Mentiras (Inesperado 2) Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

—No —pronuncia, abriendo las ventanas y procediendo, acto seguido, a inclinar su cuerpo hacia bajo—. Genial, estamos en el primer piso, con suerte no nos haremos un rasguño.

—¿Qué? —clamo, negando con la cabeza.

—Vamos a saltar, hay una carpa de un bar ahí abajo, no pasará nada, pero tenemos que salir ya. —Esboza una sonrisa tranquilizadora que no parece cumplir con su cometido—. Además, es un primer piso, no va a pasarte nada.

—Espera, ¿has dicho que vamos a saltar?

—Sí.

—Te has tenido que volver loco porque no pienso saltar ni de coña, no, no, no… —Los recuerdos en Lom Sak nublan mi vista.

Las voces del pasillo se cuelan en la habitación y abren mis ojos cubiertos por la neblina de una gran pesadilla. En la lejanía, se escuchan pasos cada vez más cercanos y de un momento a otro, el silencio culmina una llegada. Sea quien sea, está a punto de entrar.

—Elle, si no saltamos ya, van a matarnos.

Contemplo desesperada la ventana. La distancia no se asemeja a la del acantilado de Tailandia, pero solo con sentir la velocidad apelmazada en mi garganta y los escalofríos previos, mi cabeza pierde el norte, tratando de sortear entre lo real y lo imperceptible a la vista.

—Está bien.

Los pasos se detienen y alguien llama a la puerta de nuevo. Tras ella, se percibe la inquietud de la enfermera, quien avisa una y otra vez de que la persona que me está esperando va a entrar.

—Elle, es ahora o nunca. —Él me ofrece su mano y yo la cojo con fuerza.

Después, simplemente me dejo llevar.

La sonrisa de Brooke no parecía la de siempre, su preocupación se transmitía con la mirada, una petrificada y fría capaz de helarte los huesos.

Su silencio no tardó mucho en llegar después de contarme la historia de cómo su madre había sido atracada.

Sus palabras quedaron sepultadas en la mayor de las mudeces, y yo inquieta, pero respetuosa, decidí no seguir abordándola con más preguntas ni atosigándola, pues el cansancio estaba presente en las ojeras de su cara y en el brillo de sus ojos.

Un par de minutos más tarde, nos dirigimos a la granja donde me enseñó la habitación en la que íbamos a dormir.

Coqueta y risueña, con colores crema cubriendo las paredes y flores adornando los cojines y colchas.

También había algunas fotos de su familia a lo largo de la casa, y algún que otro cuadro firmado por una tal Sharon Reed.

Recuerdo rozar la textura de un mar embravecido justo antes de que Brooke se acercase a mí, desvelando el misterio alrededor de la pintura.

—¿Lo ha hecho tu…? —contemplé, suponiendo que aquel nombre pertenecía a alguien de su familia.

—Mi abuela —afirmó con tristeza en su voz.

Observé todo a mi alrededor, mientras esperaba a que la pelirroja bajase de la habitación. Creí que se estaba cambiando, acomodando o qué se yo, pero me había pedido que la esperase abajo y que me abrigase. Dijo que íbamos a salir. «¿Qué tendrá en mente?»

Poco después de que mis preguntas comenzasen a preocuparme, apareció con una expresión seria ocultando su fino rostro, y ni una palabra más allá de: “Sígueme”.

Mis pasos empezaron firmes, pero tras caminar durante media hora, noté cómo mis pies iban cansándose y cómo la energía que antes derrochaba iba disminuyendo.

Inhalé y exhalé con rapidez como si tuviese que coger aire con cada paso que daba y el vaho que el frío provocaba en el ambiente tan solo se disipó cuando Brooke volvió a abrir la boca, deteniendo abruptamente el paseo.

—Elle, después de lo de mi madre, siento que no estaremos seguros, nadie lo estamos…

—Carraspeó inquieta—. esto me ha hecho darme cuenta de la fragilidad de todo.

Todo, absolutamente todo, puede acabar en un segundo.

—La contemplé dubitativa, esperando paciente hasta dónde quería llegar—.

Quiero que aprendas a disparar. —Ella abrió su abrigo y dejó al descubierto dos pistolas.

«Nunca antes había visto una de verdad, tan solo en las series policíacas y en algún que otro thriller. »

Ella me la lanzó y cayó al suelo. Bajo su juzgadora mirada, la recogí y sentí por primera vez el frío del arma cubierta por los copos del invierno.

—Pero… —pretendí exclamar, pero tan siquiera conseguí balbucear unas simples palabras antes de que me interrumpiese.

—Pero nada, Elle. No estamos a salvo, nunca lo estaremos.

Tienes que aprender a defenderte. Aprenderás a disparar y vamos a apuntarnos a defensa personal.

Tú y yo, —Se acercó lentamente y colocó sus brazos alrededor de mí, abrazándome, haciéndome sentir el calor de un abrazo amigo— juntas, siempre juntas.

No voy a dejar que te pase nunca nada, ¿vale? Nunca.

Nos separamos despacio y yo le dediqué una sonrisa tímida.

No llegué a comprender el porqué de esa obsesión, de esa paranoia.

De hecho, los pensamientos se agolparon sin más en mi cabeza incapacitándome para adoptar otra figura que no fuese la de la pura sumisión.

Y a pesar del desconcierto y la creencia de que mi amiga se había vuelto loca, no pude evitar preguntarme: «¿de quién se supone que debemos protegernos? »