sobre la puerta anunció nuestra llegada.

—¡Ahora mismo atiendo!

Su voz salió de la trastienda, más profunda y varonil de lo que la recordaba. Todo mi interior se removió ante la cadencia de su tono.

Cuando emergió de un pasillo y apareció tras el mostrador ubicado en lo que había sido el amplio vestíbulo, limpiándose las manos con un paño, mi corazón se detuvo. Hacía un año que lo había visto por última vez y, cuando él alzó su celeste mirada hacia mí, me sentí desfallecer.

Su faz se congeló estupefacta, sus ojos se abrieron como platos y me observó boquiabierto. El impacto de verme se trocó en desconcierto, pero su faceta profesional tomó el control cuando se apercibió del evidente malestar de mi acompañante.

Salió de detrás del mostrador con gesto preocupado y se acercó a nosotras. En el preciso instante en que nos alcanzaba, las rodillas de Chloe cedieron y se desplomó fatigada. Lanzo, que anticipó su desmayo, se abalanzó en dos zancadas hasta ella y la tomó entre sus brazos.

Lo miré angustiada y lo seguí hasta la trastienda, que no era sino el salón principal de la casa, completamente distinto de como lo recordaba.

Depositó a mi amiga en un camastro que había junto a la ventana y posó la palma de su mano en la frente con semblante concentrado.

—Está perdiendo mucha sangre —informé—. Está encinta.

Lanzo me dirigió una mirada adusta con un leve deje incómodo y asintió.

—Tiene fiebre y su pulso es bajo —murmuró desabrido.

Le alzó la falda y la camisola y profirió un sonido que no supe interpretar, pero que no sonó nada bien en mi opinión.

Se alejó y cogió una jofaina que tenía bajo otro mostrador, éste más tosco, y vertió en su interior agua de una larga jarra de latón que tenía colgada de la pared. Tomó una esponja, varios lienzos limpios y un pequeño frasco con tapón de corcho, y regresó a su lado ignorándome por completo.

—¿Puedo ayudar en algo? —pregunté inquieta.

Dejó la jofaina a un lado de la cama y negó con la cabeza sin mirarme.

Abrió el frasco y vertió parte de su contenido en el agua. Se remangó, dejando al descubierto unos fuertes antebrazos que yo no había visto nunca, y me di cuenta de que ya no era el joven delgado e imberbe que conocía. Era más alto y fornido, y sus hechuras rezumaban poder.

Observé la dedicación que prodigaba a todos sus movimientos, y la delicadeza de su trato me cautivó. Retiró despacio el paño empapado en sangre y le abrió las piernas ligeramente.

Embebió la irregular esponja en el líquido, la escurrió y comenzó a lavarla con mimo.

—¿Qué le has echado al agua?

—Decocción de milenrama y cola de caballo —respondió sin desviar la atención de su trabajo—, es un remedio muy efectivo para detener hemorragias femeninas.

Aclaró la esponja y la escurrió hasta limpiar completamente la zona. Luego palpó la parte baja de su vientre con la punta de los dedos.

—Está inflamada y caliente. Tendré que aplicarle compresas frías.

Retiró el recipiente con el agua sanguinolenta y tomó otro frasco de vidrio de un estante.

—Alcohol de lavanda y romero —informó anticipándose a mi pregunta,—, baja la fiebre aplicado sobre la piel.

Empapó uno de los lienzos limpios en aquel tónico y me pidió que desvistiera a Chloe.

—No es necesario que la desnudes del todo.

La dejé en camisola y le desaté los cordones del escote, abriéndoselo ligeramente.

Cuando me volví hacia él, lo sorprendí mirándome nostálgico.

—¿Así está bien?

Asintió hosco y se dedicó a refregar suavemente el cuello y el escote de Chloe concentrado en su tarea.

—¿Perderá a su hijo?

—Es bastante posible. Es lo que quiere, imagino. ¿Acudió a una de esas parteras que los arrancan del vientre con un gancho? ¿O tomó algún remedio para provocar la expulsión?

—Nada de eso. Ella quiere a su hijo.

Alzó una ceja incrédulo y me miró con burda indolencia.

—Un caso bastante inusual. Las meretrices los evitan, no los buscan.

Le lancé una mirada reprobadora y fruncí el ceño molesta por su frialdad.

—Sólo si se descuidan o se enamoran.

—Y ¿cuál es el caso de tu amiga?

—Se enamoró.

Continuó empapando el lienzo y frotando su piel con él. La intensa fragancia del romero y la lavanda estimularon mi olfato.

Nuestras miradas se encontraron un leve instante en el que mi pulso se aceleró.

Desvié rauda la vista sobre el cuerpo inconsciente de Chloe y tomé su mano entre las mías.

Mi brazo rozó el de Lanzo y él se detuvo y me miró con cierta turbación.

Se apartó un ápice y continuó con su labor.

Cuando estuvo satisfecho, regresó a su mostrador y yo observé su lugar de trabajo.

De las vigas tenía colgados manojos de hierbas secas.

Sobre la repisa de la chimenea, donde tanto habíamos jugado juntos, leído y conversado, se apilaban gruesos volúmenes que, imaginaba, consultaba a menudo o quizá en los que tomaba sus apuntes y conclusiones médicas.

En la pared del fondo, varias alacenas estaban repletas de potes y frascos de diferentes tamaños.

En el centro, una larga mesa llena de utensilios varios: cuencos, morteros, alambiques, una balanza, marmitas, un libro abierto con ilustraciones de hierbas, pinzas, tenazas y algún otro objeto que no reconocí.

Supe discernir el oculto orden que había en aquel aparente desorden.

—Me alegró mucho saber que habías cumplido tu sueño.

—Me arrebataron otros, al menos éste distrae mi mente.

Observé su perfil: su semblante permanecía inmutable, pero con una tensión palpable pulsando su mandíbula.