Capítulo 9 #2
Las agujas del reloj sonaron repetitivas en mi cabeza y la tortura de una noche de insomnio se volvió más decadente a medida que los segundos iban pasando.
Tyler dormía en la habitación contigua, seguro que plácidamente.
El cabrón tenía un dormir que ya me gustaría a mí.
El transcurso de los minutos se volvió asfixiante y me empujó a levantarme, «será mejor que aproveche el tiempo y repase una vez más el guion para la prueba de mañana.
» Caminé cabizbajo hasta llegar al escritorio y pulsé el interruptor del flexo con una parsimonia abrumante.
Entrecerré los ojos buscando no quedarme ciego, pero nada sucedió más allá del sonido de una bombilla fundida que ni siquiera tenía fuerza para producir un estúpido destello.
«Mierda». Me desvestí y me coloqué la sudadera de la Universidad de Virginia.
Después, sin pensármelo dos veces, salí de la habitación presuroso con la música resonando en mis cascos y el guion en mi mano derecha.
«Menos mal que he cogido la sudadera con capucha, madre del amor hermoso, ¡cómo jarrea!
», susurré para mí mismo. El campus estaba desierto y tan solo las luces tenues de las farolas endulzaban la soledad de la noche.
Anduve con rapidez sorteando los charcos que se habían formado en un par de minutos, la lluvia caía con fuerza sobre mí y yo tragué saliva nervioso, pensando en si realmente salir en plena tormenta había sido buena idea.
Ya divisé la biblioteca nocturna cuando un relámpago iluminó toda la calle, «unos cuantos pasos más y habré llegado a mi destino.
» Un trueno retumbó tras de mí y el silencio posterior erizó mi piel cubierta por una fría tela de gotas de agua, que desfilaban sedientas por sentir aún más el hedor de la lluvia.
Subí desesperado las escaleras, sintiendo cómo la tormenta me pisaba los talones, pero algo hizo que me detuviese, que siguiese un poquito más debajo de la gran tempestad.
La puerta de la biblioteca se abrió silenciosamente, y la figura de alguien conocido trascendió a través de ella.
—¿Troy? —Sus ojos me contemplaron nerviosos—. ¿Qué haces aquí? ¿No estabas en Harvard?
—Métete en tus malditos asuntos —bramó con la violencia de un mar agitado, y su mirada insegura se convirtió en una amenazante que heló mis entrañas.
Otro trueno rompió en el momento exacto en el que Troy desapareció entre las tinieblas, pero antes de ello, mi curiosidad —que no mi afán por el cotilleo—, me permitió agudizar todos mis sentidos hasta ver el título del libro que llevaba consigo ese maldito prepotente: Los hermanos Karamázov de Fyodor Dostoyevski.
La sombra de Jefferson permaneció en mi cabeza cuando entré en la biblioteca y las preguntas amontonadas en mi mente revolotearon sin cesar, buscando respuestas que sabía que no iba a ser capaz de averiguar: «¿Qué demonios hace Troy aquí?
¿Desde cuándo lee literatura rusa? Y lo más importante, ¿por qué habrá recorrido diez horas en coche para conseguir un libro que puede encontrar en cualquier biblioteca de Harvard? »
Ambos caminamos hacia el salón en completo silencio tras haber curado mis pequeñas ampollas.
Según Troy, he tenido suerte; según mi propia experiencia, esto duele un montón.
Y no exagero, yo nunca lo hago, ¿o sí? Bueno, no lo sé, puede que sí.
El caso es que cada uno nos sentamos en frente del otro y durante unos minutos trato de esquivar su mirada penetrante y su sed por conocer mi vida en estos meses, porque… ¿qué demonios le voy a contar?
—Bueno, y… ¿qué tal estás, Nick? ¿Qué tal te ha ido desde que nos despedimos en el aeropuerto? —pronuncia con cierta preocupación. Su voz no parece la misma que siempre, esa vibración indica que no se siente seguro.
—Poca cosa, la verdad, poca cosa… —Niego con la cabeza tratando de convencerle—.
¿Qué haces aquí, Troy? ¿Cómo me has encontrado?
—pregunto quitándome la tirita de golpe.
Prefiero que nos dejemos de formalismos y zanjemos el tema principal, luego ya tendremos tiempo para los detalles más insignificantes, si es que hay alguno.
—Es una historia muy larga… todo empezó cuando…
Momma de Kendrick Lamar interrumpe la breve conversación y yo me acerco para coger el móvil que yace sobre la mesa.
Mientras tanto no puedo evitar rapear el estribillo de la canción con esmero, y Troy extrañado, suelta una carcajada, «¿qué pasa?
¿No puedo tener gustos diversos en la música?
» . En la pantalla aparece el nombre de “ Granja de Alpacas ” y yo me encojo de hombros ante su mirada juiciosa para después afirmar:
—Es del trabajo —susurro, pulsando al botón de contestar.
—¿Qué trabajo?
—Es una historia muy larga. —Le guiño un ojo sarcásticamente para dar paso a la llamada.
Mi jefe habla con voz entrecortada y suelta un sollozo con cada frase larga que pronuncia, lo que dificulta aún más el entenderle.
Su inglés no es perfecto y a veces dice palabras en ruso esperando que le comprenda a la perfección.
Spoiler : no le entiendo una mierda. Tras agudizar el oído y aislarme de todo el ruido de mi alrededor, saliendo de casa, caigo en la cuenta de que hoy no voy a trabajar, hoy la Granja de Alpacas cierra por primera vez desde que estoy ahí, y ¡me cago en todo, no han podido elegir peor momento!
Ya sé que ha muerto un familiar del jefe, pero ¡joder!
justo el día que aparece Troy y tengo que deshacerme de él durante unas horas para poder pensar con claridad…
¡No hay quién entienda este mundo! Parece que alguien está confabulando contra mí, pero ¿quién?
Vuelvo a la conversación para despedirme y dar el pésame.
Luego simplemente cuelgo. Entro a casa resoplando y maldiciendo por dentro el poco tiempo que me queda para decidir cuál será mi siguiente paso.
«¿No estaba esperando que ocurriera algo como esto para salir de aquí?
¿Por qué estoy dudando tanto ahora?» Cruzo el rellano decaído y me adentro en el salón donde la figura de Troy desaparece con cada paso que doy.
A veces mi cabeza me juega malas pasadas, le encanta jugar al despiste, adora confundirme entre lo que es real y mentira, algo que me ocurre desde aquel día…
El tiempo transcurrió desenfrenado en mi cabeza, y las dudas y el temor se colaron por las rendijas de las cuestiones sin resolver que tanto nos atemorizaban a todos.
Ya hacía un rato que había entrado en la cabaña con Tyler para cambiarme, y que este se había ido sin mirar atrás.
Sabía que estaba metido en eso como todos, pero realmente no sentía que fuese así, mi vida siempre había sido aburrida, no podía cambiar ahora.
La de ellos siempre había sido frenética, siempre parecían estar pisando el acelerador; la mía, corriente y rutinaria luchaba por subirse al coche y arrancar el maldito motor.
Vidas diferentes, aunque sin duda, prefería una en la que no sospecháramos que alguien quería matarnos.
Y si bien es cierto que no había nada seguro, no me cabía la menor duda de que eso tenía que ver con Tyler, las notas, todo ese misterio…
veía en sus ojos la misma desesperación que me atravesó durante horas en el funeral de sus padres y no tenía ni idea de qué hacer para que desapareciese.
¿Cómo demonios se suponía que tenía que actuar para ayudarle?
¿Quién cojones quería hacerle daño? ¿Por qué su mundo tenía que resquebrajarse, otra vez? ¿Por qué siempre él?
Caminé cabizbajo por el recinto, donde los nervios estaban a flor de piel, y los demonios de cada uno de los participantes peleaban por enfrentarse los unos con los otros.
Eran muchos los que se apilaban en la piscina, pretendiendo aprovechar las últimas horas antes de la competición.
Otros, como yo, preferían aislarse y mantenerse alejados del agua, nada bueno podía ocurrir cerca de ahí en momentos como estos.
Mi móvil me avisó de que el volumen estaba demasiado alto, pero Firestone de Kygo & Conrad Sewell no podía sonar más bajo, ¡claro que no!
¡Eso sería una completa aberración! Observé desde la lejanía a mis rivales entrenar y cuando me quise dar cuenta estaba a menos de un metro de la piscina atraído por el olor a cloro y ansiedad.
«Menos mal que quería mantenerme alejado, ni siquiera sé por qué… »
Unas gotas de agua irrumpieron en la paz que solo la música me otorgaba, y yo dirigí mi vista hacia abajo, hacia el lugar de donde provenían.
Me quité los cascos para ensañarme con el cabrón que había decidido mojar mis playeras nuevas, pero al ver que era Dane Cox —mi compañero en numerosas partidas de billar y futbolín— tan solo sonreí y solté una leve reprimenda.
—¡Cabrón, me has mojado entero! —Ambos rompimos en una carcajada.
—Perdón, tío, te estaba llamando, pero no me hacías ni caso, ¿no tienes la música muy alta? Puedo escuchar Firestone hasta dentro de la piscina —dijo apoyándose en el bordillo y mirándome fijamente con una sonrisa.
—Sí, pero es que es un temón… —Resoplé y me decidí por pausar la canción para evitar que siguiese adornando nuestra conversación.
—Tienes razón, lo es —afirmó.
—Bueno, y… ¿qué querías?
—¡Ah! ¿Puedes pasarme la toalla y el móvil? Creo que no ha dejado de sonar desde que estoy entrenando, serán mis padres deseándome suerte, supongo. —Se rio y yo asentí con la cabeza—. Debe estar ahí, en la 62, la he dejado abierta —añadió, señalando las taquillas del vestuario externo.