Mentiras (Inesperado 2) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Las horas pasaron entonces rápidas, mi cabeza de niño era incapaz de aceptar que los padres de Tyler hubieran muerto, imposible.

Era algo surrealista, tan alejado de la realidad que no podía ser verdad.

Al principio quise negarlo, mi enfado aún estaba presente y mi odio hacia la relación que habían mantenido Clive y mi madre todavía era demasiado profundo y cercano, pero era Tyler, no podía dejarlo tirado, a él no.

A pesar de todo, necesitaba mi ayuda. Y así fue, tras comer, y una vez que mi padre se había retirado a su despacho para seguir trabajando, hui a mi habitación.

Allí me vestí con torpeza pues nadie te enseña a prepararte para algo así, y después de un rato, lo conseguí.

Salí con sigilo de mi cuarto y a duras penas alcancé la puerta que suponía haber logrado mi objetivo, pero entonces alguien tocó mi hombro.

Tenía nueve años, un moquillo que intentaba largarse de su casa sin ser descubierto.

¿Realmente estaba loco por creer que podría conseguirlo o simplemente tenía esa inocencia característica de los críos que me hacía pensar que no habría represalias?

La respuesta a esa pregunta, a día de hoy, sigo sin poder contestarla, solo sé que a pesar de todo mereció la pena, porque de no haberlo intentado, yo mismo no me lo habría perdonado.

—¿A dónde vas, Troy? —musitó ella con gran preocupación— Bueno, ¡qué pregunta, ya sé dónde vas!

—Por favor, Brenda, es mi mejor amigo, déjame ir… —le supliqué con esmero y los ojos vidriosos.

—Nos meteremos en un buen lío si tu padre se entera, así que date prisa, y vuelve antes de que se dé cuenta.

—Una pequeña sonrisa se formó en la comisura de mis labios al escuchar su contestación, no era de alegría pues ahora poca podía haber dentro de mí, sino de agradecimiento por desafiar a mi padre con el fin de ayudarme.

—Gracias —pronuncié en voz baja, agarrando el mango de la puerta y alejándome de mi casa sin mirar atrás.

El camino se hizo duro, mi corazón latía con fuerza y mis pulmones luchaban por alcanzar una respiración constante que no me provocase un dolor en el abdomen.

Al fin llegué y lo vi entrando a la iglesia.

Su mirada estaba perdida y sumida en una gran tristeza, de su mano iba Nick, su otro mejor amigo, uno de verdad, no como yo.

Quise acercarme, de hecho, lo intenté, pero tan solo pude sentarme en uno de los bancos traseros donde la luz era tan ínfima que apenas podrían verme.

La misa terminó, y el nudo en mi garganta amenazaba con romper así que salí de la Iglesia con rapidez evitando que nadie me viese.

Sin embargo, tenía que hablar con Tyler, lo tenía que hacer, había venido por él, tenía que darle mi apoyo.

Mi amigo salió en ese instante a través del portón, su expresión apática y crispada —supongo que por las tonterías de la gente— parecía estar a punto de quebrarse por lo que decidí que ese sería el momento de brindarle mi ayuda.

Caminé veloz hacia él con las palabras en la punta de la lengua, pero entonces, una mano fría como un témpano de hielo agarró mi brazo y tiró con fuerza de él.

—Crío insolente, ¿qué demonios haces aquí? —susurró él con los dientes castañeando por el enfado.

—Papá, déjame hablar con Tyler, por favor, me necesita —le pedí titubeando.

—Él ha destrozado nuestra familia, él es el causante de todos tus males, no le debes nada —exclamó perdiendo el tono y la vena de su cuello se hinchó. Yo le miraba asustado—. Nos vamos, ¡ya!

Recuerdo cómo apretó con fuerza mi muñeca, la mirada juiciosa de la gente de mi alrededor.

De hecho, hubo una en particular que se quedó en mi retina por meses…

Mientras me alejaba en contra de mi voluntad, Nick fijó su vista en mí, serio e impasible.

Durante un tiempo recé para que el rubio le contase a Tyler que estuve ahí, que quise ayudarle, que estaba para él, pero con el paso de los días fui consciente de que o nunca se lo contó o Tyler me odiaba tanto como yo evitaba hacerlo.

Aquel día recibí una gran reprimenda por parte de mi padre, acompañada con algún que otro azote, que siempre recordaré pues fue la última vez que me sentí un niño. Aquel día perdí a mi madre, mi padre y mi mejor amigo. Y en parte, a mí mismo.

Nick aprieta su mandíbula con dureza y sale del coche para respirar.

Desde dentro puedo percibir cómo se aguanta las ganas de llorar y camina de manera desesperada repitiendo sus mismos pasos, una y otra vez.

Tras unos segundos, el rubio vuelve a entrar en el coche y sin tan siquiera decir una palabra, Bette, la madre de Tyler, arranca el coche.

—¿Has conseguido hablar con Tyler desde que supimos que estabais vivos? —pregunta él con un tono de voz más calmado.

—No, han sucedido cosas. —Sus ojos se paralizan mirando los míos a través del retrovisor frontal. Mi corazón se encoge.

—¿Y cuándo pensabas decírselo? No sé, ¿cuándo pensabas…? —El rubio vuelve a alterarse al ver que Bette cambia el rumbo y se mete en una carretera alejada y desierta.

—Si no lo hemos hecho antes ha sido porque no queríamos poner a Tyler en peligro ni a ninguno de vosotros.

—Trago saliva al oírla y sentir su mirada, de nuevo, clavada en mí—.

He vuelto para acabar con todos los secretos y mentiras que hemos estado ocultando durante años.

—Aclara su voz—. Todos, incluso aquellos que no me pertenecen.

—Cierro los ojos y los puños escuchando cada una de las palabras que van dirigidas a mí.

—¿A qué te refieres, Bette? —inquiere consternado Nick.

—A mí —declaro tras dar una gran bocanada de aire—, hay algo que no te he contado y que he intentando hacer desde que nos hemos vuelto a encontrar… —Es la oportunidad perfecta, tengo que decírselo ya.

—¿Qué demonios dices, Troy?

—Cállate y escúchame… Tyler y yo… —musito con la dificultad que supone decir en alto algo que apenas has logrado articular en tu mente.

—Troy, llegamos en un minuto, ¿no crees que es mejor que lo cuentes luego, cuando estemos todos?

Las palabras de la madre de Tyler y su énfasis en “todos” no tienen ninguna fuerza en su discurso, la posibilidad de reencontrarnos de una vez por todas parece tan inhóspita como impredecible.

Saber que cada uno sigue con vida, que nada ha cambiado dentro de nosotros…

tener la certeza de que estamos sanos y a salvo…

imposible imaginárselo después de lo ocurrido.

—No, no puedo esperar más, estoy harto de esperar —exclamo a la vez que el tiempo se paraliza junto al coche.

El motor retumba y siento su vibración acompañando a mis labios que mediante titubeos pretenden escupir las palabras exactas con las que borrar la gran mentira. Nick, por su parte, me contempla dubitativo con las pupilas dilatadas y el pelo despeinado, esperando con ansiedad que abra la boca.

—Tyler y yo somos hermanos —confieso quitando la tirita de golpe y sepultando las voces que me gritaban que no lo hiciese.

Los ojos de Nick se congelan en ese instante y sus manos comienzan a temblar. Simultáneamente al embotamiento mental del rubio, Bette apaga el motor, sale del coche y huye más allá de lo que mis ojos pueden percibir, mis palabras aún duelen en las personas implicadas.

—Sé que es difícil de aceptar, créeme, yo he tardado años en hacerlo, pero… no sé que más decir… cuando quieras saber la historia completa, házmelo saber… voy a salir… ahora soy yo quien necesita que le dé el aire…—mascullo con los nervios retorciendo mi piel y contrayendo mi estómago.

El sonido de la puerta del coche retumba en mi cabeza y me produce un gran dolor que me hace estremecer hasta caer al suelo.

Todo ocurre demasiado rápido. Mi visión se vuelve borrosa y justo antes de perder la consciencia puedo divisar un edificio grande con forma de hospital y cuatro personas que se acercan corriendo a gran velocidad.