Mentiras (Inesperado 2) Capítulo 18
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Capítulo 18

TYLER

—¿ Q ué demonios acabas de hacer, Elle? —pregunto consternado.

—Es… es… es lo que tenía que hacer —sostiene ella mientras sus labios tiritan desenfrenados.

—Tenemos que irnos —sentencia entonces mi madre con una mirada imperturbable que apenas se ha dirigido a los cadáveres que se encuentran ante nuestros pies.

Los tres salimos del Teatro, tratando de huir de la escena del crimen, y obviando que hace solo unos segundos había cinco personas con vida.

Elle disparó jugándoselo todo y acertó en ambas ocasiones.

Las balas corrieron veloces, saliendo del gran auditorio e instalándose en la cabeza de los guardias que me golpeaban insaciablemente una y otra vez haciéndome recordar que todavía no he salido de la cárcel.

Todo se paralizó. También para nosotros.

Pronto, los espectadores saldrán de la función y se encontrarán con un río de sangre que les conducirá de lleno hasta la salida y ahí, para nuestra desgracia, empezarán las preguntas.

Agarro con delicadeza a Elle, que abrumada, carece de fuerza para seguir el camino sin mirar hacia atrás y de un momento a otro, mis ojos divisan a alguien conocido dentro de una plaza vacía y perturbada por los gorjeos de las palomas que se amontonan en el cielo.

—¿Viktor? —Cuanto más camino, más veo—. ¿Troy?

—¿Habéis sido vosotros los del disparo? ¿Estáis todos bien? —exclama Troy acelerado.

—Estamos todos bien, pero necesitamos encontrar un sitio en el que refugiarnos —afirma mi madre sin un ápice de sentimientos en el rostro.

— Sombra está muerto —afirma Troy con una especie de sonrisa. «¿Cómo lo saben?» , me pregunto, aunque los motivos realmente me den igual.

—Pero la mafia no —aclara el ruso—. No estaremos a salvo hasta que no hayamos salido de la ciudad —añade, mirando el reloj—.

Es la hora, tenemos que irnos ya, —Todos le miramos inmóviles—.

vamos, no hay tiempo que perder, tenemos cinco minutos hasta llegar al sitio en el que nos recogerán, no podemos llamar más la atención.

—Pero tenemos el coche ahí… —comenta Troy señalando un Renault blanco.

—Le dije a ese hombre que su coche aparecería aquí, le di mi palabra y no pienso echarme atrás.

En silencio, seguimos a Viktor presurosos por llegar sea donde sea.

Las sirenas de las ambulancias y la policía se escuchan en la distancia y cuando por fin recuperamos el aliento y predecimos que hemos alcanzado nuestro destino, el ruido de nuestro alrededor vuelve a descansar en los sonidos más cotidianos de la ciudad.

Los copos de nieve vuelven a caer con desgana y a cubrir la calle con su frialdad, los semáforos vuelven a sonar en el instante en el que el color verde alumbra el paso de cebra y los peatones se mantienen ajenos a la realidad que está ocurriendo a solo un par de manzanas de aquí.

«¿Cómo es posible que no nos enteremos de las cosas que pasan tan cerca de nosotros? ¿Cómo es posible que vivamos en una completa burbuja?»

Frente a nosotros, los faros de una Volkswagen Caravelle negra vibran con la incertitud del momento, pero antes de que las palabras puedan brotar de nuestras bocas, la puerta trasera se abre y tras ella, una Caitlyn devastada corre acercándose a su hermana.

Elle me suelta abruptamente y camina hacia ella cansada como si cada paso que diera pesara más que el anterior y entonces, cuando los centímetros que las separan se vuelven invisibles, ambas rompen a llorar, mientras se abrazan.

La mayor rodea a la pequeña entre sus brazos y acaricia su cabeza, al mismo tiempo que la susurra que todo ha pasado, que todo ha terminado por fin.

El paso del tiempo se convierte en una ilusión durante su reencuentro, pero al separarse, el mundo entero vuelve a resquebrajarse y los cimientos comienzan a tambalearse, oprimiendo nuestros cuerpos y ahogándonos cada vez más.

—Montaos en el coche, debemos irnos ya —exclama una chica de pelo blanco y largo desde la ventanilla del asiento del piloto.

—Vamos, hacedle caso —pronuncia Viktor con una amplia sonrisa y los ojos cristalizados—. Ella es Anastasia, mi hermana.

Mi mente recuerda las historias que Viktor me contó cuando las cuatro paredes de la celda de aislamiento eran nuestra casa y las salidas nocturnas al patio el mayor de los regalos.

Es inevitable sentir un cosquilleo dentro de mí viéndolos de nuevo juntos.

Viktor se merecía esto, se merecía volver a verla.

Después de los primeros saludos, yo soy el primero que da el paso de entrar en la furgoneta y tras de mí, se van uniendo los que quedan.

Elle y April se abrazan nostálgicas y las lágrimas de la primera no tardan en volver a resurgir.

Tiene los nervios a flor de piel por lo que acaba de suceder y reencontrarse con sus seres queridos solamente acrecienta esos sentimientos.

Dentro, Nick hace una especie de mueca sonriente, dirigiendo su mirada hacia atrás y comprobando que estamos bien. Y así, Viktor cierra la puerta del copiloto, haciendo que su hermana arranque el coche para llevarnos a nuestro nuevo destino.

—¿Dónde vamos? —se adelanta a preguntar mi mejor amigo, que levanta su ceja derecha a la vez que observa la ciudad a través de la ventanilla.

—Vamos al Hotel Radisson Collection —informa Anastasia.

—¿Estás de broma, Nastya? Podemos hacer que maten a León, no podemos meterle en esto —interrumpe su hermano con el ceño fruncido y alzando el tono.

—León haría cualquier cosa por nosotros y eso es lo que necesitamos ahora mismo, cualquier cosa —replica ella sin un ápice de nervios en su rostro—.

No le pasará nada, no nos van a encontrar, jamás pensarían que estamos ahí, y si lo hacen, sabes que él lo sabrá y nos avisará antes de tiempo.

Es el lugar más seguro para nosotros y el más cercano al aeropuerto.

No nos hemos visto en otra mejor, Viktor.

—Está bien.

La discusión entre los hermanos se apacigua y cada uno de nosotros vuelve a perderse en la inmensidad de sus pensamientos.

Nick y April se han sentado tras los asientos del piloto y el copiloto; detrás, Caitlyn y mi madre hablan mediante susurros, y Troy, Elle y yo permanecemos al fondo, distantes y derrotados.

Troy observa el paisaje, cuyo protagonista principal no tarda en ser el Río Moscova.

Las luces se clavan en él intermitentes y la blanca nieve se amontona en las pequeñas placas de hielo que las máquinas no han conseguido destruir.

Por un instante, yo también me quedo embobado ante tal espectáculo, pero la voz dulce de Elle me despierta del trance y me devuelve a la penumbra de la realidad.

—No sabía que ella era tu madre, no sabía que… —musita con los ojos apagados—. yo no quería hacerlo, él me amenazó con matar a Caitlyn…

—No lo has hecho y eso es lo único que importa —admito tratando de calmar sus demonios—, en menos de 24 horas habremos salido de aquí y volveremos a casa —continúo, deslizando mi brazo derecho por su espalda hasta poder abrazarla bien y, a continuación, beso su cabeza con suavidad—. Pronto esta pesadilla habrá terminado.

—Gracias —agradece ella, esbozando una tímida sonrisa—, han pasado seis meses y sigues transmitiendo la misma calma que en Tailandia, pero tu mirada no es la misma, ¿qué te han hecho, Tyler?

—Te contaré todo cuando lleguemos al hotel —contesto después de tragar saliva. Demasiada información como para contarla en una furgoneta con ocho personas más.

—Está bien. —Asiente rozando mi mano y apoyando su cabeza en mi hombro.

El trayecto transcurre lento, las calles se antojan todas iguales y la intranquilidad se apodera de mí más veces de las que debería, pero veinte minutos más tarde, y tras atravesar un puente que nos separa del centro, un gran edificio se alza ante nosotros.

Las letras “Radisson Collection Hotel Moscow” brillan con firmeza y una alfombra roja cubre la entrada.

Es una auténtica obra arquitectónica, un palacio del siglo XX, un lugar que nunca hubiese imaginado pisar.

—Hemos llegado, chicos —advierte Viktor, bajándose de la furgoneta y poniéndose la capucha, pretendiendo evitar que las cámaras capten su rostro.

Anastasia baja con él y nos abre las puertas, enseñándonos el sitio en el que pasaremos nuestras últimas horas en el país. Resoplo al poner un pie sobre el suelo y miro al cielo, suplicando una noche tranquila.

El grupo entero avanza tras Kozlovski y una sensación insensata entumece mi piel, «¿será esta la última vez que caminemos todos juntos?

» Niego con la cabeza, tratando de borrar el pensamiento intrusivo de mi mente y dirijo mi vista al ruso, cuyo rostro cambia completamente al entrar al hotel.

Un hombre de pelo canoso y expresión fría corre hacia él desesperado:

—Estoy bien, León, estoy bien —le interrumpe Viktor antes de que pueda hablar—, ahora no tengo mucho tiempo, necesito habitaciones para nueve personas, sé que es un día importante, pero estoy seguro de que algo os quedará. Es cuestión de vida o muerte.

—Por ti lo que sea, hijo —dice, poniendo una mano sobre su hombro y asintiendo con compasión—. Dame un segundo.

El hombre corre hacia la recepción y yo aprovecho para acercarme a mi amigo y eliminar todas las dudas que corren por mi cabeza.

Tengo una sensación horrible que no consigo quitarme de encima, puede que sea intuición o solo ansiedad, pero necesito deshacerme de esta espina que cada vez se clava más dentro de mí.

—Viktor, ¿crees que es de fiar?

—Joder, Tyler, ¿crees que te traería aquí si no lo fuera? ¿Crees que traería a mi hermana? —Niego con la cabeza—. Nos conoce desde que éramos pequeños, este es el lugar más seguro de todo Moscú.

Nuestra conversación se detiene con la llegada de ese tal León, que nos entrega unas llaves y nos desea suerte, según él, de corazón.

«Ahora mismo no sé a quién creer, mi cabeza está alerta desde el primer día en el que entré en esa maldita cárcel y lo seguirá estando hasta que vea Norfolk de nuevo. »