Mentiras (Inesperado 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

NICK

E l alcohol arde en mis entrañas, abrasando todo aquello por donde pasa.

Siento una sensación reconfortante, un calor ferviente que me inunda.

Es difícil de explicar, pero me hace sentir bien.

Los camareros nos sirven una copa tras otra entre sonrisas y, a cambio Viktor, paga cada una de las consumiciones como si el dinero no le importara nada.

Hace un tiempo que Tyler y Elle se retiraron a la habitación, y que todos hemos vuelto a unirnos en un círculo.

A veces pillo a April mirándome de reojo, supongo que le debo una explicación, se la merece, no la he tratado bien, pero es demasiado duro admitir que estás perdido y que estás luchando por encontrarte.

Sé que el día que Troy picó mi puerta, mis pies dieron por fin con una salida, pero aún es complicado hacer como si nada de eso hubiera ocurrido.

Hoy estoy feliz, estamos vivos, y mañana habremos vuelto a casa.

Sin embargo, las cosas han cambiado, ya no soy el mismo.

Lo primero que debo hacer es encontrarme a mí y estoy seguro de que celebrar la última noche del año con tus mejores amigos es un gran comienzo.

Levanto el — ¿décimo? — vaso de chupito de vodka con los ojos brillantes y una sonrisa de oreja a oreja. Pero mientras brindamos, un recuerdo me borra la felicidad por un efímero instante.

Caminaba con desgana por las calles, cruzándome con personas qué, alegres, continuaban su camino sin tan siquiera mirarme. «A veces, me siento invisible en este mundo.»

Las horas pasaron y no tardé en darme cuenta de lo que eso significaba.

Tenía que volver a casa, aquella oscura y solitaria casa.

«Puede que algún día me acostumbre a vivir allí, aunque no sé si realmente quiero que llegue ese momento, eso significaría que me he acostumbrado a una vida que no me pertenece. »

Mi mano derecha ya se había colado en el bolsillo de mi pantalón en busca de las llaves cuando mis ojos vislumbraron el cartel de un bar con letras en inglés. Mi mente caviló acerca de la próxima acción. «Quizás no sea buena idea que entre, puede que haya alguien peligroso…»

Miles de situaciones apoteósicas rellenaron mi cabeza traumatizada por el secuestro, pero después de unos segundos, un ápice de valentía se apoderó de mí y accedí con cautela en aquel lugar.

Hablé con el hombre tras la barra y le pedí una cerveza.

Me daba igual cuál, solo quería que fuese americana, que me recordase a mi hogar.

El señor me trajo una Spencer y me preguntó cómo me llamaba y qué me había traído hasta ese lugar tan inhóspito de la tierra.

Mentí, cada una de las palabras que salieron de mi boca eran producto de mi imaginación, «¿desde cuándo he aprendido a mentir tan bien?

», me pregunté una vez que Russell —así es como se llamaba el camarero— comenzó a hablar.

Él me contó la razón que le trajo hasta allí y yo le escuché como si me importara.

Sin embargo, entre historia e historia, su grave voz acabó engatusándome y haciéndome sentir qué necesitaba saber más.

Durante la conversación me reí tanto que un dolor de estómago empezó a aflorar y las cervezas comenzaron a aparecer una tras otra mientras el sol iba escondiéndose.

Sabía que tenía que irme, que al día siguiente tendría que madrugar para trabajar, pero la verdad era que estaba tan a gusto que despegarme de ese taburete me parecía la misión más difícil a la que me había enfrentado ese mes y medio.

El reloj de la pared indicó las 10 pm y un cliente entró, de repente, en el bar.

Russell se disculpó ante mí y corrió a atender a un joven de ojos oscuros y tez pálida.

Di un pequeño sorbo y enfoqué mi vista hacia una pequeña televisión colgada en una de las paredes.

«Por fin una cadena en inglés.» La serie Castle apareció en la pantalla y me reí recordando lo mucho que disfrutaba viéndola con mis padres y Tyler todos los viernes después de cenar.

La emisión apenas duró unos minutos, pues esta se cortó para dar cobertura a otro suceso: un accidente aéreo.

Había ocurrido el 16 de agosto, hacía un par de días en el trayecto entre dos islas de Indonesia.

Vuelo 267 Trigana Air Services, 54 fallecidos, todos los pasajeros y tripulación.

¡Qué barbaridad, qué desgracia! El corazón me dio un vuelco al ver las imágenes, pero nada era comparado con lo que estaba a punto de ocurrir.

Una presentadora tomó el control de la cadena y un rótulo indicó que se encontraba en Norfolk, Virginia, mi ciudad.

Mis cejas se arquearon: «¿qué demonios tiene que ver Norfolk con ese accidente?

» y entonces, todo se quebró ante mí. Mis manos perdieron toda su fuerza y la cerveza cayó al suelo rompiéndose en mil pedazos.

Mis padres aparecieron en escena, suplicando que enviasen mi cuerpo y el de Tyler.

Entre sollozos, relataron que nosotros viajábamos en ese avión.

Se suponía que yo les había enviado un mensaje.

Después del campeonato todos recorreríamos las islas del sudeste asiático.

«Yo no envié ese mensaje, yo no lo hice, yo no iba en ese avión», titubeé en silencio una y otra vez.

Contemplé con los ojos anegados la televisión.

Estaban derrotados, parecía que llevaban días sin dormir.

Sus rostros lánguidos apenas podían aguantar las lágrimas y suplicaban que les informasen de lo que estaba ocurriendo.

La televisión se apagó en ese momento y Russell me preguntó si estaba bien.

Yo le miré con el rostro desencajado y le rogué que me dejase su teléfono móvil, afirmando que me había dejado el mío en casa.

Él aceptó sin preguntar y con las manos temblorosas lo cogí, saliendo fuera dispuesto a llamar a mis padres.

Sabía que no debía haberlo hecho, pero necesitaba que supiesen que estaba vivo.

Marqué el número de casa con cuidado, con miedo de que se rompiesen las teclas, y esperé expectante escuchar su voz.

Pero en cambio, una desconocida y robótica, me contestó pronunciado que ese teléfono no existía.

Probé con el móvil de mi padre y después con el de mi madre, pero nada, ninguno de ellos parecía cobrar sentido.

Me desquicié por segundos y sentí que la cabeza iba a explotarme, pero entonces un tono proveniente del móvil comenzó a sonar.

Di al botón, imprudente, sin recordar que había un gran porcentaje de posibilidades de que esa llamada fuese dirigida a Russell y no a mí.

Sin embargo, la voz de Caitlyn apareció al otro lado de la línea para recordarme lo que podía significar que me encontrasen:

—No puedes volver a jugártela, Nick, si te encuentran, te matarán. Pronto todos volveremos a casa.

El silencio reinó tras esa breve llamada así que decidí regresar al bar para devolverle el teléfono al dueño. Jamás volví a entrar a ese sitio de nuevo, ni a tratar de contactar con mis padres. Sombra ya había conseguido arrebatarme lo que más me importaba: mi libertad.

—¿Estás bien, Nick? —me pregunta Troy posando su mano sobre mi hombro.

—Sí, el chupito estaba fuerte… este especialmente —respondo sonriendo y haciendo como si no pasara nada.

«Durante esta noche, no hay tiempo para la tristeza ni la melancolía y por supuesto, el miedo no tendrá cabida» , me digo a mí mismo antes de comenzar a bailar. El resto me sigue sin dudarlo.

I Gotta Feeling de Black Eyed Peas rompe los esquemas del público, que eufóricos celebran la elección del DJ justo unos minutos antes de que el reloj marque las doce y nos despidamos por fin de este terrorífico 2015.

Las luces enfocan de un lado al otro, la barra se queda desierta ante la fascinación de toda la discoteca y la música estalla en el estribillo.

Troy y Viktor me rodean sin que pueda evitarlo y comienzan a saltar, obligándome a hacer lo mismo.

Mentiría si dijese que no estoy ante una de las mejores noches de mi vida.

Nos reímos a carcajadas, bailando descoordinados y cambiando la letra por frases estúpidas y pronto una pantalla empieza a descender en el medio de la sala provocando una gran incertidumbre entre la multitud.

Una cuenta atrás de diez segundos se refleja entonces y todos gritamos, como podemos, junto a mi gran amigo Vasily —el DJ— .

—¡Cinco… cuatro… tres… dos… uno! —exclamamos dejándonos las voces sin importar el mañana.

Nos abrazamos ansiosos por retomar la canción que ya hace un tiempo que ha vuelto a envolver el ambiente.

De repente, un chico con camisa blanca, pantalones negros y chaleco gris se acerca a nosotros con una bandeja y unas copas de Dios sabe qué , ofreciéndonos probar ese — literalmente — maravilloso manjar.

La mayoría de nosotros accedemos sin rechistar y nos lo bebemos de un trago, pero Caitlyn, April y Bette rehúyen de seguir bebiendo.

Según ellas, están cansadas y no tardarán en marcharse, han sido demasiadas emociones en pocas horas.

Y la verdad es que no les falta razón. Viktor y Anastasia asienten entendiendo su explicación y, contra todo pronóstico, también aclaran que ellos se irán pronto.

Necesitan estar descansados, en el aeropuerto deberán tener mil ojos, aún no hemos salido de este maldito país.

Troy y yo nos reímos ante su propuesta. Todavía estamos ebrios, a diferencia del resto, a quienes no parece haber afectado apenas el alcohol.

Queremos quedarnos más, ¡toda la noche si es posible!

Pero la realidad es que, sin ellos, la noche no tiene sentido, así que finalmente aceptamos y rezamos para que la última canción de la noche y realmente la primera del 2016, merezca la pena.

Cruzo los dedos y cierro los ojos atento a los primeros acordes de la nueva canción y un grito ahogado sale de la comisura de mis labios al escuchar Till the World Ends de Britney Spears.