Capítulo 28
Ginette
La semana se me ha pasado volando. Ahora estoy con mi madrina en la peluquería. El vestido que ha elegido para esta noche espera en su casa. Kerr me ha dicho que nos vemos allí y luego vamos a su casa a tomar la última copa.
No quiero una copa, lo quiero a él.
Esta semana solo nos hemos visto para los vídeos de la app y para los entrenamientos.
Mi padrino dice que tiene un entrenador, que se incorpora en un par de semanas.
No me ha dicho más. Pero sí estamos viendo cómo esto les está dando agilidad al equipo.
Ya se han repuesto de la derrota. El domingo tiene partido en casa y Kerr quiere que grabe sus rutinas.
Me ha dicho que puedo quedarme en su casa para estar allí cuando las empiece. No sé qué haré, pero hoy le he dado a Kerr una pequeña bolsa con mis cosas y ropa para pasar más de un día. Así la dejaba en su casa para que pudiera tenerlas allí esta noche.
Al acabar con la peluquería y el maquillaje, vamos a casa de mis padrinos. El vestido es precioso. De un color negro muy elegante, con transparencias en un costado. Es elegante y sexi.
—Estás preciosa. —Mi padrino me mira emocionado. Luego me hace varias fotos.
Su mujer nos hace una foto a los dos juntos y me da un beso en la frente con cariño.
—Ahora a disfrutar, que yo llego tarde a mi cena. —Mi madrina nos acompaña a la puerta.
Vamos hasta el coche donde nos espera el chófer. Lo saludamos. Es un amigo de mi padre. Mi padre no quiso venirse porque su vida estaba en otro lugar.
—Te van a preguntar por tu relación con Kerr. —Miro a Stewart.
—Que digan lo que quieran. —Sonríe, risueño—. Solo somos amigos.
—Ahora se le llama así, querida.
Llegamos y nos abren la puerta. Sale y me tiende una mano.
La gente ya sabe que para él y su mujer yo soy como una hija.
Nos hacen fotos y, al llegar al photocall , me preguntan por Kerr, si somos algo más que amigos y si el tanto me lo dedicó a mí.
Desde que lo hizo, no paran de mirar nuestras imágenes con lupa.
Lo que ha traído más suscriptores a la app, lo cual es bueno.
—¿Vas a volver a competir? —me pregunta uno y lo miro sin creer su pregunta.
—Antes de abrir la boca deberías informarte, muchacho —le dice Stewart y tira de mí hacia dentro.
Su pregunta es normal; yo me la hice muchas veces. A los médicos igual.
—No, es imposible. Por muy bien que haya ido la operación, tu carrera ha terminado. —Odié esa respuesta. Odié que esforzarme por recuperarme no sirviera para mi propósito.
—Eh… —me dice Kerr—, alegra esa cara, que estás preciosa.
Kerr me devora con la mirada y la prensa hace fotos mientras yo me pierdo en lo sexi que está con el traje a medida.
Intento no devorarle con la mirada, algo que me cuesta cuando se presenta ante mí tan guapo.
Esto no va a ayudar a que dejen de hablar de nosotros, pero a él le da igual y a mí hace tiempo que también.
Para la prensa solo soy el momento, ese instante donde brillas y ellos se enriquecen, hasta que te apagas y ya no reluces ante las cámaras.
Todo pasará. Al final te olvidan rápido, cuando hablar de otro les da más visualizaciones.
Lo peligroso de este mundo es creer que esa gente estará ahí pase lo que pase.
Yo descubrí, cuando no estaba preparada, que no era así.
Entramos a donde es la fiesta. Han habilitado el salón de un prestigioso hotel de la ciudad para ello.
Hay mucha gente del mundo del deporte. Kerr se marcha con Sayer, tras prometerme que luego vendrá.
Mi padrino me lleva hasta donde están varios de sus amigos y me los presenta, orgulloso de llevarme colgada a su brazo.
Empiezo a pensar que mi madrina no tenía ninguna cena, pero sabía que a Stewart le hacía ilusión venir conmigo a este sitio y así no se sentía mal por no poder traernos a las dos.
Vemos a una mujer de patinaje que competía conmigo. Al reconocerme, me da un abrazo.
—Qué alegría verte. —Irma es una de las pocas que, tras lo que pasó, me dijo que si necesitaba algo, ahí estaba.
El problema es que, cuando fui capaz de volver a hablar con gente del mundillo, temí escribirla y que me rechazara como otros que me habían dejado en visto. Pero por su abrazo, tal vez ella hubiera sido diferente.
—Me marcho a dar un paseo. —Mi padrino se aleja.
—Qué bien te veo y he visto que estás entrenando a los chicos de hockey.
—Bueno, solo estoy dando contenido a la app.
—Bueno, como sea. Yo dejé las competiciones hace dos años. —Andamos por la sala y cojo algo de beber de una bandeja. Un refresco de naranja.
—¿Y eso?
—Me quedé embarazada y me cambió la vida y el cuerpo. Di a luz con cesárea y me costó recuperarme. Cuando quise incorporarme, ya era tarde para mí.
—Lo siento.
—Sabes que no es fácil renunciar a tus sueños.
—Lo sé.
—Pero encontré otro camino. Ahora entreno en París, Francia, a un grupo de niñas.
Son increíbles y ellas están en cada giro.
Cuando las miro repitiendo mis ideas, es como si yo patinara a su lado.
—Veo la emoción en sus ojos. Saca una tarjeta de su bolso—.
Ahí tienes mi número, por si alguna vez quieres venir a vernos y me llamas.
Me encantaría que les dieras unas clases. Eras la mejor.
—No sé si eso es lo que quiero.
—Las cosas no se saben hasta que las pruebas. —Aprieta mi brazo con cariño—. Escríbeme. Podemos hablar de lo que sea.
—Lo haré. Me ha gustado verte.
—A mí también —le digo.
Me habla un poco más de su trabajo y veo el brillo que tenía antes en los ojos cuando patinaba. Ella ha encontrado su camino. Se marcha con unos amigos a bailar. Kerr se me acerca. El traje le sienta como un guante. Es sexi y lo sabe; no trata de esconder toda esa magia que transmite en la gente.
—¿Lo estás pasando bien?
—Mejor cuando esté en tu cama, desnuda y con tu lengua entre mis piernas. —Agranda los ojos y luego gruñe. Se acerca y me da un beso en la mejilla. Al apartarse, me dice:
—Pienso ver primero cómo te corres tú sola, para imaginar cómo lo haces cuando no estoy a tu lado y piensas en mí.
—Das por sentado que pienso en ti cuando lo hago. —Su mano sube por mi espalda.
—La doy, sí.
Deja su mano cerca de mi trasero. Trago con dificultad. Cuando se aparta, tengo la respiración acelerada y un cosquilleo entre las piernas que me hace ser consciente de lo mucho que lo deseo. Pasan unos canapés en bandejas y cojo uno. Kerr no deja de mirar mi boca mientras lo degusto.
—Te gusta provocarme.
—Me gusta mirar lo que luego voy a devorar lentamente.
—Para, Kerr. No es el lugar.
—Es cierto, no quiero que nadie me haga fotos empalmado. Pero has empezado tú, porque estás nerviosa por lo que sea que has hablado con esa mujer y querías distraerte. —Abro la boca para desmentirlo, pero me conoce bien.
Andamos hasta donde está Sayer. También está muy guapo esta noche. Me pregunta por la fiesta y le cuento lo de mi antigua compañera.
—¿Y qué vas a hacer con su ofrecimiento? —Sayer espera una respuesta.
—No lo sé. Solo sé que quiero acabar con las prácticas y luego, bueno, viajar y encontrar mi sitio. Había pensado en Europa y ella está en París.
—Bueno, ya lo harás. —Kerr me da un apretón en el brazo.
Veo la certeza en su mirada. La certeza de que un día encontraré mi camino. Eso me tranquiliza y me calienta por dentro. La orquesta que han contratado empieza a tocar y voy a buscar a mi padrino. Bailamos juntos. Su mirada de orgullo me hace vibrar.
—Tengo mucha suerte de tener dos padres que me quieren tanto. —Lo abrazo. Se ha emocionado. Tose para controlar las lágrimas.
—Y yo de tenerte a ti.
Giro y caigo sobre sus brazos. Levanto la cabeza y sé que Kerr está detrás de mí.
—No sé qué lío os traéis entre los dos, pero, como le hagas daño, te tiro de mi club —le amenaza.
—Mi idea es solo hacerla feliz. —Por cómo lo dice, me sonrojo. Stewart niega con la cabeza y nos deja solos—. No sé si es buena idea bailar juntos. Me pone mucho verte bailar.
—Al final vas a conseguir una foto indecente si te lo propones. —Me tiende una mano y la acepto.
Pasa sus manos por mi espalda y me acerca a él.
Sus ojos azul verdosos están fijos en mí, como si no existiera nadie más en esta fiesta.
Me pregunto si a todas las mujeres con las que se quiere acostar las mira así.
No puedo dejarme llevar por esa mirada que me hace sentir única y olvidarme de que, aunque tal vez ahora menos, no deja de ser un mujeriego y un conquistador.
—Deja de darle vueltas a lo que sea que estás pensando.
—No estoy pensando nada —le digo, algo sonrojada por ser tan evidente.
—Te conozco lo suficiente para saber qué cara pones cuando te rayas.
Frunzo el ceño, molesta. Mueve las manos para hacerme girar.
Caigo sobre su pecho agitada por la vuelta.
Lo repite y luego acerca su boca peligrosamente a la mía.
Si me besa aquí, mañana seremos la comidilla de todos; si es que no lo somos ya, con este baile tan poco decente, por lo pegados que estamos.
Cuando acaba la pieza, Sayer me pide un baile y bailo con él. Al acabar, voy con Irma porque me hace señas. Acepto el refresco que me ofrece.
—Eres la envidia de toda la gala por tener la atención del capitán Gallagher.
—Bueno, solo es atracción.
—Como sea, disfruta.
Vamos donde están sus amigos y me presenta a un entrenador de un grupo de niñas, Ernesto.
—Ahora nos hemos quedado sin pista. La nuestra se ha roto y la están arreglando —comenta el entrenador.
—Pásate por mi oficina —dice mi padrino—. Veremos qué podemos hacer.
Este asiente y luego Stewart me hace señas para alejarnos.
Se despide de mí. Está cansado y se marcha a casa.
Mira a Kerr y este le hace señas para decirle que cuidará de mí.
Lo veo irse y regreso a la fiesta. La mirada de Kerr sigue todos mis pasos.
La promesa de sus ojos es más evidente cada segundo que pasa y noto el temblor de mis piernas ante la necesidad urgente de tenerlo dentro de mí.
—Hace años que mi marido no me mira así —apunta Irma—.
Claro que con la pequeña es complicado. Y más porque le cogí tirria tras parir.
—La miro impactada—. Me siento mal por ello, pero es la verdad.
Los dos éramos padres de una niña, pero él seguía compitiendo y patinando.
Yo tuve que renunciar a todo para ser madre.
No lo soportaba. Tuve que pedir ayuda psicológica.
Me costó aceptar que él no tenía la culpa.
Hasta que no encontré mi camino, fui un poco cabrona con él.
Pero bueno, ahí seguimos. A veces no sé si porque nos queremos o porque tenemos una niña preciosa. Así que, aprovecha y disfruta.
—Sí.
—Nos vamos —dice Kerr poniendo su mano en mi espalda.
—Me ha encantado hablar contigo —me comenta Irma y me abraza—. Tú entiendes mi dolor. No dejes de llamarme.
—No lo haré. Ahora te envío un mensaje.
Nos despedimos de todos los demás y vamos hasta el coche de Kerr; ha venido con él. Nos lo traen y el aparcacoches sostiene mi puerta. Entro dentro. El cuero del asiento abraza mi cuerpo. Estoy tan caliente que el frío no hace más que excitarme más.
Pone su mano en mi muslo mientras conduce y va subiendo caricias hasta casi mi sexo.
—¿Estás lista para esta noche?
—Sí.
Su sonrisa se hace más lobuna. No sé dónde me estoy metiendo, pero, por una vez, no quiero pensar en nada, solo en él.