Meretrice CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

A NTE MI VERDUGO

—¡Rizzoli! —exclamó Carla por tercera vez, negando con la cabeza.

Enlacé mis manos inquieta ante su espantada reacción.

—¡Santa Madonna, esto no puede complicarse más! —se lamentó poniéndose en pie y caminando de un lado a otro tras su mesa.

No supe qué argüir. Había permanecido en silencio durante toda mi narración, y aunque su rostro pasó por todo un caleidoscopio de emociones cambiantes, no atisbé a interpretar la gravedad de su semblante hasta que pronunció con tantos aspavientos aquel apellido.

Mi desazón creció y comencé a temer que se deshiciera de mí.

Finalmente, se detuvo, me lanzó una mirada ceñuda y preocupada y se sentó de nuevo.

—Fabrizio Rizzoli es un hombre poderoso y vil —anunció mirándome con fijeza.

Tragué saliva como si tuviera atorada una áspera bola de papel en el gaznate.

Hizo una pausa en la que resopló mortificada y jugueteó nerviosa con su collar de perlas antes de proseguir:

—Conoce esta casa y a mí, y te aseguro que nuestra relación no es buena.

La bola de papel se convirtió en un erizo. Carraspeé nerviosa y bajé la mirada hacia mis manos.

—Por lo que presumo que acudirá de inmediato en cuanto Castelli lo informe de que estás viva.

—Pero, si me declararon oficialmente muerta, ya no tiene ningún derecho sobre mí —repliqué angustiada. Percibí en mi tono un claro matiz desesperado.

—Es tu tutor —recordó Carla—. Si descubre que sobreviviste y lo desea, puede volver a reclamarte bajo su tutela.

Otra cosa muy distinta es si lo acusas de haber atentado contra tu vida.

En tal caso, en cualquier corte suprema perdería cualquier derecho sobre ti.

Mas, sin pruebas, mucho me temo que eso no ocurrirá.

Y, por lo que me has contado, será su palabra, la de su familia y linaje contra la tuya, una huérfana ingrata.

Apreté los dientes y maldije en silencio.

—¡No escapé de las garras de la muerte para regresar a las suyas!

—Estás en las mías —aseveró Carla contundente—, y no voy a soltarte.

Su penetrante mirada me desasosegó. Asentí levemente y respiré hondo.

—Y ¿qué pasará con Fabrizio?

—Negociaré con él si mis palabras no lo conforman.

—No sé cómo agradecerte...

—Yo sí —me interrumpió con gesto adusto.

Observé su mirada tenaz y supe que todo tenía un precio.

—Y ¿qué esperas de mí?

—Lo sabrás cuando llegue el momento.

Hizo un gesto seco hacia la puerta, y me pregunté dónde había quedado la dulzura y la compasión de la noche anterior. Mi historia era sórdida, dura e injusta, y aunque me pareció comprobar que se había conmovido durante mi relato, ahora se mostraba fría y calculadora.

Tras una respetuosa inclinación de cabeza, me puse en pie y me aproximé a la puerta.

—Por cierto, tu Lanzo estuvo aquí.

Mi mano se detuvo a medio camino del pomo. Contuve el aliento y me giré hacia ella con el corazón atronando en mi pecho.

—Fabrizio trajo una noche a sus dos hijos. El mezquino Marco y el dulce Lanzo. Elegí a Chloe para él; para Marco, la exuberante Francesca.

Cerré los ojos y contraje el rictus, asimilando aquella revelación.

—Para celebrar su decimoquinto cumpleaños —aclaró—.

Marco no era la primera vez que acudía; no sólo aquí, sino a casi todas las case rampane de la ciudad, además de a las prostitutas que trabajan en el Rialto.

Dicen que su brutalidad hace que lo esquiven.

Siempre me ha repelido, a pesar de ser joven y apuesto; saber ahora lo que hizo contigo me confirma que es un demonio.

Me mordí el labio inferior conteniendo de nuevo mis emociones ante aquel espantoso recuerdo y salí de la estancia.

Evoqué aquel día, el día que Lanzo cumplió los quince años.

Pasamos la tarde juntos en el patio, fue poco después de que Caterina trasquilara tan sibilinamente mi melena.

Él me leía versos sueltos mientras yo permanecía tumbada en el banco de piedra.

Con la cabeza apoyada en su regazo, me sumía en mi particular ensoñación, llevada por la caricia de su voz y por la de su mano sobre mi corta cabellera.

Sentí una punzada en el pecho y subí la escalera hasta mi cuarto de dos en dos.

Saber que esa misma noche había yacido con Chloe me hería, a pesar de comprender su postura.

Él ya me quería por aquel entonces, y justo por eso se esforzaba en verme como una hermana.

Quizá consentir en tomar a otra mujer no era sino su modo de tratar de desfogar el deseo que sentía por mí y de estrangular sus inapropiados sentimientos.

Me lancé sobre mi lecho y entreabrí aquella puerta, de la que emergió un torrente de lágrimas y de dolor. Nuestro amor siempre había estado condenado, pero nada pudimos hacer por contenerlo.

Miré la cama de Chloe y me pregunté si él había estado en ella.

Cerré los ojos y sollocé hasta la extenuación.

Después, me puse en pie, me lavé la cara y cerré de nuevo la puerta que me conectaba con el pasado, con él.

Si algo necesitaba para poder sobrellevar el oficio elegido era apartarlo de mí para no sentirme sucia y traicionera.

Me miré al espejo y repetí las sabias palabras de Carla. Lo único que debía conservar incorruptible era mi corazón, y tras aquella puerta estaba a salvo.

★ ★ ★

—He recibido una oferta para ti y la he aceptado sin dudarlo.

Carla me escrutó con fijeza, evaluándome. Me limité a asentir.

—Se trata de Simone Gabini, un renombrado médico de la corte, inquisidor del Estado y miembro del Consejo de los Diez.

Nos vendrá bien su apoyo si reclaman tu tutela.

Además, es bien parecido, relativamente joven, creo que apenas llega a la cuarentena, y ha mostrado un gran interés por ti.

—Me observó con cierto orgullo y agregó—: A decir verdad, ya me han llegado varias propuestas para ti, una de ellas me incluye.

Agrandé los ojos entendiendo a lo que se refería, y mis mejillas se arrebolaron. No fui capaz de sostenerle la mirada.

—No te preocupes, confía en mi experiencia, haré que te sientas muy cómoda y te prometo que disfrutarás mucho.

—Yo..., no sé si... me violenta mucho esa situación.

Carla se puso en pie y se colocó frente a mí.

—Cierra los ojos y no pienses en nada, sólo siente.

Obedecí, respiré hondo e intenté controlar los nervios.

Noté un ligero roce en mis labios y me envaré.

—Chis..., tranquila. —Su tono había cambiado, trocándose meloso y rasgado.

Sus manos se posaron en mi cintura, su boca entreabierta atrapó mi labio inferior. Tuve que apretar los puños para no apartarme de ella.

—Sólo piensa que una boca te besa —susurró seductora—, no importa de quién sea, sino lo que sabe provocar en ti.

Cuando su lengua resiguió la abertura de mis labios, dejé escapar un gemido asombrado e hice ademán de apartarme, pero Carla me ciñó con más firmeza y no me lo permitió.

Apelé a toda mi templanza y empujé con denuedo el rechazo que aquel beso me provocaba y le permití hacer a su antojo. Luché contra el innato forcejeo que nacía de mí y me mantuve inmóvil.

Su lengua se abrió paso en mi boca, tanteó la mía con varios roces delicados buscando una respuesta que no llegaba, pero no desistió.

Comenzó a juguetear, recorriendo mi interior.

Se apartaba para dedicarse a mis labios, despertando un hormigueo que no supe interpretar.

Su boca era dulce, suave y hábil, reconocí.

Sus manos liberaron mi cintura y se aposentaron sobre mi cuello y mi mentón, sus pulgares acariciaron mi barbilla... de ese modo, manejaba mi cabeza a su antojo.

Tras una serie de besos cortos y húmedos, en lo que la punta de su lengua repasaba mis labios, se decidió a profundizar, enredándose en mi lengua, retándola a participar.

Sabía cómo tocarme, cómo alejar mi pasividad, y con paciencia y dulzura, consiguió lo que creí imposible, que comenzara a reaccionar.

Aquello no era más que una clase sobre besos, y yo debía aprender a ejecutarlos con la misma maestría que ella exhibía. Me convencí de que formaba parte de mi aprendizaje y comencé a alejar los reparos y a acallar mi conciencia para animarme a repetir lo que ella me hacía.

Logré rendirme a los sentidos y participé de aquel beso. Enredamos nuestras lenguas, jugueteamos melosas fundiendo nuestros labios, hasta que unas manos abarcaron mis nalgas, sobresaltándome.

Me aparté ruborizada, confusa y turbada.

Carla me sonrió ladina. Sus ojos refulgieron hambrientos.

—Eres más deliciosa de lo que ya imaginaba.

Tragué saliva y me relamí nerviosa... Todavía me hormigueaban los labios. Un extraño calor se había aposentado en mi vientre para irradiarse en todas direcciones. Bajé la mirada avergonzada.

—Cuando llegue el momento de acudir juntas con el cliente, te daré a probar mi reserva personal de láudano. Te relajará y te abrirá los sentidos, para que esa noche sea inolvidable.

Acarició mi mejilla y miró anhelante mi boca.

—Todavía no eres consciente de tu inmenso poder, Alonza, pero cuando lo seas y sepas manejar esa devastadora sensualidad que desprendes de forma tan natural, no habrá nadie que no sucumba ante ti. Tienes todas las armas, tan sólo te falta instruirte en su manejo.

—De momento, me temo que necesitaré mucho láudano.

Carla sonrió ampliamente y negó con la cabeza.

—No, muchacha, hay que ser muy cauta con las dosis. No obstante, confía en mí, sabré administrarte la cantidad justa, no quiero un maniquí inerte en la cama, sino una gatita juguetona.

Sentí de nuevo ese revelador fuego prendiendo mi tez. La mirada de Carla centelleó divertida ante mi incontrolable pudor.

—Mañana por la noche acudirás al palacete de Simone Gabini. Comienza a concienciarte acerca del oficio, Alonza, tu cuerpo es tu herramienta, deja los prejuicios, los recatos y la conciencia aparte. Sólo piensa en tu objetivo y disfruta del proceso.

—Lo haré —prometí con firmeza.

★ ★ ★