Capítulo 59
G utiérrez respira hondo antes de entrar. Le han indicado que le esperan en la sala número cuatro.
Llama a la puerta.
—Adelante.
La voz de Duret llega desde dentro y el comisario empuja la puerta y entra.
La sala es sobria, con una mesa ovalada oscura que ocupa el centro y una pantalla grande instalada en la pared del fondo. Los ventanales dan a un conjunto de edificios de oficinas idénticos, de cristal y acero.
Duret está sentado en la cabecera y se levanta nada más verlo. A su derecha hay un hombre de unos cincuenta años, con un traje oscuro, espalda recta y las manos entrelazadas sobre la mesa.
—Comisario Gutiérrez, gracias por venir con tan poca antelación.
Se estrechan la mano.
—Le presento al comandante Marc Delattre.
El hombre se levanta también y le ofrece la mano.
—Un placer conocerle —dice en inglés con un marcado acento francés.
—Igualmente.
—Si no le molesta, la reunión será en inglés —añade el directivo— para mayor comodidad del comandante.
—Ningún problema —responde, y los tres toman asiento.
—Les he hecho venir hasta aquí con urgencia para comunicarles que el comisario Armand Delacroix ha sido destituido de su puesto de trabajo esta misma mañana.
Gutiérrez y Delattre guardan silencio.
—¿Destituido? —pregunta el comisario, extrañado.
—Durante un registro interno en su despacho se encontraron documentos relacionados con la operación Ébano que nunca fueron incorporados al expediente oficial.
Delattre se remueve ligeramente en su asiento.
—Delacroix alega que desconocía la existencia de esos documentos —añade.
El comisario mira a Duret.
—¿Y usted le cree?
—No. —La respuesta llega sin titubeos.
—Jamás ha sido de mi agrado —continúa el alto cargo—. Siempre pensé que me ocultaba algo y mi olfato rara vez se equivoca.
—El comandante Marc Delattre asumirá el mando del equipo francés de la operación a partir de ahora —prosigue Duret, mientras este permanece en silencio—. De hecho, ya formaba parte del equipo, pero fue designado a otro caso por motivos burocráticos.
Gutiérrez observa al comandante unos segundos y aprieta la mandíbula.
—Espero que la cooperación sea más fluida.
—Esa es mi intención. Pero también espero lo mismo por su parte, comisario —dice él, que se gira para sostenerle la mirada.
—Hay algo que deben entender los dos —interviene Duret, juntando las manos sobre la mesa y mirándolos alternativamente—. Esta investigación es a nivel europeo, no es algo local ni es a ver quién la tiene más larga.
—Lo sabemos, señor —se adelanta a contestar Gutiérrez.
—Entonces sabrá también que cuando una red alcanza ese nivel empieza a tocar intereses… digamos que delicados.
Duret se levanta y camina hasta el ventanal donde, durante unos segundos, observa el tráfico de la avenida. Luego se gira hacia ellos.
—Comienzan a llegarme presiones desde arriba. Este caso debe cerrarse cuanto antes. —Hace una pausa—. Trabajen veinticuatro horas si es necesario.
Francisco Gutiérrez intercambia una mirada breve con el comandante.
—Así se hará, señor.
El alto cargo europeo se queda mirando al comisario español.
—Gutiérrez…, a veces hay que dejar a uno en tierra para salvar al resto del equipo.
Él aprieta ligeramente la mandíbula. Sabe perfectamente lo que está insinuando, pero no piensa enseñar sus cartas.
—No suelo dejar a nadie en tierra, señor.
Durante un segundo nadie habla hasta que Duret suelta una carcajada breve seguida de unas palmadas.
—Estaba poniendo a prueba sus valores. —Se acerca de nuevo hasta la mesa y añade—: Me gusta, comisario. Usted me gusta.