CAPÍTULO 18 #3
La mujer me sonrió complacida y bebió del suyo. Sus ojos volaron hacia el grabado de Alonza y, tras dejar la taza sobre el plato, suspiró hondamente.
—Siempre he pensado que todo pasa por algo, que las casualidades no son más que las herramientas que usa el destino para cumplir sus designios. Y hoy usted ha llamado a mi puerta porque quizá su antepasada la ha conducido hasta mí.
Hizo una pausa y me miró abstraída.
—Llevo muchos años compartiendo mi vida con ella.
Me otorgaba cierta paz contemplarla, preguntándome quién fue y qué secretos guardaba.
Sintiendo una extraña conexión con ella.
Era como un ángel al que, de vez en cuando, me confesaba.
Siempre fui una mujer sociable, pero incapaz de abrir mi corazón y liberar mis inquietudes a mis amigos por no preocuparlos.
—Compuso un mohín nostálgico y agregó tras otro largo suspiro—: Mi corazón se apagó cuando él murió y me quedé sola, y he tenido muchos momentos de abatimiento que he preferido guardarme para mí.
Sin embargo, a ella le hablaba. —Esbozó una sonrisa tímida y encogió levemente los hombros—.
Quizá piense usted que soy una pobre vieja loca, pero ha sido mi compañía muchos años y, bueno, desprenderme de ella. ..
—Gina —la interrumpí adoptando en mi tono un matiz dulce y comprensivo—, no debe sentirse obligada a venderme el retrato.
Le pertenece, y, por lo que me cuenta, es parte importante de su vida.
Entiendo su apego, ya no es un dibujo más, sino que existe un lazo afectivo que no me atrevería a romper.
Para mí ha sido todo un descubrimiento encontrarla, poder.
.. verla, y, obviamente, me emociona saber que aquel dibujo todavía perdura.
Pero sí me gustaría poder... visitarla cuando sienta la necesidad.
La mujer ensanchó agradecida su sonrisa. Detecté un claro deje aliviado en ella, su rictus preocupado se distendió.
—Por supuesto, Alessia, puede regresar cuando lo desee. Me encantará recibirla. A mi edad, no recibo muchas visitas.
Terminé mi café, me puse en pie y me acerqué de nuevo al cuadro.
Absorbía subyugada cada detalle, memorizándolo, y, como si la necesidad de tocarla, de establecer un lazo con ella me guiara, paseé ensimismada mi dedo índice por cada trazo.
Me detuve en su escote, donde pendía el colgante con la «L», y el mío cosquilleó en mi garganta.
Con la otra mano lo toqué y, de algún extraño modo, forjé un vínculo emocional cerrando los ojos y dejando que mis sentimientos afloraran, deseando fervientemente sentir la fuerza de Alonza en mi interior.
Cuando los abrí, me topé con la mirada de Gina. Lo que vi en su semblante me desazonó. Parecía debatirse internamente, se mordía el labio y sus ojos eran huidizos.
Sostuve su mirada con firmeza y la mujer se rindió.
—Hay más ilustraciones —confesó—, todas claramente hechas por el mismo autor. Las tengo en un baúl en mi cuarto. Quizá desee usted verlas.
—Nada me complacería más, Gina.
Noté el pulso acelerado cuando la mujer salió resuelta del salón. El destino parecía haber salido en mi busca, y en verdad nunca había tenido tantos deseos de que me encontrara.
Cuando regresó, un intenso hormigueo se aposentó en mi estómago como si una colonia de insectos revoloteara en él.
Me acercó varias láminas plastificadas, amarillentas y ajadas, mordisqueadas por el tiempo.
Mi corazón se detuvo cuando comprobé que eran los dibujos que había encontrado Alonza en el cuarto de estudiante de Lanzo en Padua. Las iniciales de ambos entrelazadas dentro de un corazón, y dos manos unidas bajo la nieve. Sentí una emoción tan intensa que mis ojos se humedecieron.
—Veo que tienen un significado especial para ti —murmuró la anciana—. Puedes quedártelos.
—Es como... si ellos revivieran ante mí. En mi corazón son muy reales.
—¿Ellos?
Asentí.
—Alonza y Lanzo. Él es el autor de estos dibujos.
—Intuyo una gran historia de amor —aventuró compartiendo mi emoción.
—Lo fue, tan hermosa como trágica.
—Me gustaría tanto que me la contaras... ¿Verdad que regresarás pronto?
—Claro que sí, Gina, nuestras antepasadas estuvieron relacionadas, y quizá por eso el destino nos haya unido hoy.
—Sin duda, y por primera vez en muchos años, tengo una nueva ilusión.
Me acompañó a la puerta, le entregué una tarjeta con mi número de teléfono y nos despedimos con un sentido abrazo. Había algo en aquella mujer que me inspiraba una familiaridad acogedora, quizá su voz o su dulce mirada, quizá el nexo que nos unía.
Todavía en una nube de dichosa incredulidad, caminé ya en plena noche, con las láminas en mi bolso y el corazón alborozado, maravillada por aquel inusitado giro providencial, que estaba segura me conectaba con Alonza.
Embebida en mis pensamientos, no reparé en unos pasos que me seguían, ni en que las calles estaban desiertas.
Cuando mis alarmas quisieron despertar, ya fue demasiado tarde.
Unos brazos me rodearon, una mano cubrió mi boca y fui arrastrada contra un fornido pecho en dirección a un sombrío callejón.