Capítulo 12
TROY
Tyler y yo corríamos por mi casa jugando a ser espías.
Ambos estábamos en el mismo equipo, — como siempre debimos estarlo — y huíamos con ansia pues en nuestro mundo paralelo un malicioso asesino quería arrebatarnos la vida.
Llevábamos con nosotros pistolas Nerf y, a pesar de las advertencias de mis padres sobre la peligrosidad de saltar de tres en tres las escaleras, acabábamos haciéndolo, al fin y al cabo, nos enfrentábamos a un gran peligro.
En nuestro juego perfecto había un fallo, que al principio nos pareció insignificante, pero luego lo significó todo. Nuestra vida cambió radicalmente.
Mi padre tenía el día libre y nos iba a llevar a un parque de atracciones, uno “muy grande y espectacular”, según él.
Sin embargo, una vez más, su trabajo se interponía en sus planes familiares y se veía obligado a cancelarlo para salir veloz hacia la sede, donde unos magnates —creo recordar que esta vez eran británicos— le esperaban con expectación.
Y ahí nos quedábamos otra vez, Tyler y yo, solos en casa, y la verdad es que en ese momento tampoco nos pareció tan malo.
Mi madre, por otra parte, no iba a estar en todo el fin de semana.
Debía impartir “clases de baile” en Virginia capital, un intensivo nos hizo creer ella.
En conclusión, la casa nos pertenecía, Brenda tenía el día libre, y mi padre volvería a la hora de la cena.
Si queríamos merendar teníamos palomitas y batidos de chocolate.
Era un plan maravilloso sin fisuras. Solo había un problema, resultó que no estábamos tan solos como creíamos.
En cuestión de horas, y después de habernos comido todas las chuches que entraban en nuestro estómago y ver una película de superhéroes, nos decidimos por echar una partida a nuestro juego favorito: espías.
La adrenalina corría veloz dentro de nosotros mientras sosteníamos esas pistolas y jugábamos a disparar a todo lo que pudiese ser una amenaza —por supuesto, todo era parte de nuestra imaginación—, pero la amenaza real no tardó en llegar al escuchar la puerta principal abrirse y escuchar risas, que posteriormente se convirtieron en besos sonoros y jadeos irritantes.
Recuerdo sentir miedo al oír que alguien entraba, luego ira al ser consciente de que aquellas voces me eran demasiado familiares, y después impotencia, al ver sus reflejos y más tarde sus caras, que nos contemplaban perplejas al mismo tiempo que repetían una y otra vez que nosotros no debíamos estar en casa y que lo sentían mucho.
Me encerré en la habitación, aquella que tanto me costó encontrar a causa de las lágrimas que salían desatadas de mis ojos y me impedían ver con claridad.
Tyler y su padre se fueron sin avisar, y entonces me quedé a solas con ella.
No la quise ver, ni tan siquiera escuchar, sin darme cuenta de que sería la última oportunidad que tendría de sentirla tan cerca. Un día más tarde se fue.
—Ha pasado mucho tiempo desde que os vi por última vez, habéis crecido muchísimo —pronuncia ella sin apartar la mirada de la carretera.
Nick, lívido como la luna, permanece callado.
De hecho, es incapaz incluso de ponerse el cinturón así que, intentando ayudar, asiento mientras se lo ato.
Luego, le sonrío, tratando aparentar normalidad, a expensas de que mi mente lucha por no quedarse paralizada.
Es como ver un fantasma, un fantasma que llevaba muerto mucho tiempo.
—¿Qué tal tus padres, Nick? —dice carraspeando y formando una leve sonrisa en la comisura de sus labios.
—Hace… hace… ¿podríamos parar? —titubea con dificultad el rubio—. Necesito que me dé un poco el aire.
—Aún es demasiado pronto para parar, la policía podría estar cerca —exclama concisa sin dubitaciones.
—De verdad que necesito que me dé el aire —enfatiza a duras penas.
El rubio lucha por mantener la calma. Su pecho se alza abrupto para después desinflarse casi al momento formando vaivenes que constantes anuncian un mensaje claro. Sé lo que pasa por su cabeza, está a punto de explotar.
Ella, sin embargo, no se inmuta, contempla la carretera absorta en sus pensamientos. Su indiferencia me preocupa, es Nick, le conoce desde que era un enano, ¿por qué no trata de ayudarle?
—Bette, Nick necesita respirar —le suplico, agarrando con suavidad las manos de mi amigo para que sea consciente de que estoy con él.
Ella, con una frialdad casi irreconocible, toma una decisión, bajar la ventanilla trasera del lado izquierdo.
El viento no tarda en hacerse presente en el pequeño vehículo, pero, la paciencia del rubio es tan inestable como su puntería jugando a los dardos —de verdad que es malísimo en ese juego—, así que rápidamente rompe desenfrenado el silencio que nos atormenta a cada una de las personas que nos encontramos en el coche:
—¿No vamos a hablar de que acaba de morir una persona delante de nosotros y que hemos huido, literalmente, de la policía? ¡Es que es acojonante! Y me supongo que tampoco vamos a hablar de que has aparecido de entre los muertos sin previo aviso.
—¿Acaso no fuiste tú mismo quién descifró las notas que envíe a Tyler? —pronuncia ella frenando suavemente el coche hasta detenerse y desbloquear las puertas para que Nick salga por fin a tomar el aire.
La nieve arrugaba mi piel, y me hacía tiritar con crudeza.
Eran navidades y a pesar de la desaparición de mi madre, los adornos no faltaban en la casa pues Brenda se había ocupado de ponerlos del mismo modo que solía hacerlo ella.
Mi padre no estaba en casa, como de costumbre, así que jugar con un balón que se hundía en los copos parecía lo mejor para un niño que luchaba por hacer frente aquel día tan deprimente como todos los demás.
Sobre todo, después de haber perdido la relación con mi mejor amigo.
Nada iba a ser diferente esa noche, o puede que sí y mi padre se dignase a hablar conmigo y mostrarme su apoyo de una maldita vez.
Pero finalmente, no lo hizo. Ni siquiera cuando Papá Noel llegó a casa él estaba presente para darme una triste palmadita en la espalda.
Supongo que una vez más fue Brenda quien se comportó como una progenitora de verdad y se preocupó por colocar bajo aquel árbol grande y frondoso un detalle que recordaría toda mi vida: El Principito de Antoine Saint-Exupéry.
Aquel libro me acompañaría tantos años, que casi formó parte de mí.
Pero el caso era que mi padre seguía sin dirigirme la palabra y es que no lo había hecho desde el fatídico día en el que mi madre se fue y huyó dejándome con el panorama de haber sido yo el testigo de la peor decisión de su vida.
Eso es lo que escribió en su carta de despedida, en la que cavó mi tumba y se deshizo de todo el cariño e interés paternal que él podía haber tenido conmigo.
Lamentablemente, en aquel papel escrito por la tinta del averno también aparecía la realidad de mi ascendencia, algo que no descubrí hasta años después cuando mi padre me lo gritó como forma de castigo.
Así era él, siempre dispuesto a castigarme. Aunque al menos, nunca me echó de casa.
Y llegó el 26 de diciembre. Recuerdo levantarme como de costumbre y desayunar mientras veía dibujos animados.
Todo era normal hasta que vi a mi padre en casa, parecía alterado.
Sentado en el salón, observaba la televisión paralizado y murmurando cosas sin sentido.
Yo, masticando aún los cereales y con un oso de peluche que me acompañaba todas las noches, me acerqué a él y le pregunté: «¿Estás bien?
». Su mirada se volvió hacía mí, sus ojos clarificados enfriaron mi alma y supe en ese momento, que ese sería el único momento en el que vería a mi padre mostrar un poco de piedad y emoción.
—Ha habido un tsunami en Tailandia y varios países del sudeste asiático, ha habido muchas familias que lo han perdido todo, no sabemos lo afortunados que somos… —dijo con la voz entrecortada y los brazos abiertos buscando que yo ocupara ese espacio.
Sus palabras apenas tenían sentido para mí, pero cuando me posé sobre el sofá y las imágenes rodaron a través de mis ojos, me di cuenta de lo que había sucedido y la impotencia que daba ver todas aquellas vidas truncadas y sacudidas por una gran ola.
Aquellos vídeos y fotografías se agolparon en mi memoria durante la noche en la que soñé repetidas veces que esa ola también me atrapaba a mí y me devoraba sin pudor.
Unos días después, esa ola apareció de nuevo frente a mí, amenazante, a punto de escupirme toda su cólera.
Una de aquellas familias cuyas vidas jamás volverían a ser iguales era la de Tyler.
—Bette y Clive Black continúan desaparecidos —escuché a Brenda contándoselo a mi padre—. El funeral es hoy a las 4 pm en la Iglesia Católica de la Santísima Trinidad, ya han tirado la toalla.
—No estoy interesado en ir ni nadie de esta casa —contestó él sin apartar la vista de los documentos que tenía ante él.
—Creí que su hijo era el mejor amigo de Troy.
—Era, Brenda, ya no lo es y no me interrumpas más, por favor, estoy atareado —recriminó mi padre con una tranquilidad inusual.