Capítulo 9 #2
Mis manos tiemblan un poco más ahora, mi cabeza palpita insegura. Las palabras de la enfermera que me atendió en el hospital se repiten una y otra vez en mi mente: «Si se intensifican sus síntomas, no dude en volver, por favor, una conmoción cerebral no es un juego.»
—¿Esta cuenta como segunda vez? —pregunta Nick, ofreciéndome una salida de mis pensamientos.
—¿Qué? —pronunciamos al mismo tiempo Igor y yo.
—Pues que si cuenta como segundo secuestro.
—¿Te han secuestrado antes? —pregunta el ruso inquietado y yo me mantengo inmóvil dando la espalda a la puerta y planteándome cómo saldremos de esta. No me ha dado tiempo a coger el arma, está en el coche.
—Sí, la verdad es que sí. —El rubio se encoge de hombros tras hablar.
—Deberías de cambiar de amigos, tú no tienes pinta de meterte en estos líos.
—No creas, soy un poco cabroncete y, además, hace tiempo que he aprendido a valerme por mí solo. —Nuestro enemigo aprieta con más fuerza su sien, al mismo tiempo que suelta una gran carcajada.
—Pues no es lo que parece.
—¿Seguro?
En ese momento, Nick pisa con fuerza el pie del ruso, y le da un gran codazo que le hace impulsarse hacia atrás.
Un grito ahogado se cuela por la habitación cuando Nick le atiza una patada para asegurarse de que este no se levante.
Por lo menos durante unos segundos. La pistola ya vuela por el salón sin control y Nick, torpe como siempre, la aleja más de él al rozarla con su dedo meñique.
Al menos, quedo yo. El arma cae al suelo y la angustia resuena en la casa.
«No la cagues» , me digo a mí mismo, recogiéndola y apuntándole en la pierna para evitar que siga amenazando nuestra vida.
Pero es entonces, cuando más necesito que el dolor desaparezca, cuando siento que mi cabeza está a punto de explotar.
El sonido del percutor se desvanece con la tormenta que siento dentro de mí, y cierro los ojos mientras la bala vuela a lo largo de la habitación.
Mis zancadas se detuvieron al divisar esa gran casa azul y el comienzo de Wait de M83 aceleró mis pensamientos aún más.
La sangre bombeaba imparable, como la lluvia que humedecía toda la calle, y al pararme frente a la puerta y pulsar el timbre, me di cuenta de que me había calado hasta los huesos, y es que ciertamente no había dejado de correr desde que Nick me había disparado con su juiciosa mirada.
Mi corazón palpitaba con fuerza, al igual que las farolas, cuya luz distorsionada por la tormenta casi parecía avisarme de que había cometido un error.
«Joder, mierda, claro que lo he cometido, son las doce de la noche, no puedo llamar así como así a una casa».
Tragué saliva desesperado, pretendiendo que nadie lo hubiese escuchado, y decidí salir corriendo para evitar que me descubriesen.
Pero era demasiado tarde, la puerta ya se había abierto y la tenue llama de la chimenea me sedujo atrayéndome hacia ella.
—Entra, mis padres no están —dijo y yo asentí, caminando y sintiendo el cambio del frío al calor—, además, te he visto llegar.
Oí el portón cerrarse tras de mí y noté unas manos suaves, quitándome la cazadora con delicadeza:
—Estás calado, te daré algo para que te cambies. Sígueme.
Subimos las escaleras, sin más conversación que la que ella me ofrecía, y yo, en silencio y mediante gestos y miradas, le agradecí su compasión.
Su cabello rojo se disipó entre los pasillos después de darme ropa limpia y me cambié en la habitación de invitados con rapidez para no hacerla esperar.
«Seguro que tiene muchas preguntas, de hecho, todos las tenemos. »
Anduve descalzo sintiendo el calor de la madera y su sonido chirriante avisó a Brooke de que había llegado hasta su habitación.
Ella contemplaba una fotografía en la que aparecían dos chicas y ella.
Después, volvió a pincharla en un corcho, que parecía formar un collage de todas sus vivencias.
En casi todas aparecían las tres, sonrientes y divertidas.
—¿Ella es Elle?
—Sí —pronunció con voz temblorosa—, ¿y tú estás aquí por Tyler?
—Sí, bueno, por su mejor amigo… ¿cómo lo sabías? —Arquee las cejas confundido.
—Al fin y al cabo, esta mierda es la única que nos une, ¿no?
—Eh… —exclamé, mientras me acercaba a ella y acariciaba su mejilla con suavidad—. sabes que…
—Sé que no podemos hacer esto, tú mismo lo dijiste. —Sus ojos verdes se clavaron en los míos y juro que pude sentir una puñalada hundiendo mi pecho—. Hace cuatro meses que no te has dignado a hablarme.
—No puedo mentir más, Brooke, no puedo —confieso, alejándome de ella y posándome sobre su cama—, lo he perdido todo.
—Carraspee, buscando las palabras adecuadas—.
Bueno, lo perdí hace tiempo cuando me convertí en un puto gilipollas.
Y lo que más me jode es que también me he perdido a mí mismo.
—Ella se sentó a mi lado y siguió escuchándome—.
Lo tenía todo asumido, vivía con normalidad, dentro de lo que cabe, pero te conocí.
—Mi cabeza gacha era incapaz de ver con claridad si Brooke me estaba observando, sin embargo, podía notar una mirada incesante que amenazaba con romperme—.
Eres inconformista, rebelde, y valiente, todos los adjetivos que a mí me faltan, y eso me vuelve loco porque me haces plantearme si he hecho algo bien durante todos estos años.
—Troy… —Sus manos agarraron las mías.
—No, espera, aún no he terminado. Hoy he ido a la Biblioteca de la Universidad de Virginia y he cogido esto —admití, abriendo la mochila y sacando de ella, Los hermanos Karamázov de Fyodor Dostoyevski —. Anoche recibí un mensaje oculto que decía que debía coger este libro en esta Universidad…
—¡Troy! —bramó enfadada—. Esto es el tipo de cosas que deberías contar a tu padre, podías haber estado en peligro.
—Lo sé, pero… eso ahora no importa, aún no sé si hay algo dentro, no sé tan siquiera si ha merecido la pena esta locura.
—Mi voz ya había comenzado a fallar, un nudo había empezado a aflorar en mi garganta, y mis ojos se preparaban para que las lágrimas brotasen sin parar—.
Lo que quería decirte es que vi a Nick, el mejor amigo de Tyler y él me vio a mí, me preguntó qué hacia allí, y ¡joder!
Tan solo quería contarle la verdad de una vez, pero no pude.
Nunca puedo, y nunca podré, soy un cobarde, y solo sé apartar a la gente de mí.
—Troy, eso no es verdad, —me advirtió con una gran tranquilidad—.
solo lo haces porque no quieres hacerles daño, pero no eres un cobarde.
—Su mano decidida borró las gotas que recorrían mi rostro, y que parecían ir acorde a las que caían a lo largo de las ventanas de su habitación en forma de cascada—. No vas a conseguir que me aparte de ti.
Nuestras miradas paralizadas en un mismo destino no parecían ver nada más allá de nosotros.
Su mano que aún yacía pegada a mi piel se deslizó hasta mi cuello para atraerme hacia ella con lentitud, haciéndome recordar aquella tarde en la piscina donde las ganas estuvieron a punto de dejarse llevar.
Miré sus ojos y después sus labios, rojos y carnosos.
No puedo negar que por un instante me plantee salir corriendo de allí y hacer como si no hubiera pasado nada, pero no podía evitarlo, no puedo evitar pensar en que había algo que había estado pasando desde el primer día en el que la vi.
—¿Esta vez vas a dejarte llevar, Jefferson? —dijo mientras soltaba una pequeña carcajada y esbozaba una amplia sonrisa.
Y fue en ese momento cuando todo parecía tener sentido, cuando la tormenta parecía dejar de torturarnos y dar pie a la paz y a la calma.
Su colonia volvió a colarse en mis sentidos, y me embriagó aún más.
Mi mano derecha se acercó a su rostro y lo acarició con suavidad, al mismo tiempo que tiró de ella, acercándonos y colocándonos a ambos donde lo habíamos dejado aquella tarde.
Ambos nos reímos al acordarnos y después…
tan solo nos fundimos en un incandescente beso.
Nuestros labios se juntaban y jugaban al despiste, mientras nuestras lenguas se rozaban sinuosas.
El calor avivó el momento y por fin, volví a sentirme vivo.
Unos minutos más tarde, nos metimos en la cama y, entre besos y caricias, nos quedamos dormidos, sin darnos cuenta de que la tormenta había vuelto a resurgir fuera y que poco a poco iba a sepultarnos entre secretos y misterios, que ni siquiera sabíamos que existían.
Un grito arrollador me devuelve al salón y a la agonía de la realidad. Abro los ojos rezando porque ese quejido no provenga de la boca de Nick y, al descubrir que mis plegarias han sido escuchadas, solamente suelto un gran suspiro.
—Hijo de puta… —ruge el ruso que, tirado en el suelo, contempla la bala incrustada en su pierna—. yo no suspiraría tanto, aún no has visto a Karina.
Oír su nombre remueve algo dentro de mí, y el dolor de cabeza que tanto me frenaba, desaparece por completo. Vuelvo a coger el arma, esta vez con fuerza y determinación para apuntarle a la cabeza sin ningún tipo de pudor.
—¿Dónde demonios está? —chillo totalmente enloquecido.
Nick, que observa la discusión, a unos metros de distancia, permanece impasible, únicamente sus labios tiemblan desesperados. Creo que el miedo ha gobernado su cuerpo, y lo peor es que no sé si el culpable de ello, es la situación, o soy yo.