Capítulo tres #3
—¿Qué pasa? —preguntó Lexi mientras se unía a nosotros en la cresta, dando un sorbo a su botella de agua.
Estaba posando descalza en ese momento e incluso sus pies eran bonitos: largos, esbeltos y delicados, como el resto de ella. Una descarga de deseo me recorrió el cuerpo cuando me imaginé besándole cada uno de los dedos antes de ir subiendo hacia el norte...
—¿Max? —Carla chasqueó los dedos delante de la cara—. ¿Estás prestando atención?
—Sí, señora —le hice un saludo burlón—. Jorge Bjorn. Atascado en el aeropuerto.
—Oh, no —Lexi apretó la botella entre las manos—. Esperaba salir de aquí con luz de día. Necesito encontrar un camping donde aparcar mi Bambi.
—Peor aún, estamos a punto de perder la mejor luz del día —la fotógrafa miró al cielo sin poder ocultar su irritación—. El pronóstico para mañana es malo. Si no lo hacemos hoy, tendremos un problema.
Lo intenté, pero ¿sinceramente? Me importaba un bledo.
Después de pasar la mayor parte de mi vida en el campo de batalla, tomando decisiones de vida o muerte, aquello no era un problema, y mucho menos una emergencia.
Nadie iba a morir si Jorge Bjorn no aparecía, y el tiempo acabaría cambiando.
Mucho ruido y pocas nueces. ¿Por qué estaban todos tan alterados?
—Esto se va a poner caro enseguida —se quejó Carla.
—¿Podemos conseguir a alguien más para posar? —Laura examinó al personal como si buscara voluntarios para asaltar un bastión terrorista—. Solo necesitamos un macizo. Uno de esos tipos con pinta de soldado podría valer.
Su mirada recorrió a mi equipo de seguridad. Estaban repartidos por la zona, en sus puestos, vestidos de paisano y con posturas relajadas que ocultaban su alto nivel de alerta, pero no su forma física.
—¿Y tú qué? —La mirada de Laura se posó en mí—. Estás para comerte. Quedarías bien.
—¿Yo? —Me quedé mirando a la mujer boquiabierto—. ¿Qué pasa, estás loca de remate?
—Sabes... —Carla ladeó la cabeza y se unió a Laura y Lexi para examinarme con miradas interesadas que me recorrieron de arriba abajo—. No es tan mala idea...
—Ni de coña. —De repente deseé tener la ropa puesta, demasiado consciente de las cicatrices que me cubrían brazos y piernas y me surcaban el torso—. No va a pasar.
Laura inspeccionó mis pectorales con una mirada crítica que me hizo sentir como un trozo de carne en el mercado, y habría jurado que Carla le echó un vistazo a mi paquete.
—Tiene el cuerpo para ello —murmuró Laura como si yo no estuviera delante, como si no tuviera dos dedos de frente—. Buena tableta, cuádriceps cincelados, bíceps preciosos.
—Señoras, no. —Me mantuve firme—. Buscad a otro, elegid a otro.
—Las cicatrices añaden algo único —reflexionó Laura, fingiendo que no me había oído—. Tiene una cara interesante que cuenta una historia.
—Me encantan las caras rudas —intervino Lexi.
¿Le encantaban?
Se me desencajó la mandíbula.
—Y además es uno de los Battle Brothers originales —continuó Laura—. Eso solo aumenta el atractivo del concepto.
—Además —añadió Carla—, ya lleva puesto el producto.
Las tres mujeres clavaron la mirada en mis mallas negras de BB, y sí, esta vez estaba seguro de que todas me estaban mirando el paquete.
—Hagámoslo —decidió Laura—. Hagamos la sesión con él.
—¿Qué tal un no rotundo?
No es que nadie me estuviera pidiendo opinión, pero yo no servía para modelo y no me dejaba fotografiar. Punto.
Carla se acercó a mi oído.
—Piensa en los sobrecostes. Le estamos pagando a Laura una pasta por hora.
Sabía echar cuentas tan bien como cualquiera, pero aun así no quería hacer esto.
—No me gusta enseñar la cara.
Cazar hijos de puta en internet y sobre el terreno requería anonimato. Era meticuloso protegiendo mis identidades, tanto en la red como fuera de ella.
—No hay problema —dijo Laura—. Mantendremos tus rasgos en sombra y retocaremos con Photoshop lo que haga falta. Siempre podemos pegar la cara de Bjorn sobre la tuya. Piensa que eres un sustituto temporal. Lo que necesito seguro es tu cuerpo. Y lo tienes.
Joder. Me sentía como una bestia acorralada.
—Venga, guapo. —Lexi me guiñó un ojo—. Puedes hacerlo.
Me quedé boquiabierto. ¿Lexi pensaba que yo era guapo?
—¿Qué pasa, le tienes miedo a la cámara? —Arqueó las cejas y me desafió con una sonrisa pícara—. No es tan difícil, ¿sabes?, y estaré encantada de enseñarte cómo va esto.
¿La sonrisa traviesa de Lexi?
Era un desafío en toda regla.
Un desafío suyo era algo a lo que no podía resistirme. Y si quería enseñarme cómo iba aquello, estaba más que dispuesto a aprender de ella. Además, necesitaba que esta maldita sesión de fotos terminara de una vez.
La nueva campaña se lanzaría en tres semanas, durante nuestra gala benéfica anual, con un elaborado desfile de moda encabezado por Lexi.
La gala atraía a la élite de Colorado, a los VIP del país y a los medios.
Generaba los fondos que financiaban nuestros programas de asistencia a veteranos heridos. Mi margen de tiempo era mínimo.
Un pensamiento repentino terminó de convencerme. Si aceptaba, podría volver a poner las manos sobre Lexi.
No lo hagas, marine, advirtió una voz en mi cabeza. No vuelvas a tocarla.
—Vamos —suplicó Laura—. Estamos en la hora dorada. Si perdemos la puesta de sol, estamos fritos.
—Vale, de acuerdo —dije, yendo en contra de mis instintos—. Pero lo del retoque facial con Photoshop es innegociable.
—Hecho —dijo Carla.
—Ponte ahí arriba, en la cresta, detrás de Alexandra. —Laura nos condujo cuesta arriba, ya ajustando el objetivo de su cámara—. Excelente. Ahora, separa los pies, eso está bien. Ponle las manos en las caderas.
Flexioné los dedos, grandes y callosos, antes de bajarlos a cada lado de Lexi.
Le puse las manos en las caderas y apoyé las palmas en la parte baja de su vientre.
Una ola de excitación me recorrió el cuerpo.
Sentirla me estremeció. Sus caderas eran tan suaves y estrechas que las puntas de mis dedos casi se tocaban.
Era suave, firme y cálida. Hacía tiempo que no sostenía a una mujer así, pero mi cuerpo recordaba los placeres del tacto. Respiré hondo y llené los pulmones con las notas afrutadas de su champú. Olía a bayas silvestres y hierba fresca. Refrescante, y también seductora.
Levantó la vista hacia mí y por un momento nuestros ojos se encontraron. De pronto solo existíamos nosotros en la cumbre, y las Rocky's girando a nuestro alrededor en una celebración impresionante e improvisada.
La fotógrafa daba instrucciones a voces mientras apuntaba con la cámara, el ojo pegado al visor.
—Buen trabajo, Max. Piernas separadas. Ojos en Alexandra. Haz lo tuyo, Alexandra.
Lexi giró la cabeza y clavó la mirada en la cámara con valentía. El coraje le brillaba en los ojos azul verdosos, en la inclinación de las cejas y en la posición de la boca, un puchero altivo que provocaba, coqueteaba y desafiaba.
Comenzó a moverse, orientando el cuerpo hacia la cámara como una mujer que seduce a su amante. Las caderas se le balanceaban entre mis manos, oscilando de un lado a otro, luciendo las mallas que llevaba. Hacía que el spandex utilitario pareciera seda fina.
Las manos se le movieron a posiciones ensayadas: cruzadas frente al pecho, levantadas sobre la cabeza, en las caderas, muy cerca de las mías.
El pecho se le elevó para lucir el sujetador deportivo que llevaba.
El delicado abdomen, los hombros rectos y las increíbles clavículas realzaban el ajuste perfecto de su ropa.
Había un método en lo que hacía, un oficio que perfeccionaba cada uno de sus movimientos y garantizaba su gama de expresiones.
Cuando posaba, era la dueña de su cuerpo, la reina de su universo.
Y en ese momento, con el cuerpo fluyéndole entre mis manos y el viento jugando con su melena, era la emperatriz de las Rocky's, el centro de mi mundo.
Su trasero rozó mi entrepierna. Se me puso dura.
Joder. Menos mal que estaba detrás de ella y no delante.
De lo contrario, aquello podría haberse convertido en otro tipo de sesión muy diferente.
Me aferré a ella con la misma fuerza con que me aferraba a mi voluntad, luchando contra las fuerzas que amenazaban con destrozar mi control.
—Ya llega la puesta de sol, chicos —anunció Laura, y sus asistentes se apresuraron a captar los últimos rayos de luz mientras nos envolvían con reflectores plateados—. Alexandra, date la vuelta. Max, bésala.
Lexi se giró entre mis brazos. Alzó el rostro hacia mí, con los ojos tan abiertos e invitadores como un mar de aguas someras. Juntó los labios y se pasó la punta de la lengua por el superior y el inferior, humedeciéndolos, preparando la boca para mí.
Abortar, abortar, abortar.
Mis instintos no se equivocaban y, sin embargo, nunca tuve la menor posibilidad de resistirme a ella. Cuando me miró, estaba perdido. Mi voluntad se esfumó. Mi cerebro se desconectó. Bajé la boca hasta la suya y reclamé sus labios, ofrecidos con generosidad.
La cumbre tembló bajo mis pies. La montaña se elevó; diablos, toda la corteza continental se alzó en un empuje repentino. Las Rocky's debieron de crecer un pie entero bajo nosotros. Nada más podía explicar aquella sensación de estar volando.
Anclado a su boca, mi cuerpo encontró su lugar en el cosmos. Cuando sus labios cedieron, no tuve más remedio que sumergir la lengua en su boca y beberla con lentas caricias íntimas que recogían sus sabores y fertilizaban la cáscara seca en que se había convertido mi cuerpo hasta aquel día.
Delicioso. Corrección. Lexilicioso.
El contacto me fortaleció y me hizo crecer.
Cómo respondía su cuerpo a mi tacto revivió partes de mí que habían muerto hacía mucho tiempo.
Mi polla se endureció aún más, el gigante despierto.
Incliné las caderas y presioné mi sexo dolorido contra su cuerpo, luchando contra la necesidad de agarrarle el trasero.