CAPÍTULO 21 #2
Salí de compras con Elisa y las chicas al mercadillo de la piazzetta , con Marcello y Orfeo, el otro guardián de Carla, un tipo grande, fornido y rudo, de carácter reservado.
Paseamos por los diferentes puestos guiadas por Elisa, que nos dirigía como la estricta pastora de un rebaño bastante disperso.
Si hubiera llevado una vara en la mano, creo que nos habría azotado para no desmandarnos.
Pero las chicas continuamente se detenían en los tenderetes, encaprichadas con exquisitas telas y vistosos abalorios.
Cloqueando como gallinas y alborotando con su efusividad, comenzamos a atraer la atención de la gente, que murmuraba con desdén, señalándonos.
Fue tan evidente la repulsa de algunas señoras que Francesca y Giovanna, que iban cogidas del brazo, se miraron maliciosas, se hicieron un guiño pícaro y se besaron en los labios, observando de soslayo al grupo de mujeres, que profirieron un gritito escandalizado al unísono.
Elisa las separó amonestándolas y las chicas rieron divertidas.
—¡Santa Madonna! Vais a conseguir que acabemos en el calabozo.
Por fin nos detuvimos frente al puesto donde solían adquirir sus productos de belleza.
Eran cosméticos fabricados por unos monjes florentinos del convento de Santa Maria Novella.
Las chicas eligieron varios cofres pequeños con nácar molido mezclado con diferentes tinturas, uno azul, otro verde y otro en tono cobre que utilizaban para colorear los párpados.
También un bálsamo específico para blanquear los dientes.
El mercader explicaba que era muy efectivo, pues contenía hojas de salvia, carbón de madera y algo de opio.
Asimismo, nos dejó oler varios frasquitos de extracto de rosa, lavanda, almizcle, sándalo, jazmín y ámbar. Elegí el jazmín para mí.
Elisa seleccionaba concienzudamente varios productos naturales echando vistazos a una notita que llevaba en la mano.
—Adquiere los ingredientes para confeccionar ella misma algunos potes de crema para nosotras —aclaró Chloe—. Hace tiempo, Carla consiguió un ejemplar de un manual de belleza, escrito por Catalina de Sforza, llamado Experimentos , donde explica con detalle muchos trucos para lucir bellas.
Elisa tomó una bolsa con pétalos de geranio, una mezcla de cochinilla y cera de abejas.
—Eso lo usamos para colorear los labios —explicó.
Luego cogió un pequeño saco etiquetado como blanqueador de piel.
—Y eso es tan sólo harina de arroz, tamizada y perfumada.
Añadió a la cesta de mimbre que portaba algunos afeites y esencias.
—Elisa, no te olvides de mi cabello —recordó Francesca con un mohín admonitorio.
La mujer le regaló una mirada ceñuda y asintió.
Miré inquisitiva a Chloe. Ella se acercó discreta a mi oído y susurró:
—Ese llamativo color rojo que luce Francesca no es natural.
Se lo tinta con mercurio, sulfuro de plomo, cal y agua.
Lo mejor es extracto de flor de azafrán como usan las damas de la realeza, pero es muy costoso.
Algunas veces Elisa ha tenido que ingeniárselas para confeccionar tintes capilares con aceite de vitriolo y jugo de ruibarbo.
El tono rojo está muy de moda en las cortes de todo el mundo.
—Pues parece pelirroja por su tono de piel y las pecas que luce en sus mejillas —repliqué.
—Y lo es —repuso Chloe—, pero su tono es apagado, y ella quiere un rojo subido.
Además, su particular lucha contra las pecas la saca de sus casillas.
Elisa le prepara un ungüento con hojas de saúco, savia de abedul y azufre.
Ella se cubre el rostro con esa pasta y a la mañana siguiente se lo retira con manteca.
La verdad es que se le han aclarado mucho.
—Y ¿cómo elimináis el vello?
—Con un mejunje llamado rhusma, sacado de ese manual. Esta noche comprobarás su efectividad.
Recordar mi cita con el influyente Simone Gabini me agitó el estómago.
—Y ¿es muy doloroso?
Chloe se retiró un rebelde rizo del rostro y negó con la cabeza.
—Es abrasivo, y hay que retirarlo con prontitud antes de que te queme la piel.
Agrandé espantada los ojos y exhalé una exclamación.
—No, no temas, puedo asegurarte que somos expertas en su uso.
—Y ¿qué lleva ese bálsamo?
Aquella conversación evocó las tardes en las que Lanzo me detallaba ingredientes de diversos remedios. Una inoportuna punzada de nostalgia me atravesó.
—Pues la receta es bien simple y muy muy antigua.
Se hierve medio litro de arsénico con una octava de barro y se aplica en la zona deseada.
Se suele hacer junto a un baño caliente, porque cuando se nota el ardor nos tenemos que sumergir en el agua para retirarlo.
Después se aplican claras batidas en la zona, que alivian y suavizan la piel, y perfectas.
Me dedicó una sonrisa tranquilizadora y yo la miré con desconfianza.
—Pero hay una zona en particular... más delicada —apunté melindrosa.
—No te preocupes, llevamos años usándolo y no se nos ha caído ningún trozo —bromeó guiñándome el ojo.
—¿Cuántos años tienes, Chloe?
—Veintiuno —contestó—. Llegué aquí con quince.
—¿Y tú?
—Dentro de poco cumpliré los diecisiete.
Elisa entregó una pesada bolsa de escudos, cubrió su repleta cesta de mimbre con la tapa y volvimos sobre nuestros pasos.
Chloe enlazó mi brazo y caminamos con ligereza, deleitándonos en el bullicio de la ciudad.
Los puestos de comida destilaban los jugosos efluvios de suculentos asados.
Los mercachifles entonaban sus soniquetes comerciales con orgullosa pompa.
Una banda de titiriteros entretenía a la muchedumbre con marionetas y malabares.
Juglares y trovadores deambulaban con sus vistosas vestimentas y sus laúdes atrayendo con sus potentes voces la atención suficiente para soltar la bolsa de los espectadores.
Niños correteando entre las faldas de sus madres, y mujeres alborozadas y charlatanas conferían a la piazzetta tanta vida y color que cautivaba mis sentidos, abstrayéndome hasta otro tiempo, no tan lejano.
A otro mercadillo en el que Lanzo me compró ese anillo.
El anillo que con el que habíamos sellado nuestro amor.
El que Bianca me robó aquel horrible día.
No sabía cómo, pero en aquel preciso instante me prometí recuperarlo como fuera.
Aparté la ácida acritud que ya rezumaba de mí, sofoqué la ira que burbujeó ardiente en mi pecho y tomé una gran bocanada de aire, alejando aquel recuerdo y reforzando mi promesa.
Algún día me enfrentaría a Bianca, a Marco, a Caterina y a Fabrizio.
Inmersa en mis pensamientos, jamás imaginé que ese último nombre de mi lista emergería como una tromba del interior de la casa de placer.
Me detuve en seco, con el corazón en un puño, e instintivamente di un paso atrás, pero él ya me había visto.
Avanzó hacia mí a grandes zancadas, con el rictus desfigurado por una mueca furiosa. Las meretrices se apartaron impávidas por su fiero ímpetu y Fabrizio Rizzoli, mi verdugo, se plantó frente a mí.
—¡Te creí muerta! —bramó, como si no cumplir aquella condición fuera una ofensa. Y, de hecho, lo era para él.
—No se cumplió tu deseo.
Su fría mirada se derramó sobre mí, fulminándome con ella.
—Estabas infectada —mintió, sabiéndose escuchado y observado.
—Mi única enfermedad fuisteis vosotros.
Fabrizio apretó los dientes, su mirada refulgió colérica y su brazo se alzó con intención de golpearme. Retrocedí asustada, pero una voz detuvo el arco que ya trazaba en mi dirección, congelando su trayectoria.
—No te atrevas a tocarla —siseó Carla.
Su voz no fue alta, pero sí llena de inflexiones amenazadoras. Su mirada entornada relampagueó con la virulencia de un látigo cortando el aire que los separaba. Ante un escueto pero claro gesto, sus guardianes se posicionaron protectores delante de mí.
Fabrizio, congestionado por la furia, con las mejillas enrojecidas y la mirada crispada, miró en su dirección y bajó el brazo.
—Nos veremos en la corte, Carla —aseguró destilando inquina—. Ella está viva y, por tanto, sigue bajo mi tutela. Malogró un ventajoso matrimonio, pero por Dios que le conseguiré otro.
—¡Antes yo misma me entrego a la muerte! —afirmé determinante.
Fabrizio me clavó su mirada verde, tan similar a la de Marco, y me sacudió un violento escalofrío.
—Que así sea.
Ya se alejaba cuando aquel acceso de pánico se tornó en furiosa impotencia.
—¡Ya nos separaste! —grité iracunda—. ¿Por qué no te olvidas de mí? Lanzo está muerto, ¿no es así?
Ya avanzaba temeraria hacia él cuando Carla me detuvo. Forcejeé con ella cegada por el dolor. Chloe me sujetó el otro brazo.
Fabrizio se giró hacia mí. Su rostro se había transformado en una máscara pétrea, pero sus ojos me apuñalaron con temible resentimiento.
—Lo está, sí —confirmó—. Tú lo mataste. Todo fue culpa tuya.
Liberé un gemido roto. Un abrupto sollozo desgarró mi garganta. Mis rodillas se aflojaron y el dolor acudió lacerante, atravesándome una vez más.
A continuación, se alejó con la espalda erguida por la angosta callejuela, el único acceso pavimentado.
—¡¡¡¡Juro ante lo más sagrado que no descansaré hasta hacerte pagar por esto!!!!
Y, tras aquel alarido, me rendí inconsolable al llanto. Me arrastraron hasta el interior de la casa y casi fui llevada en volandas a mi cuarto.
—Chloe, quédate con ella y métela en la cama —ordenó Carla—.
Elisa, prepárale una infusión de adormidera, ligera: esta noche tiene trabajo.
Alonza, intenta descansar. Tu venganza empieza ahora y aquí, esta noche habrás de mover la primera pieza.
Llora cuanto necesites y enfría tu cabeza, a partir de ahora es la que debe regir cada paso que des.
Salió de la habitación. Cerré entre hipidos los ojos, supe que no me haría falta ninguna infusión y me dejé llevar por la placidez de un sueño evasor.