Capítulo 11
Kerr
El partido ha sido increíble. Mejor que nunca.
Espero que esto no se deba a la presencia de Ginette entre el público.
Aunque sí es cierto que, para vacilar, he ido por encima de mi media.
Cuantas más cosas descubro de ella, más quiero saber…
Y no, joder, no quiero eso. Tenerla cerca me molesta porque no recuerdo la última vez que una mujer me atrajo tanto.
Algo en ella me invita a mirarla más de una vez y ayer, cuando Simon vino en su lugar, sentí desilusión.
Quería que Ginette entrara por la puerta y me mirara de esa forma que dice: «Te deseo, pero te miro como si no fuera cierto».
Frunce el ceño cuando hace esto de forma adorable.
Estoy atento a detalles en ella en los que nunca he reparado en nadie. Quiero pensar que esta atracción es porque llevo más de un año sin sexo, pero sé que no es así. Esa noche, en el bar, había otras mujeres, pero solo me apetecía estar a su lado.
Por todo esto, me recuerdo las razones por las que hacer algo con ella es un error.
Ayer hablé con mi padre. Me hizo ver que estoy más flojo.
Lo que me hizo pensar en la lesión que comentó Ginette.
Se lo comenté y dijo que son tonterías. Que él estudia cada partido y no ha visto nada raro.
Doy fe de que lo hace. Es su forma de sentir que él es yo.
Su sueño era llegar a la NHL y lo ha conseguido a través de mí.
Ginette es una distracción inoportuna con la que no contaba y es mejor que no olvide que la quiero lejos.
Como ahora, que se cuela en los vestuarios y se me acerca para grabarme.
Es tenerla cerca y notar cómo ardo al perderme en su cuerpo.
Va en vaqueros, pero recuerdo sus piernas largas mientras bailaba y su escote, mostrando la cima de sus cremosos pechos.
Tomo aire, molesto, y es un error. Su perfume a vainilla me hace desear darle un bocado.
—¿Qué piensas ahora? —pregunta. La miro a ella y no al móvil que me apunta.
«En follarte», pero eso no se lo digo. Por eso, alejo todo esto de mí y me centro en el equipo. En la app y en temas seguros, donde no la imagine sobre mí, desnuda y sonrojada.
—Pienso en que hay que valorar cada victoria como si fuera a ser la última. Disfrutar de ese subidón y dar gracias por ella sin levantar los pies del suelo para que la caída, si llega, duela menos.
Veo algo en sus ojos. Dolor. Y noto que me entiende.
Que sabe de lo que hablo. Que sabe lo que es ese instante de triunfo y de pérdida.
Agacha la mirada, me da las gracias y se marcha.
Algo ha oscurecido su mirada. Quiero ir tras ella, saber qué le ha pasado.
Saber de un pasado que no debería importarme.
Las ganas de seguirla son tan fuertes que hasta aprieto los puños para contener este impulso.
Sayer se me acerca y me abraza para celebrar, y eso hace que me olvide de mi momento de debilidad con ella. Al poco, llegan los otros; ya me han dejado demasiado tiempo solo.
***
He necesitado un baño de hielo. Me sentía muy dolorido.
Tras eso, he venido al hotel a cambiarme para la cena en equipo y salir a tomar algo.
Al bajar, varios seguidores se me acercan y los de seguridad ayudan a disipar a las masas.
Firmo a algunos niños y me hago fotos. Al salir del hotel, me proporciona un coche para mi uso personal. Voy donde está el resto.
En un italiano que hemos cerrado para nosotros.
— Buona notte —le digo al dueño, al llegar.
La familia de mi padre es de Italia. Aunque mi padre ya nació en Nueva York. Mi padre habla español, inglés e italiano. En mi casa siempre se han hablado los tres idiomas. Se preparó para cuando llegara a la NHL desde pequeño y luego la nada…
Mi abuela solo hablaba en italiano y, si quería comunicarme con ella, debía aprenderlo.
A eso se le sumó que mi padre insistió con que estudiara más idiomas para poder comunicarme mejor con mis compañeros, si llegaba a ser el capitán del equipo; ese siempre fue su objetivo conmigo, desde que vio que era bueno en este deporte.
Siempre me decía que saber diferentes lenguas te abría puertas.
El hombre me saluda con cariño y me dice que pase a la cocina.
—Espero que te guste lo que hemos preparado. —Me da a probar el tomate.
—Es como el que hacía mi abuela. —El hombre me mira emocionado.
—Me alegra. Eres el mejor. —El hombre se quita la chaqueta de chef un poco y veo mi camiseta.
—Un seguidor fiel.
Le firmo unos flyers y me hago fotos con todos los trabajadores, antes de salir a cenar con el resto. Sayer se ha pedido verduras y lo miro enfadado.
—Deja el puto régimen esta noche.
—No me toques las narices. Tengo que cuidar mi dieta o no seré bueno esta temporada.
—Yo también, pero esta cena merece la pena.
—Eso me dices siempre, para convencerme de que me salte la dieta, y así no seas tú solo. —Gruño y dice que vale—. Eres un liante. No me compensa ser tu amigo.
Acabamos picoteando de los diferentes platos y los novatos hacen vídeos para redes. Estos momentos no son exclusivos. Ellos graban cada cosa que hacen, como si necesitaran que la gente lo supiera todo de ellos a cada instante.
Sayer y yo salimos en algunos de pasada.
—Cuando los veo, me siento muy mayor —apunta Sayer—. No puede ser que las generaciones cambien tan rápido. —Da un trago a su bebida y yo me siento igual. Si hasta hablan de forma diferente y solo les saco unos años.
Antes de irnos, entro a felicitar a los cocineros y me hago más fotos con ellos.
Vamos hasta el pub y hay aficionados en la cola que nos llaman.
Algunos se paran a hacerse fotos. Yo entro rápido, para que no se líe en la entrada y sea un caos para los de seguridad.
El hombre me lo agradece y le tiendo la mano.
No es que no me quiera detener con los seguidores, pero puede producirse una avalancha de gente descontrolada; por eso me paro siempre que sea seguro.
Entro a la zona VIP y voy a pedir algo de beber.
Con la bebida ya en la mano, me acerco a la barandilla.
Estamos en el primer piso y puedo ver la pista de baile.
En unos segundos localizo a Ginette. No he tardado nada y eso me cabrea.
Sobre todo, al darme cuenta de que está bailando y el vestido de tirantes azul oscuro se sube por sus torneados muslos.
Tiene la espalda al aire. No lleva sujetador.
No es consciente de la gente que la observa, que la desea o babea por ella.
Simon sí, porque fulmina con los ojos a más de uno que trata de acercarse a ella por detrás.
Ginette se gira y me contempla. Nuestras miradas se cruzan en este mar de gente y de nuevo un capullo trata de acercarse, aunque ella no ha dado señales de querer nada. Solo está disfrutando.
Mando a uno de los de seguridad a por ellos.
Al poco, vienen y, tras darme las gracias, van a la zona donde hay otros compañeros e invitados bailando. Simon se queda cerca de su amiga, aunque lo noto más tranquilo. Por eso, se va a pedir algo para beber. Me acerco a donde Ginette baila.
La música le hace vibrar. Su cuerpo agitado se mueve y gira. Cuando me ve, no se detiene, sigue moviendo el cuerpo con gracia. Puedo ver cómo jadea por el esfuerzo, cómo vibra; su piel sudada y el pelo pegado en la sien. Está preciosa. Y jodidamente sexi.
—Te pone bailar para mí —le digo cuando se acerca.
—Eso quisieras. —Se apoya en la pared a mi lado—. Estoy seca.
—Ve a por algo de beber.
—Ya hemos gastado el importe reservado para esta noche. Ahora, cuando Simon venga con su copa, le quito un trago. —Le acerco la mía—. No bebo alcohol. —De nuevo, veo algo oscuro en su mirada.
—Yo tampoco.
Bebe por donde yo lo hacía y no sé si es por casualidad o no.
Su boca me tienta. Esa noche no seguí con el beso por poco.
Quería recorrer su boca con mi lengua, mandar a la mierda todas mis normas, porque estar con mujeres de mi edad o mayores no ha cambiado que pierda el interés.
Y con ella, la edad cada vez me importa menos. Es ella, sin importar los años.
Me devuelve la copa cuando llega Simon y de nuevo baila cerca de su amigo. Comentan cosas de la pista y se ríen juntos. Hasta que ella le dice adiós y se marcha.
«¿Cómo? ¿La deja irse sola?».
Simon parece preocupado, pero la deja marchar y saca el móvil para mirar algo. «No, joder. No quiero que vaya sola».
Salgo tras ella, molesto por seguirla. El de seguridad, al ver que quiero salir, me dice cómo hacerlo por otra puerta menos concurrida. Salgo por allí y pongo dirección al hotel. A los pocos metros, encuentro a Ginette. Se gira y me mira molesta.
—Te puedo jurar que a mí tampoco me hace gracia seguirte.
—Pero aquí estás.
—Mi madre me enseñó a ser un caballero. Me decía siempre que, aunque doliera, una mujer sola era un blanco fácil por la noche. Que ojalá no fuera así, pero tristemente lo es.
—Por eso, tengo que hacer esto sola. —Me mira agitada y nerviosa.
—Pues hazlo otro día que yo no esté.
Escribe a Simon para decirle que voy con ella.
Al parecer, él la ha dejado sola por un motivo.
No sé cuál, y siento curiosidad por descubrirlo.
Mucha. Demasiada, la verdad. Esto me molesta.
¿Qué tiene ella que no haya tenido otra mujer hasta ahora?
Ni puta idea, pero aquí estoy, a su lado, sintiendo deseos de descubrir cada cosa que empeña su mirada.
Doblamos una esquina y un grupo de borrachos le dice cosas.
La acerco a mí, poniendo mi mano en su cintura.
Gran error, porque lleva la espalda al aire.
Por eso, noto cómo la piel se le pone de gallina y cómo contiene la respiración.
No es de miedo. Es deseo caliente y denso.
Yo siento el mismo deseo agitarse en mi interior.
Al llegar al hotel, vamos derechos hasta el ascensor.
—Bailas muy bien.
—Siempre me ha gustado bailar.
—Sabías que te miraba. Te pone bailar para mí. —Se sonroja, pero niega con la cabeza. Detengo el ascensor porque, al parecer, a su lado se funden mis circuitos y todos mis escudos se van a la porra. Solo pienso en ella y en esta locura que nos posee desde que nos conocimos.
—¿Esto se va a convertir en una costumbre, Kerr? —Me acerco a ella y la miro muy cerca.
Es preciosa. Sus ojos dorados tienen matices de varias tonalidades.
Sus pestañas son largas y negras, y no solo por el rímel.
La he visto sin maquillaje y sigue siendo una belleza.
Conforme me acerco, se le sonrojan las mejillas y los labios se le entreabren.
Deseo robarle con la boca cada uno de sus gemidos.
—Tal vez. Entonces, no me deseas.
—Ni un poco.
—No, esto no es cosa mía. Esa noche, la que nos conocimos, te iba a seguir, iba a mandar todo a la porra por besarte como Dios manda.
—Yo no quería que me siguieras. —Paso mi nariz por su cuello y noto cómo contiene la respiración. Huele de maravilla. Su perfume me vuelve loco con ese toque de canela.
—Mientes.
—Demuéstralo.
Me reta y hay una luz roja en mi cabeza que me dice que me aparte. Que no caiga en la tentación, que recupere la cordura. El problema es que, desde que la vi bailar esta noche, deseé que bailara así solo para mí. Y, a poder ser, desnuda sobre mi cuerpo, con mis manos clavadas en sus caderas.
El deseo me ha cortocircuitado las neuronas. Las ha fundido. Las ha hecho papilla. Solo puedo pensar en darle el beso que esa noche me negué, para darme cuenta de que solo me atrae el quedarme con las ganas.
Cojo su cara entre mis manos y la beso. Cuando gime en mi boca, sé que estoy perdido.
El beso se nos va a ir de las manos.