Capítulo 13 #3
Dispuesta a conseguir respuestas , la lanzo sin preocuparme por las represalias y obtengo un silencio abrumador y una puerta cerrándose con violencia.
No vuelvo a abrir la boca derrotada hasta que un pitido ensordecedor retumba en la sala y abre las esposas que apretaban mis muñecas.
Las muevo en círculos recuperando la movilidad que antes me había sido arrebatada y, luego, me abalanzo con soltura sobre la pizza deseosa por meterme un trozo en la boca.
Con el primer bocado, siento la piña recorriendo mi lengua y es entonces cuando mi cabeza me transporta al día en el que Tyler y yo disfrutamos de una cena en la playa y mi primer amanecer.
—¿Crees en el destino?
El tiempo se detuvo y, dispuesta a contestar esa pregunta que tantas cosas me hacía sentir, tomé una gran bocanada de aire.
—Quiero pensar que sí, pero en realidad nada está escrito.
Nosotros decidimos nuestro camino, no depende de nadie más.
Solo de nosotros. A veces me asusta pensar en que todo lo que nos sucede es por nuestras decisiones…
ya sabes, que nosotros podemos cambiar lo que nos pasa.
Puede que solamente importe la actitud con la que te tomes la vida, pero el hecho de tener un cierto control me da mucho miedo…
supongo que es demasiada responsabilidad —subrayé, revelando un irreconocible secreto.
—La vida no nos da nada que no podamos soportar.
—No… no creo eso… las personas somos débiles… todos nos enfrentamos a momentos de debilidad.
—Puede, pero somos nosotros los que ponemos encima de la mesa el factor determinante.
Todo depende de cómo quieras actuar, de lo que quieras hacer para mejorar esa situación que te ha tocado vivir sin previo aviso.
Al final, estar donde estás siempre será la consecuencia de tus decisiones y actos. Tuyas, de nadie más.
Puede que Tyler tuviese razón en aquel momento, pero ¿hasta qué punto hemos decidido nosotros acabar aquí, en Rusia, yo secuestrada y él en una cárcel?
Esto no ha formado parte de nuestras decisiones y, sin embargo, nos ha roto por completo.
¿Quién fue quien tomó la decisión que nos ha llevado hasta aquí? ¿Fue Caitlyn acaso?
—Estaba buena la pizza, eh. Aún recuerdo el momento en el que Tyler la probó, ¡qué tiernos!
Su voz risueña se cuela entre los altavoces y me hace estremecer, provocando que un sudor frío se deslice por mi cuello. Mi estómago se encoge y aparto con descaro la pizza.
«Ese hijo de puta tenía todo controlado, nos ha vigilado en Tailandia, siempre ha estado ahí, incluso en los momentos más íntimos.
¡Joder, ningún momento nos ha pertenecido solo a nosotros!
Nunca he estado sola, ni segura, el peligro me acechaba y no tenía ni idea.
Dios, siento asco, me repugna esto. ¿Por qué sabe todo sobre nosotros?
¿Cómo demonios ha sabido dónde estábamos? ¿Cómo nos ha encontrado?»
—¿Quién eres? —grito desbordada por la ira—. ¿Quién eres?
—Vuelve a poner las manos sobre los reposabrazos —ordena serio.
—No.
—Vuelve a poner las manos sobre los reposabrazos —vuelve a repetir, esta vez alzando más la voz.
—No.
—Muy bien.
En la pantalla se produce un destello insoportable que me obliga a cerrar los ojos. Aprieto la mandíbula con fuerza intentando disipar el dolor y, en un instante, todo alrededor de mí se rompe.
A lo lejos, oigo un aullido procedente de una voz conocida.
Con el corazón redoblando sus latidos, abro los ojos rezando por equivocarme, pero desgraciadamente, no lo hago.
Un nuevo vídeo aparece frente a mí. Esta vez es Caitlyn quien lo encabeza, atada de pies y manos y gritando sin parar.
Está alterada, sus ojos inyectados en sangre están clavados en la cámara, a la que mira suplicando que no me haga daño.
En ese momento, nuestro secuestrador entra en la habitación sujetando un arma.
Allí, la apunta con suma frialdad y, después, se gira prepotente para disparar a la cámara.
Un grito ahogado surge a orillas de mis labios, las lágrimas se desbordan por mi rostro. El clip se corta, de repente, y el desconocido vuelve a tomar el control del micrófono.
—Vuelve a poner las manos sobre los reposabrazos o el siguiente disparo irá directo a la cabeza de tu hermana —exclama una vez más con una parsimonia propia de un psicópata.
Envuelta en un manto de miedo y ansiedad, hago lo que me ordena sin miramientos. «No quiero poner en peligro a Caitlyn con ninguna tontería.» Las esposas encierran mis muñecas de manera casi inmediata y con el temor aún en la punta de mis dedos, trato de guardar la calma.
—¿Qué quieres de nosotras? —pregunto aclarando mi garganta que, incontrolada, apenas es capaz de crear un suave hilo de voz que no tiemble con cada sílaba.
Unas fotografías aparecen en el croma. Sin duda, el factor común de todas ellas es una mujer de ojos azules y pelo oscuro y corto. Me resulta familiar, eso es un hecho, pero los nervios me impiden averiguar donde la he visto antes o si tan solo es producto de mi imaginación.
—Si quieres volver a ver a tu Lyn tendrás que matar a esta mujer, su nombre es Bette —responde con cierta picardía. «No me puedo creer lo que está pasando.»
—Necesito ver a mi hermana, necesito ver que está viva —clamo con desprecio y, momentáneamente, siento ganas de vomitar, «¿estoy segura de lo que estoy a punto de hacer?»
La voz de Caitlyn retumba en las cuatro paredes:
—¡Estoy viva, Elle! Pero no puedes hacerlo, ¡ella es…! —ruega hasta que es interrumpida por un fuerte tortazo que quiebra su voz y ennegrece su conciencia.
—¡Para! ¡Lo haré, mataré a esa mujer, lo haré! —declaro rompiendo mis propios esquemas.