11. Capítulo 11
V ictoria bajó esquiando por la ladera junto a Ned, clavando los bastones en cada giro. Delante, Alex y Jordan guiaban el trineo de rescate con el cadáver cubierto entre ambos. Elspeth trotaba por el sendero de nieve compacta que el trineo iba creando.
El descenso les llevó más tiempo del esperado. El trineo de rescate resultaba aparatoso en la nieve cada vez más profunda, lo que les obligaba a detenerse con frecuencia para recolocar las manos y sortear a otros esquiadores. Durante las paradas, Jordan no podía dejar de juguetear con las manos.
A medida que bajaban, la tormenta se intensificaba. El viento arrastraba los copos de nieve en horizontal, creando un velo blanco que desdibujaba el enorme hotel frente a ellos. Sus huellas ya se estaban cubriendo de nieve fresca.
El cuerpo tapado atraía todas las miradas.
La presencia de Elspeth corriendo por la nieve con sus botitas convertía la escena en un auténtico espectáculo.
Los esquiadores se daban la vuelta para mirar dos veces al paso del equipo de patrulla.
Algunos señalaban la camilla; otros a Elspeth.
Para Victoria, la visión del cuerpo era un crudo recordatorio de que nadie era invencible.
Para otros, toda la procesión parecía puro entretenimiento.
Dos chicos con tablas de snowboard —el chaval de la cresta y su amigo— aminoraron la marcha para seguirlos, grabando con sus móviles.
—¡Esto es oro puro! —gritó Hawk.
—¡Eh! Tened un poco de respeto —le espetó Ned, haciendo eco de los pensamientos de Victoria.
Al acercarse a la zona de la base, los esquiadores los señalaban. La noticia se estaba extendiendo. Una docena de personas se había congregado cerca de la entrada del hotel, ya con los móviles fuera y grabando.
Retazos de conversaciones ajenas hicieron que Victoria se estremeciera. —...se cayó de la silla...— —...había sangre por todas partes...— —...un alud en una pista trasera, por eso va el perro con ellos...—
Nada de aquello era correcto, y eso resultaba preocupante. La información falsa podía multiplicarse a una velocidad alarmante y sembrar el pánico. Eso era lo último que necesitaban en una estación de esquí donde todos estaban confinados sin forma de salir.
—Por favor, den un paso atrás —indicó Victoria mientras Alex y Jordan pasaban la camilla a un soporte con ruedas que los esperaba. La multitud retrocedió apenas unos centímetros, sin dejar de grabar con los móviles.
Con el equipo de invierno y después de haber estado a la intemperie, el calor del hotel resultaba sofocante. Mientras empujaban la camilla entre adornos navideños, una alegre canción de Navidad sonaba por el hilo musical. No era precisamente la banda sonora adecuada para su lúgubre procesión.
Las conversaciones se interrumpieron cuando los huéspedes dejaron de hacer lo que estuvieran haciendo para quedarse mirando el cuerpo cubierto. Algunos curioseaban desde la distancia, dejando espacio para que los patrulleros pasaran. Unos pocos se acercaron más, lanzando preguntas a Alex y Jordan.
Victoria observaba las reacciones de todo el mundo. ¿Quién parecía demasiado curioso? ¿Quién parecía nervioso en lugar de conmocionado?
Cuando las puertas del ascensor se abrieron con un tintineo mecánico, la radio de Alex se encendió.
—Alex, soy Corey. Todavía necesito que un miembro del equipo de patrulla evalúe las pistas del este y Smoke’s Ridge antes de que llegue esta ventisca. No puedo estar en todas partes a la vez.
—Recibido —respondió Alex, maniobrando su extremo de la camilla con una mano—. Jordan y yo nos estamos encargando de un asunto en el hotel, pero uno de nosotros irá a revisar esas zonas en cuanto podamos.
—¿Por qué estáis dentro cuando necesitamos a todo el mundo aquí fuera? —preguntó Corey, con una frustración evidente.
Alex dio un último empujón a la camilla para colocarla dentro. —Como te he dicho, estaremos allí pronto. —Terminó la transmisión y volvió a enganchar su radio en la correa de la cadera.
—¿No vas a decírselo? —preguntó Jordan en voz baja.
—No por la radio —replicó Alex—. El equipo no necesita distracciones ahora mismo.
Victoria aprobó la discreción de su hermano, aunque solo era cuestión de tiempo que todos en Black Ridge supieran que una mujer había muerto allí.
En la planta inferior del hotel, el aire era cálido pero viciado, impregnado de un olor acre a café requemado.
Cuando llegaron a la zona médica, un hombre de traje —de unos cincuenta años, de complexión atlética y pelo canoso— caminaba de un lado a otro con auriculares inalámbricos puestos. Se detuvo en seco al verlos.
—Este es Peter Stanhook, nuestro gerente general —dijo Alex—. Peter, te presento a mi hermana, la agente especial del FBI Victoria Heslin, y al doctor Ned Patterson, su prometido.
Los ojos de Peter se desviaron hacia el cuerpo cubierto y luego volvieron a Victoria. —Gracias a Dios que está usted aquí —dijo con voz ronca—. Esto es un problema muy grave.