Capítulo 5
TROY
E l fuerte viento se alzaba ante mí con cada zancada que daba, haciéndome estremecer profundamente.
Me gustaba esta sensación, traspasar los límites, no detenerse.
El cielo también había interrumpido su descanso y había comenzado a llorar en busca de paz.
Estaba seguro de que los graznidos de sus bestias no tardarían en aparecer.
La música de mi móvil no dejaba paso al sonido incesante de las gotas rozando el suelo y disolviéndose en miles de charcos. Charcos que debía sortear si no quería terminar con un esguince que me estropease mis planes como nadador.
No es que Norfolk fuese mi sitio favorito en la Tierra, pero tenía cosas chulas que echaría de menos cuando me fuese a la universidad el próximo septiembre, como el Jardín Botánico.
Correr por allí me provocaba una calma increíble, no sabía explicarlo, simplemente era mágico.
Sus flores, sus árboles, los colores rellenaban un lienzo en blanco y negro, se deshacían de la tristeza y de la melancolía, y colmaban de alegría a todo el que caminaba por ahí.
El olor evocaba libertad, algo tan lejano e inhóspito que, solo unos pocos podían llegar a sentir en sus papilas gustativas de manera cotidiana.
Y el silencio… el silencio era mi parte favorita, un lugar donde rehuir los problemas y tan solo escuchar los secretos de la naturaleza.
Realmente iba a echar de menos este sitio.
Mis pies corrían sincronizados, uno y dos, uno y dos, acompasados con mi respiración y mis brazos.
El agotamiento aún no había llegado a mi cuerpo cuando el frío se agolpó en mi cara y sacudió mis extremidades.
La luz del rayo se refugió en el firmamento esperando ser acompañada y en cuestión de segundos el trueno ganó la partida a mi reproducción de Spotify.
Me quité los cascos un momento para escuchar la lluvia caer de manera desmesurada y sentirla, inevitablemente, aún más cerca.
Mi sudadera estaba empapada y el agua ya había empezado a resbalar por mi piel, «Quizás sea hora de volver», pensé.
Don’t you worry child de Swedish House Mafia sonaba más allá de los cascos cuando la llamada de mi padre iluminó la pantalla.
—Dime, papá —contesté, recuperando el aliento en un ridículo intento por ocultar a mi padre que había vuelto a salir a correr con tormenta.
—Vuelve a casa, tenemos visita —sentenció con la seriedad propia de un empresario para después advertirme—: Espero que no vengas mojado como la última vez, eso causa malas impresiones a los inversores, y no queremos que cuando tú presidas esta empresa, te dejen todos de lado, ¿no?
—No —pronuncié seco y colgué el teléfono. «Ojalá haberle contestado con la verdad: todos me acaban dejando de lado en algún momento, y si no lo hacen, soy yo quien me encargo de echarlos de mi vida», musité como si alguien pudiese oírme ahí fuera.
Titanium de Sia y David Guetta lideró mi vuelta a casa.
La tormenta pisaba mis talones como el futuro como CEO que me esperaba y que ni siquiera había elegido.
No me gustaba la empresa de mi padre, ni quería ser director general de nada, no era lo mío, ni lo sería.
Pero mi miedo al abandono y la decepción de mi padre eran más grandes que mis ganas de ser escritor y estudiar literatura, mi sueño desde pequeño.
Cuando era un niño y devoraba los libros e inventaba historias en mi cabeza, pensé que mi camino me guiaría hasta ese mundo, pero con el tiempo todos esos pensamientos se fueron disipando como la luna por el día, aunque siguiese ahí, sin llamar necesariamente la atención.
En fin, tenía que conformarme con la carrera de económicas en Harvard y poder nadar en mis tiempos libres.
Me quité los cascos y bajé mi capucha calada por el agua al llegar al porche de mi casa.
«Mi padre va a matarme». Rebusqué entre los bolsillos, intentado encontrar las llaves, pero nada, no había manera, me las habría vuelto a dejar en otra cazadora.
«Debería ser un poco más consciente de las cosas y de las consecuencias que puede haber sino me centro de una vez.
» El timbre resonó por toda la casa y antes de que se abriese la puerta, ya estaba escuchando el resoplar de mi padre y el castañeo de mis dientes por el frío, y ¿por qué no admitirlo? También por la bronca de después.
—Ahora no hay tiempo para esto, súbete a cambiar y sécate ese pelo, estás empapado.
—Sus pobladas cejas hacían que pareciese más mayor de lo que realmente era, y esa impresión se acrecentaba más aún cuando fruncía el ceño con dureza y apretaba la mandíbula, evitando que la disputa le explotase en la cara.
—Está bien. —Bajé la mirada en busca de las palabras adecuadas, pero no las encontré.
Me dirigí hacia las escaleras cuando la grave y penetrante voz de mi padre me interrumpió avisándome de que los invitados aguardaban mi saludo. «Ni siquiera me había dado cuenta de su presencia, joder.»
Las playeras me chorreaban y hacían un ruido chirriante a medida que me iba acercando al salón.
«Desde luego, el suelo de madera no lo agradecería para nada.
» De hecho, cuando la moqueta roja se encontró presurosa bajo mis pies me estremecí solo de pensar todo el esfuerzo que les supondría a los trabajadores de limpieza de la casa.
Los pasos firmes de mi padre se convirtieron en silencio al llegar a la sala y éste rozó mi espalda para presentarme, no muy sentidamente, no nos confundamos, sino de una forma fría y superficial.
—Joder, estás calado —me susurró al oído y carraspeó su voz para que los intrusos se girasen—. Disculpen a mi hijo, es nadador y muy deportista, pero muy impulsivo y cabezota. Siempre sale a correr cuando hay tormenta a pesar de mis reprimendas. Adolescentes, ¿verdad?
Una familia compuesta por una mujer pelirroja de unos treinta y muchos años y un hombre alto y robusto de pelo rizado y negro se levantaron para atender el reclamo de mi dictador padre.
La última en alzar el vuelo fue su hija.
Sus ojos verdes se clavaron en los míos, y yo incapaz de apartar la vista ante tal bonita mirada, esbocé una pequeña sonrisa.
Ella me la devolvió con desparpajo y dejó al descubierto una gran sonrisa teñida por unos labios rojo carmín a juego de su largo pelo lleno de tirabuzones impecables, que parecían las llamas de un fuego que estaba a punto de abrasarme.
«No sé quién demonios es, pero es preciosa. »
—Esta es la familia Reed, Troy. Son Emily y Joseph Reed, y su hija Brooke. —Aún no había sido capaz de apartar la mirada de la más joven de los invitados, y ella tampoco de mí.
El fuego ya había empezado a consumirme por dentro, y estaba seguro de que iba a ser difícil de sofocar.
Mis párpados cansados se hunden en arenas movedizas con cada intento que se acerca asfixiante a la luz.
«Otra vez» , me digo entreabriendo los ojos.
Sin embargo, al sentir los faros rotos del coche destelleando en la carretera, los vuelvo a cerrar de inmediato.
El pitido en mis oídos se mantiene constante, taladrando mi cerebro y provocándome un dolor de cabeza ensordecedor que apenas me deja espacio para pensar.
«¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado? Recuerdo estar a unos metros de la meta, estar a punto de cruzarla y que… Mierda, los frenos».
—¿Qué tal la carrera, Stewart? —Escuchar esa voz ronca y altiva solo puede significar malas noticias.
Un mínimo hilo de luz entra cegador en mis ojos, adormeciéndome aún más y, aturdido, diviso al sucio Igor agarrando el brazo magullado de Karina. «Por lo menos no parece que el accidente le haya provocado daños graves».
—Te mataría, pero prefiero cogerte esto prestado y que no puedas hacer nada.
Karina se resiente cuando Igor la aprieta con más fuerza, y este suelta una carcajada tan grande que siento el zumbido de mis oídos rompiéndose en mil diminutos cristales.
Apoyo mis brazos en el asfalto e intento reincorporarme, pero tan solo logro caerme de rodillas y quedarme petrificado mientras ese abusador se lleva a Karina. Su risa cada vez suena más lejana.
—¡Para! ¡Déjala en paz o te mataré! —grito con el corazón encogido, pese a que mi cabeza a punto de explotar me indica que, quien tiene más certeza de estar cerca de la muerte, soy yo.
El nudo de mi garganta estalla y se convierte en lágrimas y llantos cuando el pitido vuelve a mi mente y, entonces, la ambulancia llega por fin. «Si hubiese tardado menos, si hubiese llegado un minuto antes…»
El olor del zumo de naranja recién hecho viajó a lo largo de mis fosas nasales y me provocó una amplia sonrisa.
Mis glándulas salivares ya se habían puesto a trabajar incluso antes de que este rozase mis labios.
Al bajar las escaleras, me crucé con Brenda, la mejor cocinera de todo Norfolk, y mi segunda madre.
Bueno, la primera, mi verdadera madre hacía un tiempo que ya había perdido ese título.
De pequeño siempre le decía que cuando fuese rico como mi padre, le compraría un restaurante para que toda la ciudad pudiese probar sus recetas.
Ella me sonreía mientras pronunciaba un “Ojalá” y me agradecía que mi ambición tuviese un hueco para ella.
«Un niño ambicioso, el Sr Jefferson ha tenido suerte, tendrá un buen legado», repetía una y otra vez y yo la desafiaba explicándole que no, que mi riqueza no se debería al negocio familiar sino a mis libros.
Ella se moría de risa, pero acababa dándome la razón, culminando la conversación con un: «Algún día, hijo mío, algún día. »
—Buenos días, Brenda —dije dándola un fuerte abrazo y un beso en la mejilla. El olor a zumo de naranja me hacía despertarme con buen humor.
Ella, sin embargo, no parecía la de siempre, su rostro no desprendía energía ni alegría. Su expresión habitual estaba disfrazada de una fría y cortés mueca que pretendía aparentar normalidad. Pero estaba muy lejos de lograrlo, muy lejos.