Epílogo
Kerr
No me canso de ver a Gin patinar. No lleva el traje de hockey que le hice, pero sí rodilleras y codilleras atadas a ella. Cuando va a hacer giros peligrosos, se pone un casco. No puede evitar caerse. Por eso, lo hace como algo natural para enseñar a sus chicas.
Una de ellas acaba de ser medalla de oro. Hemos vuelto de las olimpiadas.
Tras enseñar la medalla, se han puesto a entrenar. Gin es muy dura.
Porque se toma muy en serio esto.
Alza la cabeza y le digo hola con la mano. A mi lado, Sasha juega con el móvil. Tiene ya nueve años y parece un poco más tranquilo. Su madre ha quedado con su marido a solas, para celebrar su aniversario. Y yo me he quedado con Sasha para darles intimidad.
—¿Vamos a pedir pizza?
—La vamos a hacer. —Sasha asiente.
Al acabar el entrenamiento, esperando a Gin, su padrino se nos acerca y le dice a Sasha que lo espera en los entrenamientos. Sasha no le hace ni caso. Su afición por el hockey le duró poco. Ahora dice que quiere ser creador de videojuegos. A ver mañana qué quiere ser.
Cuando Gin sale, corre a mis brazos como si no nos hubiéramos visto esta mañana. Luego saluda a Sasha con cariño. Nos vamos los tres juntos a nuestra casa. Al llegar, Gin va a cambiarse. Sasha me roba el mando de la tele y yo hago la pizza casera para todos.
Cuando Gin regresa, me abraza por detrás.
—Lo van a soltar. —Sé de qué habla. De Orson. Le cayeron varios años, por lo de Gin y por otras niñas. Por buena conducta lo van a soltar.
—¿Estás bien?
—Sí, porque sé que la gente sabe quién es y, aunque sea libre, nunca podrá vivir en libertad tras lo que hizo.
—No, no podrá. Será esclavo de sus actos toda la vida.
Acaricio su mano donde descansa la alianza de boda. Nos casamos hace tres años. Tras mi jubilación, ahora estoy en el club ayudando y he creado mi sede para niños con pocos recursos. Y también para niños que necesitan un lugar donde sentirse seguros.
—Tengo hambre —me informa Sasha.
—Un pozo sin fondo —le digo a Gin—. Con suerte se dormirá pronto y podré disfrutar de ti.
—Pues yo que tú iría practicando…
Le hago mirarme y veo la verdad en sus ojos. Decidimos esperar unos años. Llevamos un año buscando, pero no llegaba, y ahora… Madre mía.
—¿Estás embarazada?
—De poco… —La beso y luego me entran los siete males—. Kerr, vamos a poder con esto.
—¡Tengo hambre!
—No, si sale como ese trasto. —Se ríe.
—Sí, porque lo haremos juntos, como un equipo.
—Eso no lo dudes.
Nos besamos y preparo la pizza sin dar pie con bola. Joder, voy a ser padre. Antes de acostarme, llamo a mis padres. Lloran y les hago prometer que no le regalarán patines.
—No, pero le viene de serie —añade mi padre—. Si es la mitad de bueno que los dos…
—No empieces, papá. —Se ríe.
—No lo haré. Le dejaremos que decida.
Gin me abraza feliz. Yo no recuerdo haberlo sido tanto en toda mi vida.
***
Entro al bar donde la conocí; como cada aniversario de ese día, venimos aquí.
Llega ella primero y yo entro poco después.
La busco y está hoy en la barra. En el mismo lugar.
No me mira, pero me siente. Su cuerpo se agita.
Han pasado los años y me sigue pareciendo la mujer más hermosa que he visto en mi vida.
Me siento cerca de ella. El camarero es otro, pero nos sirve patatas. Ya nos conoce de otras veces. No nos juzga por nuestras excentricidades.
Se gira para mirarme; el embarazo le sienta de maravilla. Nuestra hija crece en su interior con fuerza. Una niña, una que deseo que sea como su madre. Con ese pelo castaño y esos grandes ojos dorados.
Todo esto se parece a ese primer encuentro y, sin embargo, no lo es, porque su sonrisa habla de amor. De todos esos te quiero que ha dicho y de todos los que vendrán.
—Puedo compartir mis patatas contigo.
—Gracias, pero, por si no lo sabes…, esta noche pienso follar contigo. —Me río.
—Eso no fue lo que me dijiste.
—Es hora de cambiar el pasado. Me gustan más los presentes que escribimos juntos.
Cojo su cara entre mis manos y la beso. Al separarnos, está agitada y excitada.
—Ese día quise hacer esto.
—Y yo. —Se alza y me da un beso intenso—. Nos vamos. Te necesito solo para mí.
Le digo que nos ponga las patatas para llevar y nos marchamos a nuestra casa. Reímos felices, como dos adolescentes, y no dejamos de besarnos.
Ese día no hice lo que deseaba cuando la vi, ella tampoco, pero me alegra que todo pasara así. Porque cada decisión, cada error, cada caída, te lleva sin saberlo al momento más importante y crucial de tu vida. Ese para el que no hubieras estado preparado de no pasar por todo esto.
Empieza a llover y saca el móvil. Pone música y lo guarda en su bolsillo mientras una capa fina de lluvia cae entre los dos.
—Nuestra casa está a unos pasos.
—Vamos a tener una hija. Tal vez no tengamos muchos momentos de hacer el loco bajo la lluvia. —Me tiende la mano.
Tiene razón, nos tocará amarnos como padres. Crecer mientras alguien a quien amaremos con todo nuestro ser, nos seguirá al doscientos por cien.
Estoy deseando ser padre con ella.
Pero tiene razón, no sabemos qué pasará mañana. Solo tenemos el hoy para bailar como dos locos bajo la lluvia.
Cojo su mano y bailamos juntos, como tantas veces lo hemos hecho en el hielo, juntos, para que ella nunca dejara de volar. La hago girar. Se ríe feliz. La miro perderse en mí, mientras asimila que nuestra vida está a punto de cambiar. En unas semanas ya no seremos solo ella y yo.
Nos movemos libres y felices. Con la ilusión de mirar al futuro sin planes. Solo con metas. Ella es todo mi mundo y no hay nada que me guste más que conquistar cada parte de ella cada día. De las existentes, la de cada día y las que vendrán.
Yo soy su capitán y ella es mi princesa.