Capítulo 13
Ginette
Monto en el avión con Simon sin saber cómo mirar a Kerr a la cara y hacerme la tonta; cómo no mirar su boca y suplicarle un beso más. Recordar que tal vez otra acabó con el calentón que yo le proporcioné.
Mi ex en eso era muy egoísta. Solo me tocaba si él estaba cachondo.
Si acababa primero y yo no, me daba las gracias y se ponía a jugar a la consola, mientras yo estaba ahí, sin saber qué hacer con el calentón que tenía.
Pero con Kerr no fue así. Fue como si verme excitada le diera la vida.
Su forma de mirarme la tengo grabada a fuego. Me sentí hermosa. Sexi…
Esa noche no debió pasar. Ahora no sé cómo olvidarme de lo que experimenté. Que se parezca a mi ex, en lo de ser capitán de hockey y mujeriego, me importó las primeras horas. Porque, cuando lo miro, no veo a Thilo.
Me siento y saco el móvil. Veo que tengo varios mensajes de un número que no tengo en la agenda. Desbloqueo el teléfono, curiosa, y en el primero leo que es Kerr. Me pide que lo guarde. Gruño, pero lo hago.
Kerr: Soy Kerr. Lo de anoche no es lo que parece. Sé que no te debo explicaciones, pero no soy tan cabrón para liarme con alguien la misma noche. Tal vez no te importe, pero quería dejarlo claro. Yo no soy así.
No me importa, no. ¿Quién te ha dado mi móvil?
Los busco en el avión y lo veo no muy lejos, mirándome mientras escribe. Va con su gorra calada, pero siento sus ojos clavados en mí antes de escribir.
Amanda. Le dije que tenía que decirte algo importante para la app.
Bueno, pues ya me lo has dejado claro. Disfruta del viaje.
No pongas la película sin mí.
Voy a dormir.
¿Para pensar en mis dedos entrando y saliendo de tu apretado coño?
Vamos, admítelo.
Simon se ríe a mi lado. Miro a Kerr, que parece divertido por mi sonrojo, y le fulmino con la mirada.
Primero, decidimos hacernos los tontos.
Segundo, sigo siendo casi diez años más joven que tú… No te ponen las adolescentes. ¿Recuerdas?
Cada vez me cuesta más mirarte y ver que eres una cría. Pero solo quería ver una película y tú dormir para recordarme. Es tu culpa.
No pienso tenerte dando vueltas en mis sueños.
Nos avisan que apaguemos los móviles y nos pongamos el cinturón. Simon lo ha leído todo y me mira divertido, como diciendo: «Esto no se ha acabado, disfruta».
No, es mejor no hacer nada.
Por eso, cojo la mano de mi amigo y entrelazo mis dedos con fuerza.
—Todo irá bien —me susurra—. Estoy orgulloso de ti. Pase lo que pase.
Pase lo que pase. Simon sabe lo justo para entender que algo me cambió para siempre. Y que estos pasos son un mundo para mí. Por eso, sé que tiene razón: pase lo que pase, estoy orgullosa de esa mujer que se enrolló con un hombre en el ascensor y disfrutó.
***
—Lo mismo está muerta. —Simon se ríe y noto un dedo en mi nariz. Abro los ojos y fulmino a Kerr con la mirada.
—Duerme como si estuviera muerta. Eso sí. —Simon se marcha.
—No estoy muerta —digo cogiendo el agua y buscando algo dulce para comer. Luego, me estiro como un gatito y siento los ojos de Kerr fijos en mi cintura, en la piel que se ve cuando la camiseta se levanta—. Deja de mirar, lo de ayer fue…
—¿Ayer? Llevas muerta tres días. —Sonríe. Me gusta verlo relajado—. Vamos a ver una película, que necesito distraerme.
—¿Te da miedo volar? —Asiente y me fijo en que está tenso. Busco los cascos y le tiendo uno—. A mí antes también, pero volaba a menudo. Fui a un psicólogo y me ayudó mucho.
—Yo paso de eso. Solo quiero que aterricemos y besar el suelo.
Pongo una de las películas que he descargado para ver sin conexión de una de las plataformas.
Comparto mis galletas con él. Está tenso y no me di cuenta antes de eso. Tampoco de cómo se baja la gorra para que nadie vea el miedo en sus ojos. Miro la película, siendo muy consciente de él y de que, tras horas y días estudiándolo, no he visto la verdad. Solo la superficie.
Lo miro de reojo y él hace lo mismo conmigo. Aparto la mirada casi siempre primero. Pero vuelvo a caer.
Cuando toca mi brazo y deja pequeñas caricias en él, lo dejo hacer. Me gusta sentir sus dedos por mi piel.
—¿No te molesta que ellas solo busquen de ti fama? —le pregunto por la mujer de anoche.
—Sí, pero no va a cambiar a menos que tenga novia formal.
—Tal vez deberías sentar la cabeza. En nada peinas canas. —Nos miramos y su caricia sube hasta mi codo.
—Tal vez. Por cierto, ya no te odio. —Me río por cómo lo dice—. Sigues siendo una niña de papá molesta…
—Y tú un idiota por no buscar la verdad, pero yo tampoco te odio por ser un capullo. Entendí tu punto de vista.
—Yo no el tuyo —aparto el brazo y me lo coge—, pero me da igual. Mira dónde estoy. Entre toda esta gente, para distraerme, te he elegido a ti. —Eso hace que mi corazón dé un vuelco.
Yo me callo el decirle que, entre todas las personas, para sentir deseo de nuevo, lo he elegido a él. Lo que hay entre los dos no tiene ni pies ni cabeza.
Tomo aire y su perfume cala mis sentidos. Eso, sumado a sus caricias, hace que me remueva inquieta en el asiento. Lo nota. No dice nada, pero sus ojos azules me calientan.
—Gracias por la película y la distracción.
Kerr regresa a su asiento cuando aterrizamos. Cojo mis cosas y no lo veo porque ha salido con el equipo y se lo han llevado a ver a los fans. Simon y yo hemos ido por otro lado para coger el coche e ir a casa.
Cuando entro, me siento diferente.
He salido dos veces sola, aunque Kerr me ha acompañado, y he besado a alguien. Le he dejado que me tocara y no sentí miedo.
Entro a mi cuarto y abro la caja de mis medallas. Al verla, noto cómo duele no tener más. Cómo duele que todo acabara pronto. Las toco con la garganta cerrada.
Esa noche no solo perdí mi carrera. Esa noche me di cuenta de que la vida está llena de monstruos disfrazados de personas que crees que son corderos, hasta que es demasiado tarde. Y, lo peor, es que a veces siento si todo este dolor y miedo está mal en mí y no debería sentirme así.
Me miro al espejo y, aunque no quiera, quien me devuelve la mirada es una adolescente de diecisiete años en el hospital, que acaba de aceptar que nunca, nunca será la número uno.
Kerr
Sasha corre a nuestros brazos en cuanto nos acercamos a la puerta de la casa de Sayer. Amanda nos escribió para decirnos que nos quería ver. El pequeño corre de un lado a otro y, cuando Sayer cierra la puerta de su casa, se pone a saltar por los sofás. Su madre le dice que pare, pero ni caso.
—¿Qué tal el viaje? Los vídeos de la app son muy buenos. Han subido los seguidores.
—Eso he visto —comenta Sayer, que coge a Sasha en brazos hasta que este se suelta.
—Simon y Gin son un gran equipo. Y muy buena gente.
—Enchufados, también —añado y Amanda me mira seria.
—Te gustará saber que el padre de Simon es carpintero y el de Ginette era el chófer de Stewart.
—La miro asimilando sus palabras—. Sí, Kerr, Gin viene de una familia humilde.
Pero Stewart y su mujer quieren mucho a sus padres y, cuando esperaban a que Gin naciera, como ellos no podían tener hijos, ayudaron a cuidarla como si fueran sus padres. O, en este caso, sus padrinos.
Eso explica por qué tiene ropa de marca y ropa que no. Esa combinación entre chica de clase media y alta. Seguramente, la ropa cara son regalos de Stewart. Lo conozco lo suficiente para saber que es un hombre que cuida y mima a los suyos.
—Eso no cambia que le dio tu puesto por enchufada —apunto.
—No, pero hay una razón tras eso. Stewart se pasa muchas veces y le dice que cómo lleva estar cerca del hielo. Ella siempre dice que bien y le quita importancia. Pero la he visto temblar cuando le menciona esto. Algo pasó.
Pienso en cuando en el vestuario hablé de ganar o perder.
Más piezas que no sé cómo unir y que siento el deseo de unirlas todas.
—Vale, como sea, ya se verá cómo son. De momento, les doy un voto de confianza porque quieren hacerlo bien por ti —agrego y Sayer asiente.
—Hay más —comenta Amanda y no sé si quiero que se calle, porque necesito mis escudos para no pensar tanto en Ginette—.
Para que yo recuperara mi puesto, decidieron cobrar la mitad cada uno.
Esto me lo contó Mary, y casi dejé el puesto.
Ginette me dijo que, como hiciera eso, me cogían de los pelos para traerme de vuelta.
Amanda nos mira, a Sayer y a mí. Ninguno de los dos sabe cómo procesar todo esto. Sobre todo, lo mucho que Amanda está cambiando desde que ese par ha llegado a su vida.
—Vamos a pedir pizzas —informa Sayer para sacarme del trance.
—¡Pizzas! ¡Quiero pizza! —Sasha se vuelve medio loco y corre por la casa gritando y riendo. Pido la pizza mientras escucho cómo tira algunas cosas antes de que lo atrapen.
Cuando consiguen que se siente a ver dibujos, ando hasta donde ha tirado las cosas para recoger el desastre.
Lo hago pensando en lo que acabo de descubrir.
Luego, saco el móvil y pienso en escribir a Ginette.
No, es mejor que no, pero a partir de ahora intentaré no juzgarla a la ligera. Cosa que odio que otros hagan conmigo.
Antes de acostarme pienso en ella, como casi cada noche. Lo peor es que ya no siento los escudos que me recuerdan por qué esta atracción no es buena.
Y, como si quisiera recordarme el motivo por el que hago esto, me meto en la conversación en el grupo de mis padres, donde solo se habla de hockey.
Papá: Este año tienes que ser mejor que el anterior o empezarán a hablar de si estás para jubilarte.
Tienes que darlo todo; te noté distraído el último partido. No puedes olvidar tus objetivos.
Y así, uno tras otro. Este es su sueño… «Y el mío», me recuerdo.