22. Capítulo 22
Ayer
E n lugar de esperar al ascensor, subo las escaleras corriendo.
Tengo el pecho oprimido. Los músculos se contraen entre las costillas, apretándome el torso, y me cuesta respirar.
Antes pensaba que eso significaba que estaba sufriendo un infarto, hasta que aprendí que era el pánico arañando mis entrañas.
Tengo la tarjeta lista cuando llego a la puerta. La golpeo contra el lector, bajando el picaporte antes de que se encienda la luz verde. La luz sigue roja y la cerradura no cede. —Vamos, vamos. —Me tiemblan las manos mientras lo intento de nuevo.
Cuando el cierre se libera, entro de golpe en la habitación. —¿Steve?
Su neceser no está en la encimera del baño junto al mío. La puerta del armario está entreabierta y el espacio al lado de mi ropa colgada está ahora vacío. Sus cargadores ya no cuelgan de la base de la lámpara de noche. Faltan su abrigo y sus botas.
Ha sido rápido. Demasiado rápido. Ya ha hecho las maletas y se ha ido.
Los cajones de la derecha de la cómoda están parcialmente abiertos. Ese es el lado donde pongo mi ropa y donde escondí mi pequeño bolso negro.
—Oh, no. No, no, no —gimo, tirando del cajón con más fuerza y hundiendo las manos en mi ropa.
Aparto la ropa interior y los sujetadores, y luego arrojo los vaqueros al suelo.
Quizá me equivoque. Quizá lo cambié de sitio.
Tras abrir de un tirón el cajón de arriba, saco los jerséis y los sacudo, pero no cae nada.
Escarbo entre calcetines, bufandas y cinturones, y lo lanzo todo detrás de mí hasta que todos los cajones quedan vacíos.
Caminando de un lado a otro de la habitación, me tiro de las raíces del pelo. Mi bolso ha desaparecido y debo recuperarlo, o de lo contrario... Eso significa ir tras Steve antes de que pueda salir de Black Ridge. No me lleva mucha ventaja.
Recojo la ropa de la cama y del suelo para meterla en mi maleta, pero luego desisto. Si quiero alcanzarlo, no hay tiempo. Tengo que irme.
Fuera, la tormenta va en serio. La nieve me golpea la cara con una fuerza punzante.
Una quitanieves con luces brillantes aparta la nieve por el aparcamiento, creando imponentes muros blancos a lo largo del perímetro.
Una capa gruesa y helada permanece en el suelo, crujiendo bajo mis pasos.
Me resbalo y por poco me doy contra el suelo.
Llevo unas botas de ante monas, no las de invierno con buen agarre en la suela.
Aparte de la persona que conduce la quitanieves, no hay nadie más cerca. Nadie es tan insensato como para estar fuera en estas condiciones a menos que esté desesperado.
Steve me dejó en el refugio cuando llegamos, así que no sé dónde aparcó. El lote es un laberinto de vehículos cubiertos de nieve.
Con los dientes apretados, zigzagueo entre ellos, buscando la forma cuadrada de su todoterreno. El viento me azota el pelo contra la cara y me empuja hacia atrás. Steve no tiene idea de lo que me ha robado, ni del peligro en el que me ha puesto al llevárselo.
Por fin, distingo la forma de un vehículo corpulento justo delante de un cartel con un conejo gigante. Quito la nieve de la esquina delantera de la ventanilla, revelando la pegatina azul y verde de su club de campo. Es el todoterreno de Steve. Aún no se ha ido.
Una repisa de nieve ha sido removida en el lado del conductor. Alguien ha abierto esa puerta hace poco. Miro por la ventana pero no veo mi bolso. Es pequeño y negro, del mismo color que el interior del vehículo. Podría estar ahí dentro y simplemente no lo veo, o podría llevarlo consigo.
Esperando junto al coche, arrastro los pies para evitar que se congelen. Cada segundo tengo más frío y me siento más desgraciada. Esta tormenta ya parece peor que la de ayer. La nieve racheada me corta desde todos los ángulos.
Llamo al teléfono de prepago de Steve, luego a su teléfono real, pero no responde. Está ignorando mis llamadas.
¿Debería seguir esperando? Quizá no se vaya; es tarde y se ha tomado unas copas. Las carreteras son peligrosas. Steve no arriesgaría su vida, por muy enfadado que esté conmigo. Quizá solo se cambió de habitación y se llevó mi bolso por despecho. Solo espero que no lo haya abierto.
Entonces me acuerdo de sus esquís. Son hechos a medida, de alta tecnología, valen miles de dólares. Nunca se marcharía sin ese equipo. Si se va, volvería a la sala de taquillas para recogerlos.
Deshago mis pasos por el aparcamiento, de vuelta hacia los edificios. La nieve ya ha cubierto mis huellas.
Un destello de movimiento me llama la atención. Me doy la vuelta justo cuando una forma oscura desaparece tras los árboles.
—¿Steve? —llamo, pero mi voz se ahoga por el viento.
Acelero el paso, aunque me cuesta ver lo que estoy siguiendo. Este lado del complejo es más oscuro, está más aislado. La nieve ha enterrado las luces del sendero. Sin gafas de ventisca, lo mejor que puedo hacer es protegerme los ojos rodeándolos con las manos.
La sala de taquillas está más adelante.
Otro movimiento en la oscuridad. No estoy sola.
—¿Steve? —La desesperación agudiza mi voz. No tendré buen aspecto cuando me vea. Tendré la nariz roja, los ojos hinchados y llorosos, el pelo hecho un desastre, pero no hay nada que pueda hacer por eso ahora. Es más importante recuperar mi bolso y salir de aquí. Este lugar ya no es seguro para mí.
El viento amaina un momento, creando una inquietante burbuja de silencio, aparte del crujido de la nieve bajo mis botas.
Tras caminar unos metros más, entro en la oscura sala de taquillas, agradecida por escapar de la tormenta.
Una mesa larga recorre una pared, abarrotada de equipo para poner a punto los esquís: rascadores de metal, limas y un tornillo de banco de acero atornillado en una esquina.
Un banco bajo se sitúa en medio de la sala, con una caja de herramientas de metal abierta en el suelo a su lado.
Los estantes para guardar esquís sobresalen de la pared a la altura de la cabeza, con esquís y bastones encajados entre ellos como armas en una armería.
—¿Steve? —llamo, pasando la mano por la pared en busca de un interruptor de la luz—. Por favor. Hablemos de esto.
Un chasquido me hace dar un respingo.
—¿Buscas a alguien, Anna? —La voz es calmada y aterradora.
Me giro bruscamente, con el corazón martilleando contra mis costillas.
Una figura oscura emerge de las sombras, con el rostro oculto por unas gafas de esquí y la capucha de un abrigo.
No sabría decir si es hombre o mujer, joven o viejo. Solo una voz y una presencia que me erizan la piel.
La figura avanza. —La gente se pierde en tormentas como esta. A veces nunca los encuentran. No deberías haber salido aquí sola. —Una pausa—. Pero esto lo hace más fácil.
Retrocedo y el tacón de mi bota se engancha con un objeto en el suelo.
Tropiezo contra el banco y choco con los bastones de esquí que están verticales.
Mi jersey se engancha en una protuberancia afilada y se rasga.
Miro hacia arriba una fracción de segundo después, pero es demasiado tarde.
No hay tiempo para agacharse ni saltar a un lado.
Solo una milésima de segundo para ver la caja de herramientas de metal trazando un arco en el aire, con las herramientas desparramándose mientras vuela hacia mi cráneo.
El golpe hace que vea estrellas. Caigo de rodillas sobre el frío hormigón y luego sigo cayendo de lado.
La oscuridad se apodera de mí.