Capítulo nueve #2
El muy cabrón le sonreía a la mujer alta, esbelta y preciosa que tenía entre los brazos. Ella le devolvió la sonrisa, con un vestidito negro de verano y unas botas vaqueras rojas que quitaban el hipo.
Uno, dos, uno, dos, desliza y arrastra. Le estaba enseñando el two-step tejano. Sí, el two-step tejano era parte de su modus operandi. Cuando ella tropezó, él la sujetó y, riéndose, la hizo girar entre sus brazos hasta que quedó de cara a mí.
El aire se me escapó de los pulmones y no volvió.
¿La mujer entre los brazos de Rogue?
Era Lexi.
***
Lexi
Bailar con Troy era divertido. De hecho, esta noche habría sido casi perfecta si Troy fuera Max.
Que conste que no tengo nada contra Troy.
Moreno, alto y guapo, con su metro noventa y ocho, cuerpo de dios griego y una sonrisa capaz de derretir bragas, era el sueño húmedo de cualquier mujer de sangre caliente.
Pero no era mi sueño.
—Arriba ese ánimo, Lexi —Troy me hizo girar por la pista como un profesional—. No dejes que ese idiota te arruine la noche. Además, me estás destrozando la autoestima. No estoy acostumbrado a ser el segundo plato.
Miré al morenazo y me eché a reír.
—¿Porque te crees muy atractivo?
—¿Creer? ¡Ja! —enarcó una ceja con gesto coqueto y sonrió con suficiencia—. No creo que sea el Battleson más atractivo. Lo sé. Reconozco que Max es listo, pero cariño, mira esta cara.
Sacó la lengua y me provocó otro ataque de risa.
—Por lo que he oído, tú también eres bastante listo —dije, contando los pasos mentalmente—. Piloto de helicóptero. Tiburón de los tribunales. Un ego colosal que no necesita refuerzo alguno...
Se apartó el flequillo negro de la frente.
—Supongo que mi reputación me precede, ¿no?
—Por aquí se rumorea que eres el mujeriego por excelencia.
Me guiñó un ojo.
—Es parte de mi tapadera, ¿sabes?
—Una tapadera que mantienes bastante bien, debo decir.
Troy soltó una carcajada.
—Me lo tomaré como un cumplido. ¿Sabías que Max solía ser mi compañero de ligues?
—¿Ah, sí? —¿Por qué no me sorprendía?—. Y yo que pensaba que vosotros dos teníais una rivalidad de hermanos de las serias.
—Nos damos caña todo el tiempo. Pero para ser sincero, adoro a ese maldito gorila. Fue él quien me metió en esto.
—¿Te metió en qué?
—En la hermandad de batalla —dijo Troy—. Max fue quien me reclutó para jugar al Call to Battle cuando estábamos en el reformatorio. Me sobornó hackeando el juego y dándole a mi avatar todo tipo de armas y poderes. No pude negarme.
—Es un genio para esas cosas, ¿verdad?
—Un genio —asintió Troy—. También fue él quien nos abrió las puertas de Battle Brothers.
—Pensaba que había sido un esfuerzo de equipo.
—Lo fue, lo es —dijo Troy mientras me guiaba por la pista de baile—.
Jax siempre ha sido nuestro hombre de producto.
Kass es el cerebro de los negocios y la logística, y además el tío es capaz de venderle aspiradoras a los beduinos.
Apollo nos mantiene en funcionamiento, y yo me encargo de que los poderes fácticos no nos pasen por encima.
—¿Y Max?
—Le gusta pasar desapercibido —dijo Troy—. Pero de lo que la mayoría no se da cuenta es de que sin Max, Battle Brothers no existiría.
—¿En serio? —Ahora sí que estaba intrigada—. ¿Por qué lo dices?
Troy arqueó las cejas.
—¿Sabes guardar un secreto?
—Por eso me dejáis estar por aquí, ¿no? —Le sostuve la mirada—. Porque descubrí algunas cosas, y por el momento, tú y tus hermanos preferís tenerme cerca. ¿Me equivoco?
—Auch —Troy fingió una mueca de dolor—. ¿De verdad crees que somos tan paranoicos?
—Sé que sois tan paranoicos, y astutos además.
—Ah, mierda —chasqueó la lengua Troy—. Punto para ti. Y ahora tengo la confirmación de que tú también vas de incógnito. No eres solo una muñeca Barbie con un programa de televisión.
—Disculpas aceptadas, Ken.
La carcajada de Troy me retumbó en los oídos.
—Vale, tú ganas, pero ¿puedo llamarte muñeca?
Me eché hacia atrás.
—Suenas como un baboso llamándome muñeca. Lo sabes, ¿verdad?
—Pero así mantenemos las apariencias —dijo Troy—. Ahora te cuento ese secreto, pero si alguien pregunta, me lo sacaste bajo tortura.
—Trato hecho —dije—. Les contaré lo fuerte que te pisé los pies durante el baile. Ahora habla, o tu dedo gordo gritará bajo mi tacón.
—Te cuento —dijo Troy, todavía riendo—. Cuando dejamos el ejército, no teníamos un duro.
Juntamos todos nuestros ahorros, pero no era suficiente para financiar el gran sueño que teníamos.
Kass fue a varios bancos, pero claro, los bancos no prestan dinero a los pobres.
Así que Max asaltó el siguiente banco de la lista.
Me quedé boquiabierta. —¿Hackeó los sistemas del banco?
—Él prefiere el término «asaltar» —aclaró Troy—. Va más con su estilo.
—Sigue siendo ilegal de cojones, pero no tengo que decírtelo a ti, señor abogado respetuoso con la ley.
—Abogado, sí. ¿Lo de respetuoso con la ley? Meh. Depende de tu concepto de justicia —me observó con sus ojos negros—. ¿Te supone un problema, muñeca?
—Debería, pero extrañamente, no.
Entrecerró los ojos, mirándome fijamente.
—¿Por qué?
—Porque me da la impresión de que la justicia Battleson probablemente sea más justa que la alternativa.
—¿Lo ves? Eso sí que es impresionante —me recompensó con su sonrisa deslumbrante—. Puede que aún te reclute para nuestra unidad.
—¿Reclutarme? Puede —esbocé una sonrisa de suficiencia—. Pero ¿llegarás a confiar en mí alguna vez? Eso ya es más complicado.
—Joder, muñeca —la sorpresa en su rostro no era fingida—. ¿Tienes poderes psíquicos o qué?
—No, solo cerebro y ojos para ver. Eres un buscavidas, Troy, y a la vez no lo eres.
Frunció el ceño, visiblemente incómodo.
—¿Y si volvemos a hablar de Max?
—¿Para desviar la atención de ti? —mi sonrisa de suficiencia se ensanchó—. Claro. Adelante.
—¿Por qué me siento como si acabara de librarme de un interrogatorio? —sacudió la cabeza—. Da igual. Para que quede claro, Max no robó ni un céntimo del banco ni de sus clientes. Simplemente manipuló algunas cifras para que pareciéramos... ¿Cómo decirlo? Ligeramente más prósperos.
—Prósperos. Claro —puse los ojos en blanco—. Falsificó vuestros registros bancarios para que parecierais los candidatos perfectos.
—Tú lo has dicho, no yo.
—¿Y nadie se dio cuenta?
—Estamos hablando de Max. Es bueno en lo que hace. Es el mejor.
Le di vueltas a aquello mientras seguía los pasos firmes de Troy.
—¿Por qué me has contado eso?
—Por mantener una conversación educada, supongo.
—Y una mierda conversación educada —lo desafié con una mirada penetrante—. No creas que no me he dado cuenta. Siempre tienes un motivo para lo que haces.
—Cerebro y belleza —la sonrisa de Troy se ensanchó—. ¿Cómo puede un soldado tener tanta suerte? El caso es que ese soldado cuyo nombre no mencionaré es bastante obtuso.
—¿Y pensaste en echarle una mano?
—¿Yo? Qué va —se achicó bajo mi mirada—. Vale. Sí. Joder, muñeca, das miedo cuando me miras así. Pero Max es mi hermano. Es demasiado tonto para ver lo evidente. Tú, en cambio, me pareces muy lista. Y paciente. Cruzo los dedos para que seas realmente paciente.
Abrí la boca y la cerré. Tragué saliva, aunque no me quedaba ni gota. Troy no lo sabía, pero acababa de hacerme un cumplido enorme. Esperaba más de mí y, de alguna manera, sus altas expectativas reforzaban mis puntos más débiles.
—Tu hermano no me quiere —las palabras dolieron, pero había que decirlas.
—Falso —dijo Troy.
—Apenas me ha dirigido la palabra en toda la semana.
—Eso es porque es un cabrón terco que cree que no se merece nada y sabe que tú le quedas grande.
Se me revolvieron las tripas, pero el corazón me dio un vuelco.
—¿Te lo dijo él?
—No.
—Entonces, ¿cómo puedes saber todo eso?
—Créeme —dijo Troy—. Sé cómo piensa mi hermano.
—Quizá en lo que a mí respecta, no tengas ni idea.
—¿No? —esbozó una sonrisa plácida y clavó la mirada en un punto detrás de mí—. Pues agárrate, muñeca. El jurado está a punto de pronunciarse.
***
Max