Me lo dice tu mirada
© inepub.com
Capítulo 1
Sonó el móvil. Sabía perfectamente quién me estaba llamando y no pensaba contestar, ya que conocía la razón de por qué y para qué lo estaba haciendo.
No soy de esas personas que tiene un mismo tono para todo el mundo.
Cada contacto de mi agenda tiene una melodía diferente.
Son canciones que asocio a cada persona para que me resulte más fácil y cómodo detectar quién me llama, sin necesidad de mirar la pantalla del móvil o del smartwatch .
Por ejemplo, cuando suena la canción de Psicosis sé que se trata de mi madre, con Living la vida loca es Víctor, mi compañero de trabajo y uno de mis mejores amigos.
Si no usas este método, te lo recomiendo para evitar llamadas incómodas o, como en mi caso en aquel momento, al oír I’ll be there for you , no tener esa conversación con mi mejor amiga, tras haberse enterado de lo sucedido aquel día en el trabajo.
Soy fotógrafa y trabajo para una revista.
A veces me encargan fotos para anuncios, reportajes, portadas y un largo etcétera.
Lorena, mi mejor amiga, trabaja como redactora en la misma revista.
Si le preguntas sobre qué escribe, te contestaría: «lo que sea necesario para arreglar el mundo».
Esa afirmación es cierta a medias. Tiene la confianza de la jefa para escribir sobre temas diversos, pero siempre le tiene que estar recordando que, menos es más, porque si le diera alas, necesitaría de la mitad del contenido del número del mes.
El móvil volvió a sonar insistentemente.
Ya era la cuarta vez que me llamaba en menos de treinta minutos.
Si no se lo cogía, iba a seguir así toda la tarde y era capaz de venir hasta mi casa.
Sopesé la idea de si prefería escuchar lo que tenía que decirme por teléfono, de esa manera podía mantenerme distraída y contestarle con monosílabos, o que viniera a mi casa, no tener escapatoria alguna y que ella leyese en mi cara la rabia contenida por todo lo que me había afectado lo sucedido.
Mis padres siempre dicen que mi cara es un libro abierto en el que, si te fijas bien, se refleja todo lo que siento o pienso en el momento.
No puedo evitarlo y ello me ha traído más de un problema, momentos incómodos y situaciones muy divertidas también.
Lorena me conoce casi como si me hubiera parido.
Tras tantos años juntas, tiene un máster en «las expresiones faciales y corporales que delatan a mi amiga».
Finalmente, sonó el timbre de casa y estaba convencida de que mi amiga se encontraba tras la puerta.
—Abre, sé que estás en casa, he visto tu coche. Sabes que no me voy a ir tan fácilmente —dijo con su tonito de sabelotodo—. Vengo con la cena. He pasado por el italiano antes de venir.
Encima sabía cómo salirse con la suya. Conocía cuáles eran mis debilidades y, muy probablemente, se habría imaginado que no había ido a la compra y me había encerrado en mi casa en cuanto salí de la oficina.
Abrí y se asomó desde el quicio de la puerta poniéndome la bolsa del italiano delante. Si intentaba engañarme, no la iba a dejar pasar.
—¿Helado incluido? —pregunté entrecerrando los ojos.
— Stracciatella y ración doble. Pero como no te des prisa, comeremos sopa de postre. —Me dedicó una de sus sonrisas sinceras que conseguían que, en cierta manera, la tensión que llevaba acumulada se relajara un poco.
—Entonces, puedes pasar. —Le guiñé un ojo y me hice a un lado para que entrase.
—De haber sabido quién iba a representar a la empresa en el proyecto, podíamos haber pedido a Víctor que nos echara un cable y le dijera a Arantxa que él se hacía cargo del trabajo —intentaba excusarse mientras dejábamos las bolsas en la isleta de la cocina.
Víctor, siempre está dispuesto a echar una mano en lo que haga falta, por lo que suele ser difícil encontrarlo en su despacho. Es un culo inquieto que anda de un lado a otro aportando su granito de arena, o marujeando más bien. Pero, ante todo, es un gran profesional.
—No te preocupes. Estoy bien.
—¡A otra con ese cuento!
—De verdad, estoy bien. Me ha sorprendido encontrarme con él allí, así de improvisto.
Pero lo he llevado muy bien. —Lancé una de mis mejores sonrisas forzadas, enseñándole dientes y todo, para que resultara más creíble.
Juro que lo había ensayado frente al espejo de la entrada antes de abrir la puerta, aunque creo que no estaba surtiendo el efecto que esperaba.
—Claro, claro, si yo te creo. Por cierto, ¡qué casualidad que hoy estén echando la película de Grease en la tele, ¿no?! —Elevó una ceja mientras me lanzaba una mirada acusatoria.
Grease es la película que pongo siempre cuando algo me afecta y necesito soltar tensión.
Muchos me catalogarían como una persona poco cuerda y desequilibrada si me vieran cantar a voz en grito sus canciones y hablarle sola a una pantalla e incluso a los personajes que salen en ella, aunque estos no me escuchen y no puedan responderme.
Eso es porque no lo han probado. Para mí siempre ha sido como una terapia.
—No la he puesto por el motivo que piensas. Es para un reportaje que me han pedido ambientado en los años setenta —dije dándole la espalda, mientras cerraba los ojos, esperando que me creyera.
—Llegados a este punto, donde no sabes ni buscar una excusa medianamente creíble, ya que sé perfectamente que no existe tal proyecto.
—Si es que me conocía a la perfección la muy jodida y conocía todos mis trabajos—.
Podemos, por favor, sentarnos, dejas de decir idioteces y me cuentas de una vez ¿qué ha pasado?
Mara, sabes que no me voy a ir de aquí hasta que me lo sueltes todo.
Y cuando digo, todo, es todo. Además, me he traído el kit completo de emergencia: pijama, ropa limpia para mañana, pañuelos, chuches y una propuesta de una nueva serie que ha tenido mucho éxito en Netflix —dijo cogiéndome de las manos mientras nos sentábamos en el sofá.
Ella sabía perfectamente que iba a necesitar de su compañía durante lo que restaba de tarde y noche.
Aunque no abordásemos el tema en su totalidad, pues ella respetaba mis tiempos, pero sí o sí tendría que relatarle lo sucedido.
Otro cantar iba a ser que yo estuviera dispuesta y preparada para admitir el estado real en el que me encontraba y hasta qué punto me había afectado reencontrarme con él.
Aunque no lo verbalizara, ella me conoce bien, sabía la magnitud que habría causado en mí esa situación y esperaría paciente a que decidiera sacarlo todo.
Él había vuelto sin previo aviso, y la herida que creí tener curada y cicatrizada empezó a resquebrajarse en el momento en el que su mirada se posó en mí.
Mara, esa soy yo. Perdón por mi mala educación.
Mi abuela siempre me repetía que tenía que ser una señorita de buenos modales y yo siempre le rebatía diciéndole que no me gustaban esas niñas repelentes con falditas plisadas, zapatitos blancos impolutos y que al sentarse, cruzaban las piernas para poner las manos sobre la rodilla, mientras sonreían y ladeaban la cabeza, poniendo cara de niña buena.
¿Por dónde iba? Ah sí, que no me he presentado.
Soy Mara, tengo 29 años. Me encanta mi trabajo porque me permite conocer sitios fantásticos y en ocasiones viajar bastante.
Tengo fobia a las arañas y a los insectos en general.
Me encanta la comida italiana y salir de copas con mis amigos.
Es el plan perfecto para una tarde noche de viernes o sábado.
Odio el color rosa y mi color preferido es el verde turquesa.
Tengo la suerte de tener a Lorena en mi vida, porque es una amiga de las de verdad; te escucha, no te interrumpe hasta que has terminado, a veces incluso, es la voz de mi conciencia y sabe cuándo tiene que decir algo, o cuándo necesito un abrazo para refugiarme y hacerme un ovillo mientras acaricia mi pelo para que me relaje o incluso me quede dormida por agotamiento.
Por eso, lo mejor que podía hacer era empezar a contarle todo desde el principio, omitiendo alguna que otra información que en ese momento no necesitaba conocer.