Meretrice CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

E L HOMbrE PÁJARO

Grité y pataleé furibunda mientras me separaban de mis padres y mis hermanos. Unos fuertes brazos me alzaron en el aire mientras me retorcía entre agudos sollozos.

—Ya no están, Alonza, ya no están, pequeña —susurró una voz familiar.

—Tenemos que esconderla antes de que lleguen —apremió otra voz masculina.

Unos pasos corrieron hasta la entrada y la puerta se entreabrió ligeramente, dejando pasar al penumbroso cuarto un débil haz de luz y el bullicio de la ciudad.

—¡Ya vienen!

Unas manos me sujetaron fuertemente la cabeza, obligándome a sostener una severa mirada con urgente atención.

—Escúchame, muchacha, debes permanecer en silencio o la muerte te llevará consigo. Tu padre me pidió que cuidara de ti... No querrás negarle su último deseo, ¿no?

Gruesas lágrimas escaparon de mis ojos, zigzagueando por mis mejillas, tan amargas y ácidas que sentí cómo corroían mi alma.

—Si te descubren, todos estamos perdidos, ¿entiendes lo que te digo?

Asentí y me depositaron en el suelo. Oí cómo alguien rascaba la pared a mi espalda y algo caía al suelo. Dirigí mi vista a los cuerpos tendidos en el piso y contuve otro sollozo.

Mi padre, mi madre y mis dos hermanos pequeños yacían inertes, cubiertos de horribles bubones supurantes, con los ojos todavía abiertos, de mirada vacua y sin brillo, pero seguían siendo ellos.

Eran sus rostros, los que yo tanto amé; sus cuerpos, donde yo tanto me refugié, pero ahora no me consolaban, no me susurraban palabras amorosas, y ya nunca más lo harían.

Y esa certeza me enmudeció como me pedían, me inmovilizó y me secó, como los ramilletes de hierbas que mi madre colgaba de las vigas.

Me dejé llevar al despensero, donde me acurruqué en cuclillas. Pusieron la celosía de madera, ocultándome, y en ese instante una luz cegadora iluminó la estancia por completo.

Entorné la mirada acechando entre los orificios de la tapa y lo que vi me cortó la respiración.

Un hombre pájaro irrumpió en mi casa.

Iba cubierto con un hábito negro y tocado con capucha. Una máscara de pájaro blanca y tétrica cubría su rostro. Su nariz era un largo pico ligeramente curvado, llevaba guantes y portaba una larga vara.

Como un digno emisario de la muerte, se inclinó sobre mis padres y, con la punta de su bastón, retiró con tiento los ropajes para examinar los cuerpos.

Se limitó a asentir y se puso en pie haciendo un gesto hacia la puerta.

Unos hombres que portaban unas parihuelas y llevaban unos pañuelos atados a la cabeza cubriendo sus rostros entraron en la habitación y cargaron con los cuerpos.

Sobre el de mi padre posaron el de mi hermano Piero, un año menor que yo, y sobre el de mi madre colocaron a Giovanni, de apenas seis meses de vida.

Los sacaron de la casa en silencio, pero el hombre pájaro no se fue.

Parecía examinar unos papeles, resiguiendo con su índice unas líneas.

—En mis registros figura una niña de once años llamada Alonza. ¿Alguien sabe dónde está?

Tras un sepulcral silencio, un hombre dio un paso al frente.

—Cuando descubrió a su familia muerta la vieron salir corriendo —respondió sombrío.

El largo pico blanco se balanceó levemente hacia arriba y hacia abajo. La voz sonaba extraña, acompañada de un silbido peculiar.

—Bien, seguramente morirá en algún callejón.

Sólo espero que no contagie a nadie. Los niños son un foco peligroso, pues despiertan piedad y suelen ser acogidos entre los vecinos.

Y, aunque me resulta encomiable tal conmiseración, también lo encuentro insensato, pues amparar a la muerte entre tus muros es temerario.

En los tiempos que corren, la piedad suele resultar mortal.

El hombre al que se dirigía asintió quedo y bajó el rostro hundiendo los hombros con evidente pesadumbre.

—Si la encontraseis, avisadme, tanto viva como muerta. Hasta entonces, mi registro sigue abierto.

Deambuló por la estancia inspeccionando cada rincón. Me encogí instintivamente y contuve el aliento.

Sus pasos se acercaron hacia donde yo estaba. Me mordí temblorosa el labio inferior, con tanta fuerza que me hice daño. Exhalé un gemido sofocado y mi corazón se detuvo cuando el pálido rostro del pájaro se acercó a la celosía.

La punta de su pico se deslizó por la madera lentamente, provocando un repiqueteo continuo que erizó mi piel.

Creí sentir unos ojos negros clavados en los míos e inmediatamente los cerré con fuerza. Respiraba agitadamente, el miedo me paralizaba.

Tras un angustioso momento, oí un susurro de ropas y unos pasos que se alejaban y solté el aliento.

Luego la puerta se cerró y la celosía desapareció. Unos brazos me estrecharon.

Me cubrieron con una capa y me sacaron en volandas de la que había sido mi casa.

Por un resquicio de la tela, entreví cómo marcaban la puerta de mi casa con una brocha empapada en pintura roja, dibujando una gran cruz.

No sé cuánto tiempo pasó, pero sentí cómo mi cuerpo traqueteaba entre los brazos del hombre que me portaba, mientras recorríamos las adoquinadas callejuelas.

Los sonidos de la ciudad hacía tiempo que habían cambiado.

Ya no había risas ni conversaciones joviales, tampoco riñas, ni el jaleo típico del bullicio comercial que solía animar los canales.

Ahora sólo había silencio, llantos y gritos desgarrados.

También había rezos y lamentos agónicos, pero, de todos aquéllos, uno me provocaba más desazón y escalofríos que el resto: los salmos.

Cuadrillas del clero recorrían los canales en barcazas, exhibiendo sobrias sotanas parduscas y grandes cruces, recitando la liturgia con siniestras epístolas sobre el castigo divino que Dios imponía a los venecianos para devolverlos al buen camino.

Una de aquellas frases se había grabado en mi mente y resurgía en pesadillas cada noche: «La peste es la purga de los pecadores, sólo los puros de corazón y pensamiento sobrevivirán a ella.

Abandonad el pecado y abrazad a Cristo, sólo así encontraréis la salvación. ..».

¿Acaso no eran puros los bebés?, ¿los niños?

¿Por qué, entonces, Dios se los llevaba?

Aquella plaga se había llevado a gente de toda índole y condición.

Grandes cargos gubernamentales habían sucumbido a ella, altos dignatarios del clero también.

Entonces, ¿quién era puro? No, la muerte no era justa, era implacable y cruel.

Porque, si hubiera sido piadosa, me habría llevado con ellos, con mi familia, pues, vivos o muertos, siempre lo serían y con ellos deseaba estar.

En aquel regular balanceo me dormí entre lágrimas con un singular rostro agitando mis sueños: el de un pájaro.

★ ★ ★

Habían pasado algunos meses desde que había pasado a formar parte de aquella nueva familia.

Y, contra todo pronóstico, mi vida había adquirido cierta normalidad.

La sensación de orfandad no desaparecía, pero el solaz había conseguido formar una costra sobre la herida lo suficientemente resistente para soportar respirar sin que doliera tanto.

Ese día cumplía los doce años y, justo en esa fecha, mi cuerpo propició un nuevo giro en mi apacible vida.

El hombre que me había recogido en su hogar era Fabrizio Rizzoli, comerciante y amigo de mi padre, al que había acudido cuando supo que moriría, enviándole una misiva. Él también había enviudado quedando a cargo de sus tres hijos, Marco, Caterina y Lanzo.

Marco tenía dieciséis años, era apuesto y bravucón, grande y fornido para su edad, pero egoísta y sibilino cuando no conseguía lo que quería.

Luego estaba Caterina, de quince, bonita pero caprichosa, no solía prestarme mucha atención y, cuando lo hacía, era para desdeñarme o reprenderme por cualquier cosa.

Por último estaba Lanzo, dos años mayor que yo, apocado y reservado en sus opiniones.

Solía transigir y evitaba las confrontaciones, con lo que se sometía al abuso continuo de su hermano mayor.

Siempre tenía la nariz enterrada en algún libro, era desgarbado y enjuto, nada destacaba en su delgado rostro, a excepción de unos luminosos y vivaces ojos azules.

Casi siempre tenía el pelo negro sobre la cara, caminaba encorvado y su mayor afición era pasar desapercibido.

No obstante, yo encontraba tanta paz a su lado que solía buscarlo y permanecía junto a él en silencio, mientras él mordisqueaba una manzana y leía voluminosos tomos con suma atención.

Al principio, sólo me dejaba compartir sus silencios, pero con el paso de las semanas comenzó a hablarme.

Pasábamos prácticamente todo el día juntos, a pesar del ceño de Marco y de las bromas de Caterina, pero a ninguno de los dos nos importaba.

Solía embeberme de su semblante concentrado cuando dibujaba, de su conversación apasionada y de sus dulces gestos.

Empecé a adorar la sonrisa del muchacho y a buscarla con mis chanzas.

No solía prodigarla mucho, y obtenerla era para mí una victoria que saboreaba gustosa.

Por las mañanas recorríamos las callejuelas imaginando mil aventuras, o simplemente nos asomábamos a los puentes y contábamos historias inventadas sobre las personas que pasaban bajo nosotros.

Nuestras conjeturas a veces eran tan absurdas que acabábamos entre risas.

Lanzo solía maravillarse de mi inventiva, y yo, por captar toda su atención, añadía a la historia toda clase de ingredientes fantasiosos.

Por las tardes nos sumergíamos en juegos de mesa o leíamos juntos alguna novela caballeresca.

Esos momentos tumbados en la alfombra de la sala principal junto al fuego del hogar eran mágicos y solían llevarnos a mundos lejanos, enfrascándonos en vehementes conversaciones sobre los protagonistas.

Lanzo, siempre tan cabal y pragmático, se dejaba llevar por mi chispeante imaginación y fantaseaba animado.

Admiraba su sagaz inteligencia, su amplio conocimiento de las cosas y esa aura de serenidad que siempre irradiaba. A su lado me sentía realmente en casa.