Mentira, Mentira, Verdad Capítulo 25
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Capítulo 25

P resente

Aquella noche en que mataron a mi padre, me quedé en estado de shock. Triste. Asustada. Furiosa. Al igual que Jason, quería venganza. Eso fue hasta que dejé que las opiniones de los demás se impusieran a las mías.

La gente decía que mi padre era un asesino. Un asesino de niños. Un monstruo.

Así no lo recordaba yo. Nunca vieron los buenos momentos que vivimos juntos. Claro que perdía los nervios, como mucha gente. Sí, tenía sus manías que lo hacían único.

Pero no era un monstruo. Los monstruos son la gente de este pueblo —lo eran, lo son.

La tía Sandra recorre el salón de un lado a otro. —Es demasiado —dice—. Y ahora la gente viene a tu casa. Es igual que la última vez. —Me mira con los ojos desorbitados—. Deberíamos irnos de aquí. Coger a tu madre y marcharnos.

Suelto el aire que sin darme cuenta estaba conteniendo. La tensión va en aumento. —¿Tienes el número del agente Anderson? —pregunto—. Él nos ayudará.

Suelta una risotada nerviosa. —George sí lo tiene. Yo no. Y no sabemos dónde están ni él ni Jason. —Mira por la ventana, y yo vuelvo la cabeza rápidamente.

—¿Y si viene más gente? —pregunta—. Ay, tenemos que irnos. Vamos a mi casa.

Al darme cuenta de que tiene razón, estoy de acuerdo. Nos preparamos y recogemos lo que necesitamos para Connie antes de ir a su habitación.

—¿Adónde vamos? —pregunta mientras la ayudamos a sentarse en la silla de ruedas.

—Solo a pasar un rato a mi casa —dice Sandra—. Hace tiempo que no vienes. A George y a mí nos encantará tenerte.

La llevo en la silla hasta afuera, y la tía Sandra le abre la puerta del coche. Entre las dos conseguimos acomodar a Connie en el asiento delantero. Hay un problema, sin embargo. La silla de ruedas no cabe ni en el maletero ni en el asiento trasero. Este modelo no se pliega.

—Tu casa no está lejos —le digo a Sandra—. Yo la llevo andando.

Sandra asiente y se monta en el coche; me dice que me dé prisa en ir a su casa y me recuerda la dirección antes de salir marcha atrás por el camino de entrada. Una vez en la calle, no se va de inmediato.

—Tengo muy mala espina —dice—. No deberíamos quedarnos aquí esta noche.

—Todo va a ir bien —le digo, y ella asiente y sube la ventanilla. La observo mientras se aleja por la calle. El sol empieza a ponerse y, aunque la casa de la tía Sandra no está lejos en coche, a pie son al menos veinte minutos.

Miro las calles vacías. Ya se ha pasado el toque de queda. Lo que me faltaba, meterme en líos con la policía mientras intento encontrar un lugar más seguro donde Connie pueda pasar la noche.

La tía Sandra tiene razón. Después de lo que pasó con Dennis, no es seguro quedarse en casa de Connie. Ver a Tanner, ya tan mayor, escabulléndose por fuera de la casa lo dejó claro.

Este pueblo no ha terminado de culpar a mi familia por lo que ocurrió. Incluso ahora, con Dennis Kempmen muerto, la gente de aquí encontrará la forma de echarnos la culpa.

Intento llamar a Jason otra vez, pero salta directamente al buzón de voz.

—Esta noche vamos a casa de la tía Sandra —digo, dejando un mensaje.

Enseguida le mando un mensaje al tío George diciéndole que vamos de camino a su casa, olvidando, después de enviarlo, que la tía Sandra me comentó que él nunca contesta los mensajes.

Aunque Sandra probablemente ya le habrá llamado o lo hará en breve.

Comienzo a empujar la silla de ruedas por la calle en dirección a casa de la tía Sandra. De camino, la mente me va a mil con todo lo que ha pasado. Sophia Hughes desaparece y mi mundo entero se pone patas arriba.

Al pasar por la calle principal, veo otro grupo de personas con chalecos amarillos y linternas en la mano. Me fijo en un grupo que se dirige en sentido contrario por un sendero que se adentra en el bosque. Está oscureciendo, pero eso no frena a los grupos de voluntarios en su búsqueda.

Es la segunda noche que Sophia lleva desaparecida.

Todo el mundo sabe que las primeras cuarenta y ocho horas son cruciales en un caso de persona desaparecida.

Que esa persona desaparecida sea una niña pequeña, y que pueda ser una nueva víctima de las Desapariciones del Lazo Rojo, hace que mucha gente de este pueblo, y de fuera de él, esté haciendo todo lo que puede, toque de queda o no.

Y yo intento por todos los medios mantener a salvo a mi familia.

Giro por la calle. La silla de ruedas, tan aparatosa, hace ruido y se queda atascada en un bache enorme.

Voy hacia atrás y hacia delante aprovechando el impulso hasta que por fin consigo sacar una rueda.

No estoy prestando atención a por dónde voy. Tengo la cabeza demasiado ocupada.

Más adelante está mi antiguo colegio. La hierba del largo campo que hay detrás parece casi azul bajo la luz de la luna. Al fondo está la apertura hacia el bosque, cerca del viejo columpio. El columpio ya estaba oxidado y deteriorado cuando yo era pequeña. Me pregunto si seguirá ahí.

Me pregunto si el club seguirá en el bosque. Recuerdo que el agente Anderson exigió que lo demolieran. ¿Llegó a pasar? Yo sabía moverme por el bosque hasta el club, de noche y de día.

El pueblo de Kadestill está lleno de senderos. El bosque lo rodea casi por completo. Mucha gente se está concentrando en buscar en las zonas donde se llevaron a Sophia. ¿Ha mirado alguien en el bosque de por aquí?, me pregunto.

Sé que la tía Sandra necesita la silla de mamá. Con lo menuda que está mamá ahora, Sandra podría meterla en casa con relativa facilidad. ¿Y si aprovecho un momento para ayudar en la búsqueda? Iría sola, pero conozco bien esta zona. Un vistazo rápido no puede hacer daño.

Las farolas se encienden, recordándome lo oscuro que se está poniendo.

Hay suficiente luz para que pueda adentrarme un poco en el bosque y volver sin problema.

Sin pensármelo demasiado, aparco la silla de ruedas en el aparcamiento del colegio, en la plaza reservada para personas con movilidad reducida.

Atravieso el campo del colegio hacia la apertura del fondo de la valla. Mientras lo hago, pienso en visitar el club, aunque sea por nostalgia. Pero hace años que no voy por allí. Con lo rápido que está oscureciendo, sé que no es buena idea.

Cuando veo movimiento delante de mí, me doy cuenta de que estar sola aquí tampoco es buena idea. Me detengo en seco al reparar en algo que se balancea en el aire. Tardo un momento en darme cuenta de que es un pie. Supongo que ni siquiera los niños se están tomando el toque de queda muy en serio.

Al dar otro paso, veo una silueta mucho más grande en el columpio. Un adulto está en el viejo columpio, junto a la apertura de la valla.

Me quedo paralizada. No hay nadie más aquí excepto esa persona y yo. Quienquiera que sea, parece que aún no me ha visto, pues sigue columpiándose en el aire. Por suerte, llevo ropa oscura.

El hombre del columpio se detiene de repente y se levanta. No logro distinguirle la cara, y entonces entiendo por qué. Lleva un pasamontañas negro. El hombre y yo nos miramos; entonces él empieza a moverse. Coge algo largo y negro que estaba apoyado contra el armazón del columpio.

Paralizada, lo único que puedo hacer es observar cómo el hombre del pasamontañas negro da un paso hacia mí, con el palo largo y grueso moviéndose en su mano.

Pero no es un palo. Lleva una escopeta.

Sin decir una palabra, da otro paso hacia mí.

De inmediato, reacciono. No grito ni chillo. En cambio, me doy la vuelta y echo a correr tan rápido como puedo en dirección contraria. Sin darme casi cuenta, paso volando por el aparcamiento del colegio, dejando la silla de ruedas atrás. No pienso realmente. Solo corro con un destino en mente.

El centro está a solo unas manzanas. Tengo la sensación de que, una vez allí, habrá demasiada gente para que el desconocido enmascarado me siga. Puedo llegar hasta el grupo de búsqueda que vi adentrarse en el bosque. Solo tengo que llegar.

Eso si todavía viene detrás de mí. Me imagino que si me vuelvo, veré al hombre del pasamontañas negro persiguiéndome, cada vez más cerca.

No puedo mirar atrás. Solo puedo mirar hacia delante mientras me apresuro hasta la calle principal. Cuando estoy a punto de cruzar una calle, una camioneta roja casi me atropella.

—¡Ali! —grita una voz conocida—. ¿Pero qué demonios estás haciendo? —George está en el asiento del conductor de su camioneta, mirándome con cara de extrañeza.

Tiro de la puerta intentando abrirla, pero está cerrada con llave. —¡Abre la puerta! —grito. Parece que tarda una eternidad en hacerlo. Sintiéndome a salvo por fin, miro hacia atrás.

El desconocido no está. Recorro con la mirada las calles poco iluminadas, pero no hay nadie.

Cierro la puerta de golpe en cuanto estoy dentro. —¡Arranca! —le grito a George—. ¡Deprisa! —Saco el móvil del bolsillo y empiezo a marcar.

—¿Qué está pasando? —dice George, desconcertado—. ¿A quién llamas?

—A la policía.