CAPÍTULO 18 #2
Lo seguí a cierta distancia. El hombre que vigilaba los movimientos de Luca capturaba fotografías de la pareja con el móvil.
Anduve parsimoniosamente para acercarme a él y poder ver mejor su rostro; no obstante, me lo replanteé, pues si espiaba a Luca, debía de saber quién era yo.
Decidí caminar a una distancia prudencial y observar lo que acontecía frente a mí.
Luca y Loretta se detuvieron en un puente, observando las góndolas que pasaban.
La música de acordeones y las voces de barítonos se alzaron entre el barullo, entonando canciones de Caruso.
Ver cómo Loretta rodeaba la cintura de Luca me incomodó, provocándome una punzada envidiosa que me apresté a estrangular.
En cambio, él parecía ausente, sumido en su particular ensoñación mientras contemplaba el canal con una expresión que me desconcertó.
Desde mi posición sólo atisbaba a divisar su perfil, pero, a pesar de su relajada expresión, destacaba en la línea de sus hombros un claro matiz rígido anunciador de un acusado estado de alerta que, como he comentado, contrastaba con su pose y su semblante.
Sabía que estaba siendo observado, pensé en el acto.
Cuando ella apoyó la cabeza en su hombro, él inclinó la suya a modo de cobijo.
Era una postura romántica que me aguijoneó, pero también estudiada.
Pude apreciarlo con claridad cuando Luca, de manera sutil, miró hacia un lado, oteando con ojos perspicaces a su alrededor.
Fue un gesto breve, pero lo suficientemente revelador para mí.
Caminaron un buen trecho y, cuando se sentaron en un coqueto café, Luca, de nuevo, y aprovechando una carcajada, rastreó de un fugaz vistazo todo a su alrededor. En esos instantes, yo me detenía como una estúpida, como si permanecer inmóvil me hiciera invisible.
Denoté en su rictus cierta tensión cuando el hombre que lo seguía pasó por delante de él con la cabeza vuelta hacia otro lado, fingiendo ser un turista más. Y entonces me alarmé, pues, si se había percatado de aquel tipo, quizá también me hubiera descubierto a mí.
Y, como si mi pensamiento fuera premonitorio, Luca volvió entonces la cabeza en mi dirección. Me giré rauda, mascullando una maldición entre dientes, caminé esforzadamente despacio para no llamar la atención y comencé a alejarme.
No había sido buena idea, me repetí. Él tan sólo pasaba la tarde con su amante.
Probablemente cenarían en un lugar romántico y después la llevaría a su apartamento para hacerle el amor.
La traicionera imagen de ellos dos enredados en su cama me agitó el estómago.
Sacudí la cabeza para quitármela de encima y aligeré el paso.
No regresé por el mismo sitio. A decir verdad, no tenía ni idea de dónde me encontraba.
El ocaso caía sobre Venecia, y los grandes rebaños de turistas abarrotaban los vaporetti rumbo a sus hoteles.
La ciudad se descongestionaba a un ritmo frenético, y las adoquinadas callejuelas recuperaban su peculiar eco empedrado al caminar sobre ellas.
El bullicio se diluyó en una calma reconfortante, antesala de una preciada quietud.
El silencio que flotaba sobre aquella hermosa urbe, dueña de tantos secretos, era lo que dotaba de magia cada paso, y ese reverente silencio era la llave que abría el verdadero corazón de Venecia.
Me sentí envuelta en su hechizo y, cuando admiraba una antigua casa, al borde de un canal, me detuve presa de una extraña sensación de familiaridad.
Como no conocía aquella parte de la ciudad, y además podía asegurar que me había perdido, la sensación aleteó por mi estómago buscando una explicación plausible a aquella repentina inquietud.
Y entonces, una descripción coincidente me aceleró el pulso.
Muros de color bermellón, ventanas ojivales enmarcadas en blanco...
¡No podía ser!
¿Era el espíritu de Alonza quien guiaba mis pasos?
Como una autómata, me dirigí a la doble puerta de recia madera vieja y llamé al timbre.
Una señora de avanzada edad abrió y me contempló frunciendo el ceño, más para aguzar su vista que como mohín desconfiado.
—Disculpe, su casa es muy hermosa —comencé alabando con una sonrisa jovial—, ¿sabe de qué siglo es?
—Del diecisiete. Fue una antigua casa de placer, la regentó una cortesana muy famosa —respondió con orgullo.
—¿Carla Brunetti?
La anciana negó con la cabeza, y mi contrariedad debió de ser tan evidente que la mujer sonrió condescendiente.
—No, Alonza di Pietro —rectificó.
Abrí la boca y mis ojos se agrandaron con asombro. Sentí que me faltaba el aliento. Me costó tragar saliva, mi expresión se congeló y, por la alarmada expresión de la mujer, supe que había perdido hasta color.
—¿Se encuentra bien, señorita?
—Sí, yo..., es que Alonza di Pietro fue antepasada mía.
Esta vez le tocó a la mujer componer una expresión sorpresiva. Seguidamente, sonrió entusiasmada y me invitó a entrar.
Adentrarme en aquel angosto lugar fue como sumergirme en el pasado.
Sentí en cada paso los de ella, en cada aliento el suyo, y mi piel se erizó con un cosquilleo que me estremeció.
En las paredes había cuadros con escenas lúdicas de desnudos y de juegos sensuales.
En otros, las bacanales eran más atrevidas, y hasta se apreciaba con lujo de detalles toda clase de actos sexuales.
—Hemos procurado conservar la esencia de este lugar. Algunos cuadros son de la época, otros los adquirimos, pero siempre intentando que se asemejaran en estilos, naturalmente —explicó la anciana, que parecía encantada con vivir entre tanta perversión visual.
Me condujo hacia un amplio salón y me ofreció tomar asiento.
—¿Le apetece un café?
Lo acepté con una agradecida sonrisa y, acto seguido, la mujer desapareció por otra puerta.
Paseé la mirada por la estancia recargada con profusión de detalles.
Las paredes estaban empapeladas en estuco granate con relieves florales en dorado, donde el grueso marco blanco de las ventanas contrastaba vistosamente.
Diversos muebles de nogal se repartían por la estancia, rotundos y añosos.
Sillas tapizadas y cortinas de recio terciopelo con borlas de hilo dorado se recogían en curvos pliegues, dejando entrar la escasa luz de un ocaso que, entre aquellas laberínticas callejuelas, languidecía moribundo.
Espléndidos lienzos con escenas de la corte veneciana, del canal y de la piazzetta , todas de la época, se repartían por las paredes. En una esquina, junto a una de las ojivales ventanas, una lámina captó mi atención.
Era una muchacha de perfil, vestida con una túnica de la época, que miraba soñadora por una ventana.
Me recordó a mí misma, en aquella foto que Luca escondía en aquel cajón.
Sólo que, a pesar de que el dibujo era a carboncillo, el largo cabello ondulado era claro y el perfil, más exquisito.
Supe al punto de quién se trataba y quién lo había dibujado.
Sentí una emoción intensa y alcé mi mano hacia el cristal que lo protegía del tiempo, recorriendo aquel rostro con subyugada solemnidad.
Su expresión nostálgica la hacía parecer un ser etéreo, un hada de otro mundo.
Verla frente a mí me impresionó, dejé escapar un gemido quedo y sentí un nudo en la garganta.
—Es un retrato anónimo —explicó la mujer.
Oí cómo depositaba una bandeja en la mesita junto al sofá y sus pasos acercándose a mí.
—Pero posee tan exquisita belleza, tan apasionada delicadeza, tan vívido realismo que decidí quedármelo.
Parece una muchacha dulce y vulnerable, pero observe su mirada: a pesar de ese brillo triste, se puede apreciar determinación.
Posee carácter, pero también fragilidad.
Me pareció entrañable, y no fui capaz de venderlo.
—¿Dónde... lo encontró?
—Estaba en un baúl en el ático. La casa estuvo mucho tiempo cerrada, perteneció a una de mis antepasadas, pero nadie pareció quererla.
Su rehabilitación era muy costosa y los impuestos feroces.
Si no llego a cobrar el seguro de vida de mi marido cuando falleció hace cinco años, no podría haber afrontado los gastos.
Cuando era niña solía venir a contemplarla, me fascinaba.
Todavía recuerdo relatos de mi abuela sobre ella.
Yo llevo el nombre de la antepasada que la heredó, una niña que acogió Alonza bajo su cuidado, hija de una de sus compañeras; se llamaba Chloe.
La niña que tuvo y de la que llevo su nombre es Gina.
Algo serpenteó dentro de mí, sin duda el destino me cercaba, cerrando el círculo que había comenzado a dibujarse a mi alrededor tras recibir la carta de mi abuela Ornella.
Era como si cada pieza se moviera ocupando su lugar en un puzle desordenado que comenzaba a entrañar sentido, de manera tan vertiginosa que me sentí mareada.
—Es... ella.
La mujer miró alternativamente el dibujo y a mí con expresión desconcertada.
—¿Alonza? —inquirió impávida—. ¡Oh, santa Madonna!
Asentí levemente, sin despegar mis ojos de aquel perfil regio.
Me maravilló su realismo, daba la impresión de poder girar la cabeza en cualquier momento.
Resultaba admirable cómo, con unos pocos trazos, la mano que la dibujó había capturado su alma.
Y esa mano estaba tan presente en el lienzo como la propia Alonza.
Aquélla era la visión de Lanzo. Pensar en él me entristeció.
Imaginar lo mucho que debía de haber sufrido la pérdida de la mujer que amaba me conmovía.
—¿Me... lo vendería?
Las profundas arrugas de su rostro se acentuaron en un ceño contrariado. Era evidente que nunca había pensado en desprenderse de él.
—Tomemos el café...
—Alessia —completé, todavía trémula.
Nos sentamos en el sofá y Gina sirvió los cafés. Parecía meditabunda y más inquieta que momentos antes.
Probé un sorbo y miré a la anciana mostrando mi deleite por aquel soberbio café.