Capítulo ocho #2
—Vale, no estoy bien —admití a regañadientes—. Es más bien que me siento como anestesiada ahora mismo.
—Tiene sentido —me miró como si intentara leerme la mente—. Perdona si soy demasiado directa. No me conoces de nada, pero aquí las cosas se dicen como se ven.
—Eso no siempre es malo —le sonreí tímidamente a Emme—. Es solo que no tengo mucha práctica.
—Si te quedas por aquí mucho tiempo, te volverás una experta —Emme sonrió y dio un sorbo a su café—. Mira, no soy una supermodelo famosa que gobierna el mundo, pero...
—¡Eh! —la interrumpí—. Yo no gobierno el mundo. Es más bien el mundo el que me gobierna a mí.
—Interesante —dejó la taza y asintió para sí misma—. Nunca lo había visto así. Todo ese glamour y esa fama... Intimida a los demás.
—Humo y espejos —solté—. Confía en mí.
—Confiaré en ti porque tenemos a Tee en común. Si ella confía en ti, yo también.
—Tee —sonreí al pensar en ella—. Es…
¿Cómo demonios podía describir a Tee en una sola palabra?
—¿Incontenible? —ofreció Emme—. ¿Una fuerza de la naturaleza metida en un frasco de tres onzas? ¿Una granada de mano escondida dentro de una muñeca de porcelana?
Me reí.
—Todo lo anterior.
—Bueno, como el tiempo apremia y tú y yo tenemos a Tee como denominador común, creo que deberíamos prescindir de las formalidades y ser amigas también.
Súmale que tú y yo somos las únicas fuentes de estrógeno en esta fortaleza de testosterona, y es oficial.
Deberíamos ser amigas y aliadas. ¿Qué dices? —arqueó las cejas pelirrojas—. ¿Trato?
—Trato.
—Entonces, ¿hay algo que pueda hacer para ayudar? —preguntó Emme—. ¿Algo que necesites?
—Bueno, necesito prácticamente todo: mi ropa, mi bolso, mi móvil, mi portátil, demonios, no me vendría mal recuperar mi caravana recién restaurada e impecable.
—Siento mucho que perdieras tu caravana —los ojos claros de Emme brillaron con compasión.
Se me encogió el corazón, pero mantuve el tipo.
—Si me prestaras un ordenador, probablemente podría resolver al menos algunos de mis problemas más inmediatos.
—Usa el mío —Emme se inclinó hacia delante, sacó un portátil del estante bajo la mesita y me lo ofreció—. Aquí puedes conseguir cualquier cosa que necesites en menos de veinticuatro horas.
El portátil ya estaba encendido. Inicié sesión y envié un correo rápido a mi asistente personal en Los Ángeles, pidiéndole que me preparara algunas cosas.
Podría habérselo pedido a mi madre, pero no me dirigía la palabra en ese momento.
En cuanto a Sandro, no quería responder a todas sus preguntas ni sumar sus dramas a la ecuación.
—Sé que debes de estar conmocionada —dijo Emme cuando terminé—. Pero los chicos van a averiguar qué pasó y por qué.
—¿Porque además de ser dueños de la startup más exitosa de Colorado, también se dedican a la seguridad militar privada en sus ratos libres?
Suspiró.
—Lo sabes.
—Eso de que las modelos tienen un coeficiente intelectual bajo no es verdad.
—Touché —dijo Emme—. Desde luego has echado por tierra ese cliché.
Era el mejor cumplido que me habían hecho en la vida, y lo saboreé como un exquisito éclair.
—La cuestión es… —Emme vaciló, tratando de encontrar las palabras adecuadas—. Los chicos mantienen su trabajo de seguridad en secreto, ya sabes, por el bien de todos.
—¿Puedes contarme cómo funciona?
—Probablemente no debería —dijo Emme—. Los chicos son muy reservados con todo lo que hacen. No les gusta nada hablar de sus vidas. Por aquí, cada uno tiene derecho a contar su propia historia. Pero…
Cerré el portátil y lo dejé a un lado.
—¿Pero qué?
Me observó con detenimiento.
—Si Tee te convenció de venir aquí, es que confía en ti. Si ella confía en ti, yo también. Además, después de lo que pasó anoche, creo que mereces una explicación.
—Gracias —dije—. ¿Te ayuda si te prometo que no lo contaré?
—Chica, cuento con ello —Emme me dedicó su sonrisa contagiosa antes de ponerse seria—. Así que ahí va la versión corta. Los hermanos Battleson se conocieron de muy jóvenes en un centro de menores.
Se me desencajó la mandíbula.
—¿Todos eran delincuentes juveniles?
—No los juzgues con demasiada dureza. Todos venían de entornos problemáticos. Su pasión por un videojuego de equipo los unió y les dio su primer sabor del éxito. Todavía usan a veces sus nombres del juego. Jax era Mayhem. Kass era Ice. Apollo era Mage. Troy era Rogue. Max era Raider.
Raider, sí, tenía sentido. Había asaltado mis sentidos, trastocado mis planes y capturado mi imaginación. En muy poco tiempo, había saqueado mi corazón y me había dejado aturdida por el embate.
—Los chicos se forjaron como una familia y fueron adoptados por Scott y Maria Battleson, un apellido que eligieron como propio —continuó Emme—. Todos son antiguos miembros de operaciones especiales.
—¿Cómo pasaron del ejército a ser la startup más exitosa del país? —pregunté, mientras me asaltaban mil preguntas.
—Tienen una ambición feroz —dijo Emme—. Battle Brothers Inc. es lo que llaman su «trabajo de día». Les proporciona el éxito financiero que necesitan para llevar a cabo su verdadera misión: ayudar a los miembros de operaciones especiales y a los veteranos heridos a reintegrarse en la vida civil.
Me obligué a cerrar la boca.
—¿Cómo se las arreglan para hacer todo esto?
—Son adictos al trabajo, esa es la clave —dijo Emme—. Son implacables. Nunca se rinden. Ejecutan operaciones cuando hace falta y se ofrecen voluntarios para las misiones que nadie más quiere. Esos son los Battleson, en pocas palabras.
—Vaya —me daba vueltas la cabeza. Ahora entendía por qué Tee había dicho que eran un grupo extraordinario.
—Sí —dijo Emme, sonriendo mientras cogía la taza de café y la hacía girar entre los dedos—. Olvídate de Battle Brothers, Inc. Piensa en héroes alfa, pero con esteroides.
—¿Héroes alfa? —Me eché a reír—. ¡Me encanta!
Emme tenía razón. Max era un alfa, sin duda, y sus hermanos también. Y cuando sumé mis recuerdos de la valentía de Max en el lago a lo que Emme me había contado hoy, la palabra «héroe» encajaba a la perfección.
—Pero no les digas que he dicho eso —dijo Emme—. Se partirán de risa en tu cara.
—¿No creen que son héroes? —pregunté.
—Qué va, en absoluto.
—No te preocupes —dije—. Será nuestro pequeño secreto. Pero Emme, ¿quién querría hacer daño a los Battleson y por qué?
—Ah, eso. —Los ojos de Emme se oscurecieron con preocupación—.
A lo largo de los años, los chicos han acumulado muchos enemigos.
No siempre siguen las reglas de los demás.
Van a su aire. Alguien importante quiere sacarlos de circulación.
No sabemos por qué. Según tú misma has reconocido, tú también eres una posible diana.
—Los acosadores y los paparazzi son una cosa. Pero ¿asesinato?
—Sea como sea, tienes que tener cuidado. Si yo estuviera en tu lugar, me quedaría por aquí un tiempo, al menos hasta que encuentren al culpable.
Bebí el último sorbo de café y le di vueltas a la idea.
Terminaría el trabajo. Siempre cumplía mis contratos.
Después, tenía algo de tiempo antes de volver a Denver para el desfile de moda.
Había planeado recorrer la zona en mi caravana, pero ahora mi plan se había ido al traste.
Aparte de mi seguridad, ¿había alguna razón para quedarme aquí?
No, no la había. Max querría que me fuera. ¿Y de verdad quería lidiar con esta atracción insensata que sentía por un tipo que no quería nada conmigo?
—¿Puedo preguntarte algo? —vacilé—. Es sobre Max.
Emme asintió levemente.
—Adelante.
—¿Es siempre así?
Emme arrugó la nariz, desconcertada.
—¿Así cómo?
—Frío y caliente —dije—. Un momento es el Polo Norte personificado, al siguiente, el ardiente Sáhara.
—Ah. —Torció la boca, considerando su respuesta—. Max ha pasado por mucho. Algunos días son mejores que otros. Todavía no se ha recuperado del todo.
Se me despertó la curiosidad.
—¿Recuperado de qué?
—Pregúntale a Max. Es él quien debe contártelo.
—No es muy comunicativo, quiero decir, con palabras.
Emme esbozó una sonrisita cómplice.
—Los Battleson no son muy de hablar. Es mucho más probable que se expresen con sus acciones. Para serte sincera, comunican mejor sus emociones más íntimas con cierta parte de su cuerpo.
Una oleada de calor me encendió las mejillas.
—¿Estás diciendo lo que creo que estás diciendo?
—Acabamos de hacer un trato —dijo Emme con naturalidad—. Tal como yo lo veo, podemos ser amigas y sinceras la una con la otra, o podemos ser simples conocidas, andar con pies de plomo y tomar pastelitos y té luciendo nuestras perlas.
—Demasiado tarde para eso. —Fingí hacer un puchero—. Además, el pastel tiene demasiadas calorías.
—Nada de pastel entonces. —Emme sonrió—. Y nada de contenerse la una con la otra.
Le dediqué una sonrisa tímida.
—No es que quiera atrapar al tipo ni nada por el estilo.
—¿No? —Emme se recostó en el sofá—. ¿Por qué no querrías echarle el lazo a un partidazo como Maximus Battleson?