Me vais a perdonar la encerrona Epílogo
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Epílogo

Un año después de la muerte de Lola

—¡Bueno, bueno! La representación ha sido un auténtico éxito de público y crítica. —Ester le acercó a Cecilio un micrófono imaginario—. Como director de la obra, ¿qué sensaciones le deja este estreno?

Ester y Olga acababan de unirse a Matías y Cecilio en el banco. Venían todos desde el teatro. Aunque el pase había sido temprano, por la tarde, a la hora a la que llegaron el sol ya se había ocultado tras las montañas. Aún había claridad y la tarde era muy apacible.

Cecilio había querido que coincidieran el día del estreno de la obra con el aniversario del fallecimiento de Lola. Era a lo que más sentido le había visto, habida cuenta de que el grupo de teatro era en su honor.

—Gracias, gracias, Ester —dijo, orgulloso, Cecilio—. Me alegro de que os haya gustado.

—Es que con ese gran elenco era difícil fallar —intervino Olga.

Los cuatro habían tomado asiento en un gesto de familiaridad que, para otros, habría resultado extraña.

A quienes solo iban al cementerio el día de Todos los Santos (y si acaso) les parecería casi cómica la forma en la que tantas veces llegaban, pasaban a saludar a la madre de Olga y terminaban allí en el banco, como si de una cafetería se tratase, charlando entre ellos y con los parroquianos fijos: Ana, Carlos, y Lola.

—¡Menudo cobrador del frac! Mejor actor tu padre que tú de aquí a Lima, por cierto —dijo Matías.

—De eso ya nos habíamos dado cuenta todos, míster obvio. —Se batieron a un duelo de muecas como si tuvieran cuatro años en vez de cuarenta y tantos.

—La verdad es que el hombre ha puesto toda la carne en el asador. Ya sabemos de dónde le viene a la hija el apasionamiento —reconoció Cecilio.

—Has hecho un gran trabajo de adaptación. Me ha encantado —lo halagó Ester.

Al poco de representar La obra de Lola , a Cecilio empezó a rondarle una idea a la que no dejó de darle vueltas hasta que se concretó en la creación del grupo de teatro.

A la vez que ponía en marcha su particular campaña de captación de actores y gestionaba todo el papeleo con el área de cultura del ayuntamiento, comenzó a pensar en qué obra podrían interpretar.

Y, entonces, se acordó de su mujer, veintipico años atrás, riendo a carcajadas con una comedia que le podría encajar: Entiéndemetúamí se llamaba.

Y se lanzó a por ello. Tuvo que adaptarla para mujeres, porque originalmente estaba ideada solo para actores, y de paso aprovechó para actualizar algunos gags.

Contactó incluso con el autor para pedirle permiso y este, amabilísimo, no solo accedió, sino que le pidió que le hiciera llegar una grabación del estreno.

Se sentía completo, motivado, diría incluso que feliz.

Y eso lo llevaba una y otra vez a las palabras que un día le había dicho Olga: «Imagina que te hubieras muerto tú en vez de tu mujer.

Y que, desde donde estuvieras, pudieses verla.

¿Qué te gustaría ver?». Sintiéndose feliz y pleno comprendió que, por supuesto y sin ninguna duda, esto es lo que Ana habría querido para él.

La siguió visitando, claro, pero no con la misma ansiedad que antaño, ni con la misma tristeza.

No es que se le hubiera pasado, qué va. La tristeza persistía, y lo haría toda la vida, pero era diferente: más serena y, desde luego, compatible con otras emociones bonitas.

Ahora, estar triste por su pérdida ya no le impedía reír con sus amigos, ilusionarse con su proyecto o emocionarse con todo lo bueno que tenía la vida.

—Y qué barbaridad de texto. Deben de haber currado un montón —apuntó Matías. Cecilio asintió.

—Y se los veía muy cómodos ahí arriba —añadió Olga—. Has aprendido a ser director y todo…

—Eso es porque aprendí de la mejor —dijo, echando la vista hacia la lápida.

¡Mira, mira! ¡Yo también te quiero, cenizo mío!

—Menos mal que me insistió para hacerla… —continuó Cecilio— y que me permitió volver cuando deserté.

—Menos mal que nos insistió a todos, no solo a ti. Porque yo estaba destrozada con lo de Álvaro… y le dije que sí por lo que se lo dije —recordó Ester.

—Anda que yo con mi madre… Éramos unos trapos —dijo Matías.

—Al menos vosotros sabíais que estabais mal. Yo, ni eso —reconoció Olga.

Para Olga, el divorcio no había sido solo un divorcio. Llegar a ese punto y tomar esa decisión le había supuesto hacer algo que nunca había hecho hasta entonces: mirar hacia dentro. Y una vez que uno mira hacia adentro ya no puede hacer oídos sordos a todo lo que se encuentra.

Y, sí, había visto que lo de Jaime era insostenible, que podría haberse tirado así la vida pero que eso habría supuesto un desperdicio para ambos.

Y había visto por qué le estaba constando tanto dar un paso que para el resto de su mundo era obvio.

Y lo había enfrentado, asumiendo que lo que hasta entonces había llamado familia, dejaría de serlo.

Y también había enfrentado las consecuencias de tantos años de inacción: las oportunidades perdidas, el «cómo habría sido si… ».

Pero una vez quitado Jaime de la ecuación, seguía faltando algo. Su vida era trabajo, deporte, amigos y aficiones. Perfecto todo. Pero, joder, Lola se había ido tan en paz, estaba convencida Olga, no por tanto que tuvo, sino por tanto como dio. ¿Y ella qué?

Esa sensación de que algo faltaba había sido un germen.

Un germen que, en otro momento de su vida, habría sido ignorado y habría muerto por no encontrar tierra fértil, pero que, con esa nueva introspección, había florecido hasta despertar en Olga un deseo, casi una necesidad, de querer cuidar, proteger y dar amor incondicional. Y empezó por lo más fácil.

—¡Curro Jiménez! ¡Baja! Veeenga , túmbate ahí —le ordenó Olga.

Era un chuchillo vivaracho y con una sola oreja, con tanta energía como la propia Olga, y que estaba poniendo su vida patas arriba. El perfecto compañero para salir a correr, para ver una peli en el sofá y para compartir la vida.

—¡Déjalo al pobre! Si solo quiere mimitos —dijo Ester mientras le acariciaba el cuello y le acercaba la cara al hocico, haciéndole carantoñas.

—Eres la tía consentidora —le reprendió cariñosamente Olga.

—¿No le piensas acortar el nombre? —preguntó Cecilio.

—¡Jamás! No le he puesto el nombre del mejor amante que tuvo Lola para luego acortárselo.

Nada, que esta mujer no me respeta ni viva ni muerta.

—Vicente me habló del Curro Jiménez también —intervino Ester—. ¡Su fama cruzó el charco!

—Pero ¿qué clase de voluntariado hiciste tú? Ahí todo el día dándole a la lengua —bromeó Matías.

—¡De eso nada! Joder, con lo que pasé. Qué mala leche tienes.

—Ester dejó vagar un poco sus pensamientos, rememorando sus casi dos meses en Guatemala el verano anterior—.

Aún no me he repuesto de todo aquello, de tanta miseria, tanto dolor…

y, a la vez, de tanto agradecimiento… Nunca pensé que estaría preparada para afrontar todo eso.

—Con lo que tú has sido —dijo Cecilio.

—Con lo que yo he sido… —Ester parecía estar recordando a una Ester de otra vida—. Una experiencia de vida, sí —confirmó. Y añadió, rápidamente—: ¡Tampoco pensé que estaría lista para irme a un festival, y en dos semanas me voy un finde entero! —dijo, santiguándose—. Ay, madre, ¡tres días!

—Te quiero ver yo durmiendo en tienda de campaña tres días. ¡Y sin duchas! —se mofó Matías.

—¿Y qué me dices de cagar en los aseos portátiles? —se le unió Olga.

—¿Os vais un poquito a la mierda? —Fue toda la réplica de Ester.

Nadie la rebatió porque, en ese momento, Olga captó la atención de Matías y Cecilio para decir lo siguiente:

—Y lo que vosotros no sabéis —dejó unos segundos de silencio para mayor expectación— es ¡el próximo reto que tenemos por delante! —culminó, ilusionada. Ester la miró de reojo—. ¿Se lo digo yo o se lo dices tú?

—Tú, tú —concedió Ester.

—Aquí la niña me ha dejado que la entrene para la próxima media maratón. ¡ Bieeen ! —se coreó ella misma mientras pasaba su brazo por encima de los hombros de Ester.

—¿La de las fiestas? —preguntó Matías.

— Yes! Tenemos nueve meses. ¿Te apuntas? —lo animó Olga.

—Ni loco —desechó Matías el ofrecimiento.

—Peor para ti. ¡Nos lo vamos a pasar pipa entrenando! —exclamó Olga.

—¡ Pipísima ! Ya me engañaste una vez para que fuese con vosotras al gimnasio y fue horrible —se lamentó Matías.

Ester pasó los dedos por entre su cabello para apartarse las mechas que se le habían venido a la cara de su recién estrenado corte bob .

Había sustituido la media melena rubia, recta y en cierto modo insulsa por un corte corto, más oscuro y bastante más atrevido que enmarcaba su mandíbula, endureciéndole ligeramente las facciones.

Cualquiera que la observase con un poco de detenimiento (cómo hablaba, cómo reía, cómo gesticulaba) podría percibir que la envolvía, en general, un aura de despreocupación como nunca antes.

Ester, eres un Ave Fénix.

—Mati, hay que salir un poquito de la zona de confort, hijo de mi vida —le recriminó Olga.

—¿Te parece que estoy saliendo poco de mi zona de confort? ¿Te crees que estoy muy cómodo yendo a clase con veinteañeros? —Y se metió en todo el papel—. Brooo , literal que no sabes de lo que hablas. ¡Cero vibes ! Pfff, menuda NPC.

Olga estalló en carcajadas.

—No he entendido nada —reconoció Cecilio.

—¡Pues esa es mi vida, Cecilio! —se lamentó Matías—. Vivo con el miedo constante de hacer el ridículo. ¡Me he hecho un TikTok!

—Pues eso. Que estás la mar de bien. Y además solo te queda este curso, ¿no? —preguntó Cecilio.

—Sí, señor —respondió, contento, Matías.

—¿Y luego qué? —preguntó Ester.

— Aaahhh , amiga, gran pregunta.

—¿Opos? —tanteó Ester.

— Pfff no, qué pereza. No creo, no —calló unos segundos—. Me apetece algo más… ¿ilusionante?

—¿Como qué? —se interesó Ester.

—Había pensado en, quizá, montar una academia.

Para los niños y chavales que tengan inquietudes artísticas.

Aquí en el pueblo solo hay mil deportes e inglés.

Ya está. E incluso también para adultos que no pudieron hacerlo y se quedaron con la espinita —relató Matías, casi soñando—.

Puedo intentarlo, aunque fracase, ahora que no tengo a nadie que me diga cómo vivir mi vida.

—Matías, no tienes que demostrarle nada a tu madre —intervino Cecilio. Matías negó con la cabeza.

—No, no. Qué va. No voy por ahí. Dios me libre. Con el dineral que me estoy dejando en terapia al menos eso ya me va calando —contestó.

—¡ Correcsión! —exclamó Olga imitando a Rafiki—. El dineeero … —en ese momento Ester se le unió a la cantinela, terminando la frase junto a ella.

— … de la teraaapia no es un gaaast o, es una inversióóón —relataron al unísono.

—Que sí, que el dinero en terapia está muy bien gastado —coincidió Matías—. No, no, coincido plenamente en eso. Ni mucho menos era una queja. No sé cómo no empecé antes —reflexionaba.

—Pues porque no hiciste caso a tu mujer ni a tu tía —sentenció Cecilio, provocando que Matías enarcase una ceja.

—Bueno, que no lo decía por demostrarle nada, sino porque no sé si algo así cuajaría aquí —prosiguió—.

Pero imaginad un local chulo donde se trabaje dibujo y pintura, sí, pero también escultura y modelado, fotografía, arte digital…

Que tuviera a lo mejor algo de teoría, algunos autores y movimientos, algo de historia del arte.

Podríamos hacer excursiones y visitas, hacer arte por el pueblo.

—¡Hacerme los decorados a mí! —se ilusionó enseguida Cecilio.

—¡Por ejemplo eso! —se unió Matías a su alegría—. Y una pequeña sala de exposiciones…

—Lo veo, lo veo —dijo Olga.

—Yo también lo veo, Matías. Ve a por ello, claro que sí —asintió Ester.

Cielo, nunca sabrás si la decisión es correcta; basta con tomarla por el motivo correcto. Eres enorme.

Se hizo el silencio, y todos instintivamente miraron la lápida de Lola.

—¡Bueno! ¿Se merienda aquí o qué? —propuso Cecilio.

Todos asintieron y Matías cogió la bolsa que había traído y que hasta entonces colgaba del banco.

Al sacar lo que había dentro y despegar el papel que lo cubría, el olor a repostería casera, a horno, inundó sus sentidos.

La cola de Curro Jiménez se movía como un colibrí. Matías aspiró el aroma y dijo:

—Tendrá que ser a pellizcos.

Cada uno de los cuatro tomó un trozo de toña entre sus dedos y, girándose hacia la lápida, exclamaron al unísono:

—¡Por ti!

Al final estaba yo en lo cierto: mi lápida sí es la mejor .

FIN