Capítulo veintidós #3
No tenía ni idea de qué hablaba, pero le creí. Si Max había localizado a Chaos, habría ido a por él. O ella, en este caso.
—Pero no lo conseguiste, ¿verdad? —Orlov provocó a la hacker con esa sonrisa repugnante—. De hecho, él te encontró, te rastreó y te tomó el pelo. Destruyó millones en equipos. Lo hizo saltar todo por los aires.
Hizo una pausa, sin duda para recrearse en la expresión de consternación del rostro de Martha.
—¿Sabías que la explosión salió en las noticias? —dijo—. El conseguidor de los Battleson hizo pasar todo el puto desastre por un accidente, pero comprometiste toda la operación. Al jefe le repugna el fracaso. Y tú le has fallado, Chaos, varias veces seguidas. Así que, ¿vas a matar a la zorra o qué?
—Yo...
El argumento que Martha estaba a punto de esgrimir no llegó a salir de sus labios. Con un movimiento casual del brazo, Orlov levantó el arma y disparó: una bala única, casi silenciosa, que pasó zumbando junto a mi oreja antes de incrustarse en la cabeza de Martha.
Una mancha roja se materializó entre las cejas de Martha y empezó a brotar. Algo caliente me salpicó la cara. Los ojos de Martha se pusieron en blanco, el arma se le cayó de la mano y se desplomó en el suelo, como una marioneta a la que le hubieran cortado los hilos.
El pánico me inundó. Abrí la boca, pero el grito se me quedó atascado en la garganta. Me quedé paralizada en medio de la carpa, con el arma del mercenario apuntándome al corazón.
La expresión de Orlov no cambió en ningún momento.
Supuse que ni siquiera se le había acelerado el pulso al matar a Chaos.
Orlov era un salvaje al que no le costaba nada cometer asesinatos a sangre fría.
Puede que hubiera ganado unos minutos extra, pero el reloj de mi vida se agotaba a toda velocidad.
Carla se quedó boquiabierta, mirando de la mujer muerta a Orlov.
—¿Por qué coño has hecho eso?
—Órdenes —dijo Orlov, sin dejar de apuntarme—. Chaos fracasó. El jefe la quería muerta y fuera del camino. Matarla ahora era lo más conveniente. La gente pensará que también es una víctima de la locura de Max Battleson. Y que te quede claro: yo siempre cumplo mis órdenes.
Carla retrocedió un paso, como si no estuviera segura de lo que las órdenes de Orlov implicaban para ella. Un destello asesino avivó la mirada del mercenario. El terror me invadió el pecho. Era un hombre que disfrutaba matando.
—Te toca demostrar tu lealtad —le dijo a Carla—. Recoge el arma y mata a la mujer. ¿O prefieres seguir a Chaos al infierno?
Sin apartar la mirada de Orlov, Carla se acercó al cadáver de Martha y recogió el arma. Con la mandíbula tensa y los labios apretados, levantó el brazo de golpe, puso el dedo en el gatillo y me apuntó.
El pulso me latía en las sienes. Estaba atrapada entre el rifle de Orlov y la pistola de Carla. No había escapatoria. Cerré los ojos y esperé la bala que acabaría conmigo.
Un gemido largo y lastimero interrumpió mi ejecución.
Abrí los ojos y vi que tanto Orlov como Carla habían desviado la puntería hacia Max. Este se removió, levantó la cabeza del suelo y, con un gruñido, se dio la vuelta quedando boca arriba.
La esperanza brotó en mi interior, pero el miedo por él la mató al instante.
Max fijó en mí su mirada vidriosa.
—Hola, Lexilicious —dijo con una sonrisa perezosa—. ¿Estás bien?
Alcé la barbilla y me sequé la lágrima que me corría por la mejilla.
—He estado mejor.
—La vida es una mierda y pasan cosas —Max se apoyó en las manos y, con otro gruñido, logró levantarse del suelo—. ¿O es que la mierda pasa pero la vida sigue? Sí, creo que a partir de ahora ese va a ser mi nuevo lema.
Y me dedicó una sonrisa, una sonrisa sincera.
—No te muevas —ladró Carla, apuntándole a la cabeza con el arma—. Si te mueves, disparo.
Max se tambaleó, tropezando a ciegas y agarrándose al poste central de la carpa antes de conseguir afianzar los pies en el suelo. Con los hombros caídos y las rodillas temblorosas, se sujetó la frente con la mano y gimió.
—¿Estás sordo? —espetó Orlov, encañonando a Max.
—Un poco, de este lado —se dio un golpecito en la oreja e hizo una mueca de dolor—. ¿Qué decías?
—Ya lo has oído —Orlov tensó el dedo sobre el gatillo—. Carla, ¿vas a matar a la zorra o qué? O mátalo a él, si lo prefieres. ¿O quieres que le diga al jefe que tú también te has rajado?
La mirada de Carla se endureció, pero el arma le temblaba en la mano.
¿Acaso tenía conciencia, después de todo?
—Los marines no matan por deporte —Max se irguió, se frotó la nuca y se quedó mirando la sangre que le manchaba los dedos—. Joder, Carla, me has dado bien. Sabías que si venías por mi izquierda, no podría detectarte.
—Date la vuelta —dijo Carla con voz ronca—. De rodillas.
—No pienso ponértelo fácil —los labios de Max se curvaron en esa media sonrisa cínica que yo había aprendido a amar—. Una vez marine, siempre marine.
De pronto, clavó la mirada en Carla. Me quedé atónita. Tenía los ojos claros y alerta.
—No dispararás —dijo—. Es una orden, marine.
Durante una fracción de segundo, Carla vaciló.
Orlov no.