Capítulo Diez #2
Max se lanzó hacia mí y me atrapó antes de que cayera al suelo.
—Está bien —me sostuvo contra su cuerpo y me estrechó contra su pecho—. Estás bien.
Alcé la vista hacia él, parpadeando para contener las lágrimas que se me agolpaban en los ojos, y encontré cierto consuelo en su abrazo.
—¿Crees que me estoy volviendo loca?
—No te estás volviendo loca —dijo, reconfortándome con su seguridad y sin cuestionar mi cordura como hacía yo—. Viste algo y te asustó. ¿Puedes decirme dónde lo viste?
Señalé hacia el bosque con la barbilla, cada vez más insegura. —Por ahí, creo. —Miré hacia la izquierda—. ¿O quizá por ahí?
¿Y si todo estaba en mi cabeza?
—Lo siento —me froté los ojos, tratando de recordar los detalles borrosos—. Creí ver y oír algo, varias veces. Sentí como si alguien me estuviera observando. Pero ahora no estoy segura. ¿Podría haber sido un animal moviéndose entre los arbustos?
—Podría ser —dijo, guiándome hacia el pequeño cenador—. Pero vamos a comprobarlo. ¿De acuerdo? Siéntate.
Max sacó el móvil, hizo una llamada y dio órdenes de que registraran el parque. Luego sacó la pequeña linterna que llevaba en el llavero y empezó a examinar el borde del bosque.
—Ten cuidado —murmuré.
Encogí las piernas temblorosas y me abracé las rodillas contra el pecho. Mordiéndome el labio inferior, escudriñé el bosque sin dejar de cuestionarme.
¿Me había imaginado esa sombra merodeando por el bosque? ¿Me había inventado el terror que me invadió? ¿Seguía habiendo alguien ahí fuera, observándome o, peor aún, vigilando a Max en ese mismo momento?
Ya no tenía esa sensación de ser acechada.
El silencio tenso que tanto me había asustado había desaparecido, sustituido por el suave susurro de la brisa y el chapoteo del lago en la orilla.
Una pequeña ardilla listada salió de su madriguera para gorjearme, intrépida en la noche.
La sensación amenazadora de peligro que me había perseguido se había disipado de repente.
Hundí la cara entre las manos. Me sentía totalmente estúpida.
A los pocos minutos, nuevos sonidos empezaron a resonar desde el bosque. Las linternas iluminaban los caminos de varias personas que registraban el parque siguiendo una especie de patrón organizado.
Dejé escapar un suspiro de alivio. Con tanta gente alrededor, Max y yo estábamos oficialmente a salvo.
Durante la siguiente media hora, Max se unió a la búsqueda, examinando el terreno, haciendo pequeñas incursiones entre los arbustos y la línea de árboles, pero siempre sin perderme de vista. Consultó con sus hombres y con sus hermanos, que también se habían sumado.
—Despejado. —La primera voz llegó desde algún lugar junto al lago, seguida de muchas otras.
Madre mía. Ahora me sentía ridícula, además de estúpida.
Cuando la búsqueda inútil por fin terminó, el equipo de seguridad se marchó y Max volvió al cenador.
—¿Algo? —pregunté, todavía un poco alterada, no tanto por lo que había pasado, sino por cómo había exagerado mi reacción.
—Ningún rastro de intrusos. Aunque recogimos algo de basura. —Abrió la mano para enseñarme un calcetín viejo, un envoltorio de caramelo y unas cuantas monedas sucias—. También encontramos un castor cerca, royendo un árbol.
Un castor. Claro. Eso probablemente explicaba todo aquel crujido entre los arbustos.
—No sé qué me pasa —gruñí entre dientes—. Perdona por montar tanto alboroto.
—No es para tanto —dijo—. Mejor ser precavidos que llevarse una sorpresa. He duplicado la vigilancia, por si acaso. Tienes buenas razones para reaccionar como lo hiciste.
No entendía por qué, pero su amabilidad solo aumentaba mi creciente irritación.
Había pasado del terror a la furia en muy poco tiempo.
Una buena reprimenda de su parte habría encajado mejor con mi estado de ánimo.
Unos cuantos gritos al estilo Sandro habrían sido mejor que toda esta aceptación y comprensión.
Pero de Max no hubo palabras duras, ni acusaciones ni ataques a mi frágil cordura.
—Mantén siempre la guardia alta y haz caso a tu instinto —estaba diciendo—. Si ves algo que no te gusta, vienes a mí.
—Claro —refunfuñé—, como si de verdad quisieras saber de mí.
—Lex... —Max se sentó a mi lado. Vaciló antes de ponerme la mano en la espalda y empezar a masajear los músculos tensos de la base del cuello.
Su contacto aceleró mi colapso interno. Los recuerdos de su comportamiento de esa noche empeoraron mi estado de ánimo. La ira volvió a encenderme por dentro. Llevaba en esa maldita montaña rusa desde el momento en que conocí a Max. Ahora no era diferente. De hecho, era peor.
—No me toques. —Me puse rígida bajo su mano.
—Lex, sé que estás enfadada, pero...
—Ya lo creo que estoy enfadada. —Me levanté de un salto y me alejé de él, dejando que la ira se apoderara de mí. Era mucho mejor que revolcarme en los restos de mi miedo—. Creo que es mejor que me vaya a la cama.
—Espera, por favor. —La contrición que suavizaba la voz de Max me detuvo en seco—. Tenemos que hablar. ¿No crees?
Oh, no. Otra vez lo mismo.
Enderecé la espalda y me volví para enfrentarlo. —Si has venido por eso, estás perdiendo el tiempo.
—Escúchame —suplicó Max—. Dame la oportunidad de explicarme.
—¿Explicar qué, Max? —Hice un pequeño agujero en la grava con la punta de la bota y luego lo borré de un barrido furioso—. ¿Que quieres ser mi dueño o que quieres jugar conmigo?
Se sobresaltó. —Nunca quise...
—Dime —dije, interrumpiéndolo—. ¿A qué juego vamos a jugar? ¿De tin marín de do pingüé? ¿Me quiere, no me quiere? ¿O giramos la botella a ver qué Max aparece?
Se tiró del pelo y gimió. —La cagué. Estaba alterado. Verte con otro hombre me hizo perder el control...
Así que estaba celoso. De su propio hermano. Otra mala señal.
¿Verdad?
Entonces, ¿por qué sentía burbujear dentro de mí una sensación maquiavélica de triunfo?
Para el carro, Lex. Aférrate a tu recién adquirida firmeza.
—Mis disculpas de nuevo —concluyó Max, con la voz firme.
—¡No quiero tus malditas disculpas!
—Lo sé, lo sé —hizo una mueca de dolor, respiró hondo y se puso de pie—. Desde que nos conocimos, lo único que he hecho es pedirte perdón. Créeme, me está volviendo loco. Te mereces algo mejor y necesito explicarte, mostrarte algunas cosas. Dame un momento. Es lo único que te pido.
Estudié al hombre que tenía delante. Su cuerpo vibraba de tensión. El agotamiento acentuaba las líneas de su rostro. El dolor ensombrecía su mirada y surcaba su frente. La desesperación emanaba de él y me atravesaba, dejándome tambaleante con el sabor amargo de su angustia.
Mi empatía se intensificó.
Volví la mirada al lago e intenté calcar mis sentimientos en sus aguas plácidas. Mi montaña rusa emocional se frenó y entró en una recta donde la ira y el miedo cedieron terreno a emociones mucho más amables.
No tenía ni idea de lo que Max había vivido, de los acontecimientos que lo habían moldeado hasta convertirlo en quien era hoy. Pero sospechaba que había sido más que traumático, devastador.
Durante la última semana se había comportado como un idiota, pero aun así merecía mi compasión. Y ser humana no era ceder, ¿verdad? Ser humana era entender que todos podíamos equivocarnos.
Algo se ablandó en mi interior, pero aun así, no iba a ser la muñeca de trapo de nadie nunca más.
—De acuerdo —crucé los brazos y alcé la barbilla—. Dime, Max. ¿Qué hacemos aquí?
—Intenté mantenerme alejado de ti —dijo con voz forzada—. Lo intenté, sobre todo porque no te convengo. Pero ahora... no puedo.
Bajó la cabeza y clavó la mirada en mis botas, con la mandíbula apretada en un gesto que gritaba derrota. El corazón me latía con fuerza en los oídos. No soportaba ver a Max derrotado.
Podía estar enfadada con él, pero nunca quise hacerle daño. Al contrario, cada célula de mi cuerpo se ofrecía a borrar las emociones tormentosas grabadas en su rostro.
Dios mío. Ya estaba cayendo por mi propia pendiente resbaladiza.
—Es imposible que me obligue a alejarme ahora —los antebrazos se le hincharon con la fuerza de los puños cerrados—.
Necesito contarte por qué te cerré la puerta la otra noche y por qué no pude dejarte entrar.
Que yo estuviera cerca de ti no era seguro.
Tenía miedo de que te mataran. Por encima de todo, quiero que estés a salvo, Lex. Necesito que estés a salvo.
Vaya, menudo comienzo.
Había intentado mantenerse alejado por mi bien.
¿Era suficiente?
Su pecho se elevó mientras tomaba más aire.
—Lex, durante mucho tiempo no he estado pensando con claridad. Ahora, gracias a ti, estoy esforzándome por encontrar la manera de superarlo. Hasta que apareciste en ese sendero, no tenía nada que desear, nada que esperar.
Me estaba diciendo la verdad. Lo sabía hasta la médula. Su dolor ardía en mi pecho.
—Entonces llegaste tú —continuó—. Te besé... y bueno... algo hizo clic en mí. Desde entonces, estoy atrapado entre fuerzas opuestas que me están destrozando.
¿Fuerzas opuestas?
¿Eran las mismas que hacían añicos mi determinación?
—La verdad es que estarías mejor si me alejara —murmuró a regañadientes—. Por eso he intentado hacer justo eso. Pero ahora...
El pulso se me aceleró y esas estúpidas mariposas aletearon en mi estómago.
—¿Ahora qué?
—No puedo hacerlo —escupió—. No puedo alejarme de ti, por eso, si me das otra oportunidad, tengo que intentarlo, aunque sé que esto puede destruirnos a los dos.
Esto. Él también lo reconocía. Lo sentía, igual que yo.
Su cuerpo vibraba con la energía sexual que se extendía y me envolvía, zarcillos eróticos que acariciaban mis pezones, atormentaban mi clítoris y me dejaban tambaleante de deseo.
Retrocedí un paso, alejándome del hombre que tenía el poder de encenderme así, y jugueteé con mis pendientes de araña. Tintinearon entre mis dedos, componiendo una pequeña melodía en mi oído. ¿Debía quedarme o debía irme?
Uno de los postes del pabellón detuvo mi retirada. La columna de madera me sostuvo aunque las rodillas se me derretían bajo la ardiente mirada de Max.
Se quedó allí, con los pies separados, la barbilla baja, la mirada fija en mi rostro.