Capítulo 18 #2
Tras unos minutos de privacidad, ambos se acercan de nuevo.
—Elle… —pronuncia mi nombre con un hilo de voz—. Mmm… ¿te gustaría…? Nada, déjalo, ahora vengo…
—¿El qué? —pregunto, cogiéndole del brazo y tirando de él para que me conteste.
—Es que… nada, es una tontería, de verdad… —exclama ruborizándose e intentando zafarse.
—Tyler, dime… —insisto, levantando una ceja y mostrando mi confusión.
—Es que Viktor me ha ayudado a… bueno, en fin, es una chorrada, no creo que sea el momento… acabamos de vernos, es precipitado, es…
— ¿Estás queriéndome decir que…?
—Tenía preparada una sorpresa, lo hablé con Viktor en la cena —me dice entonces, interrumpiéndome y encogiéndose de hombros—, pero, pensándolo mejor, creo que no es el momento, hemos estado alejados durante meses y no creo que… solo es que creía que sería bonito que…
—Vamos —pronuncio sonriendo.
—¿Qué?
—Vamos a la habitación, ¿no? Quiero ver esa sorpresa.
—¿Seguro qué quieres? —pregunta asegurándose.
—Sí, claro —respondo y le atraigo a mí para besarle tímidamente.
Nuestras manos se entrelazan y desaparecemos entre la multitud no sin antes habernos despedido de Viktor y Anastasia. «Ellos se encargarán de avisar al resto si es preciso.»
Aún se escucha la música al llegar al ascensor y cuando el silencio parece inundar el espacio reducido de este, nosotros nos encargamos de que no se haga notar, besándonos apasionadamente.
El pasillo parece eterno y efímero a la vez, pues no podemos evitar pararnos a cada paso para volver a juntar nuestros labios.
El alcohol ya se ha disipado prácticamente de nuestros cuerpos, aunque aún es posible sentirlo en la punta de nuestras lenguas.
Por fin llegamos a nuestra habitación. Frente a la puerta, resoplamos para después romper en una carcajada que intentamos hacer lo más silenciosa posible.
«Quizás aún quede algún esbozo de alcohol dentro de nosotros. »
Tyler abre la puerta y, con un gesto, me pide que espere en el salón durante unos minutos. «Así se cerciorará de que la sorpresa está preparada tal y como él esperaba.»
Ni siquiera me da tiempo a medir mis nervios pues unos segundos más tarde, vuelve tras sus pasos acercándome a él con una sonrisa amplia y los ojos brillantes.
—Ven —ruega ofreciéndome su mano.
Rozo sus dedos y un escalofrío entumece mi piel. Con ello, me deslizo junto a él hasta la habitación y al entrar, todo mi mundo se transporta a aquel instante.
Gracias a un proyector, todo el dormitorio parece recrear una constelación, las estrellas adornan el techo y simulan el cielo de la noche que pasamos en Tailandia.
Una televisión gigante refleja un mar en calma cuyo brillo es tan tenue, que solo las estrellas y la luna — una pequeña colocada en la mesilla — consiguen otorgarle luz.
También se escuchan las olas rompiendo en la orilla recreada por una alfombra del color de la arena y más suave, por suerte, que esta.
—¿Te gusta? —pregunta Tyler mirándome de reojo a la vez que observa su creación—. Esto ha sido muy precipitado, yo solamente pensé que sería bonito compartir un momento así, aquí, antes de pisar de nuevo nuestra casa.
—Gracias —le agradezco girándome hacia él y dándole un abrazo sentido—. Gracias por hacer esto y por todo.
—Y bueno… también quería poner esta canción —dice, sacando una especie de Ipod de uno de los muebles y dejando sonar Photograph —. Sé que esta es la canción con la que ibas a… —afirma tragando saliva y sin llegar a terminar la frase—, pero también sonaba cuando nos dimos nuestro primer beso.
Nuestros ojos se sumergen en los del otro, y sin necesidad de palabras, entendemos de inmediato lo que queremos decir.
Su mano derecha baila hasta mi flequillo, el cual pasa por detrás de mi oreja evitando así cualquier molestia posterior.
Después, con la otra mano, que lleva unos segundos colocada en mi cintura, me acerca a él.
Sin querer, un suspiro germina a horcajadas de mi boca y él sonríe antes de besarme.
Los centímetros que nos separaban se vuelven invisibles como si el tiempo nos oprimiese.
Nuestros labios se dejan llevar rápidamente y luego lento, haciéndonos recordar que no tenemos ninguna prisa.
Los besos suben de tono, nos sentimos acalorados, la ropa nos incordia.
Con delicadeza, comienzo a quitar su corbata y la dejo caer en el suelo.
Tras ella, llega el turno de los botones que desatamos juntos entre miradas cómplices y sonrisas inquietas.
Finalmente, Tyler se deshace de la camisa, dejando al descubierto sus cicatrices.
—Tyler, tu… —digo, preocupándome por él.
—No pasa nada, todos hemos sufrido estos meses, disfrutemos esta noche, por favor —susurra sin dejarme hablar y volviendo a unir nuestros labios.
Ambos aprovechamos para quitarnos los zapatos que abrigan nuestros pies, y después, él me gira para bajar la cremallera del mono. Noto sus dedos acariciando mi espalda y pronto son sus labios los que embriagan mi cuerpo. Besos lentos que recorren mi piel, que forman escalofríos removiendo mi ser.
La ropa resbala hasta alcanzar la falsa arena y así me quedo completamente desnuda en cuerpo y alma; aunque verdaderamente ya han pasado unos meses desde que él desnudó mi alma.
Vuelvo a girarme dispuesta a coincidir con esos ojos azules como el mar y nuestras miradas se desvanecen nostálgicas, como si tan solo fuésemos a vivir este momento una vez.
De fondo, simplemente se escucha la música y nuestro respirar agitado por la excitación.
Él posa, entonces, su pulgar sobre mis labios como preludio de un beso inolvidable.
Con suavidad, me lanza a la cama y termina de quitarse la ropa que aun cubre su cuerpo.
Mis ojos le contemplan con fascinación olvidando las marcas que se agolpan en él y una sonrisa tímida deslinda que la ferviente felicidad crece en nuestro interior. A cada segundo, a cada roce.
La canción está llegando a los últimos acordes cuando Tyler se coloca encima de mí y comienza a besarme el cuello acariciando, a la vez, el resto de mi cuerpo.
Toda mi piel se eriza formando olas incontrolables que transforman todo a mi alrededor.
Mi voz, muda hasta el momento, titubea, soltando de manera inevitable pequeños hilos de placer que rompen el silencio que ha dejado la ausencia momentánea de armonía.
Pero pronto, el susurro de una nueva melodía vuelve a inundar la habitación, otra canción de Ed Sheeran, esta vez, Tenerife Sea se convierte en la banda sonora de nuestro romance.
Tyler se detiene y me mira fijamente sin saber qué hacer:
—Esta canción… ¿te parece bien? ¿Quieres que la quite? —pregunta mientras se intenta levantar.
—Tranquilo —digo, tirando levemente de su brazo para devolverle a la posición anterior—, esta canción es perfecta.
Sonreímos al mismo tiempo que nuestros ojos brillan, ellos hablan por nosotros.
Le agarro de la nuca arrastrándolo hacia mí de nuevo, «quiero volver a sentirle a centímetros de mí».
Los minutos pasan tan rápidos que parecen segundos y justo cuando todo parece que va a empezar, Tyler se acerca a la mesilla para coger un preservativo y pronuncia más cerca que nunca un:
—¿Estás lista? —Roza mi rostro con su dedo índice y yo le contesto besándole y mordiéndole pícaramente el labio inferior.
Las canciones van cambiando de ritmo como nuestra respiración que, a duras penas, lucha por mantenerse constante y nuestro corazón, que palpita veloz e imparable.
Nuestros cuerpos unidos se convierten en uno mientras nuestras manos entrelazadas suspiran por el exceso de placer.
Todo termina entre sonidos de alegría y miradas que, confidentes, derrochan una euforia difícil de explicar.
Las palabras no tienen cabida entre las caricias y los besos efímeros.
A veces tan solo los actos son capaces de dilucidar el sentido de la vida.
La paz se transmite en el ambiente y viaja a lo largo de la suite hasta que un golpe en la puerta rompe la tranquilidad del momento:
—¡Parejita! ¡Feliz año nuevo! —grita ruidoso un Nick borracho tras la puerta principal y nosotros, que aun continuamos en la cama sin movernos, no podemos evitar reír a carcajadas y pensar que realmente tiene razón:
Esta es la mejor manera de haber empezado un nuevo año.