Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Capítulo 42 #2
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Capítulo 42 #2

Le sonreí y, por la mirada burlona que me devolvió mientras bebía un sorbo de café, supe que sí, que lo había visto.

—¿Matt ya ha desayunado? —pregunté, vencida por la curiosidad, antes de beber un sorbo del zumo de naranja que Francesca me había servido.

—Sí, ha desayunado muy temprano y ha salido con Leonardo. Tenía un asunto que tratar con él —respondió Pietro.

—Ah.

Eso quería decir que no me había evitado exactamente, ¿verdad? Sí, a eso iba a aferrarme.

Desayunamos conversando y, cuando Pietro se marchó y salimos al jardín a pasear, no pude resistirme a compartir con mi suegra y mi hermana aquel pequeño avance con Matteo.

Sandra me estrechó entre sus brazos y después acarició a mi bambino.

—Ya te lo he dicho, mi bambina: un hijo es una bendición. Este bambino será tu arma más poderosa para reconciliaros. Sabes lo que debes hacer para conquistar a ese hijo mío tan orgulloso y derribar los muros que ha levantado contra ti.

Me mordí la comisura del labio, mucho más animada, pero decidí expresar lo que me preocupaba.

—Pero sigue evitándome. Ha desayunado antes que nosotros.

—Quizá, pero hoy sí tenía un compromiso temprano con Leonardo.

Habéis dado un gran paso y noto que ya no siente la misma rabia hacia ti que al principio.

Está intentando perdonarte, estoy segura, aunque no me lo diga.

—Se acercó como si fuera a contarme un secreto y bajó la voz—.

Si ya no te amara, no entraría todas las madrugadas en tu habitación solo para observarte.

Su comentario me sorprendió.

—Pero no lo hace todas las noches. Solo de vez en cuando.

Soltó una risa por la nariz mientras me acariciaba el rostro.

—Eso es lo que quiere que pienses, bambina.

Me reí, incrédula ante lo mucho que aquella mujer sabía siempre.

—¿Cómo sabes todo eso? —pregunté, sorprendida.

—Tengo mis fuentes, querida. Tengo mis fuentes y no soy la única que ve cuánto sufre Matt lejos de ti. Hay mucha gente deseando que os reconciliéis.

—Yo también lo deseo muchísimo —admití, llena de alegría y esperanza después de aquella confidencia.

—Entonces no dejes escapar la oportunidad, ragazza.

Asentí, sintiendo que me invadía la impaciencia ante la posibilidad de que me visitara aquella noche.

***

Cuando llegó la noche, volví a prepararme para la batalla. Me di otra ducha y me extendí crema por todo el cuerpo, con la intención de oler bien para Matteo, pero también de hidratarme y evitar que aparecieran estrías a medida que me crecía la barriga.

Me puse un conjunto de pijama algo más atrevido y me rocié con el perfume que solía usar y que sabía que a mi marido le encantaba.

Me tumbé en la cama, cubierta únicamente por una sábana fina, y lo esperé, pero no aparecía.

Pasaron las horas y empezó a angustiarme la idea de estar haciendo el ridículo al alimentar unas esperanzas que no tenían fundamento.

No lo había visto en todo el día y se me llenaron los ojos de lágrimas, triste al sentir que la ilusión que había recuperado aquella mañana se desvanecía poco a poco.

—Soy una idiota. Una tonta.

Me giré de lado, irritada, para intentar dormir, y el bebé empezó a moverse, inquieto.

—Será mejor que tú también te duermas. Por lo visto, tu padre tiene cosas más interesantes que hacer que venir a vernos.

—Acaricié el punto donde se movía y lo sentí agitarse aún más—.

Él te quiere, bambino. El problema soy yo.

Mamá le hizo daño y él no quiere perdonarme, pero, cuando nazcas, ya no sufrirás las consecuencias de mis errores.

Sé que será un padre estupendo para ti, ¿vale?

—dije con tristeza, recordando la amenaza de que me mataría después de que naciera.

Cuando creía que habíamos dado un paso adelante, retrocedíamos otros diez. Por eso, ya no dudaba de que fuera a cumplir lo que había prometido. Lo mejor era dejar de alimentar aquel maldito corazón que intentaba convencerme de que todavía me amaba. Por lo visto, todo había sido una ilusión mía.

Empecé a llorar desconsoladamente porque había hecho todo lo posible para llamar su atención y no había servido de nada. Entonces, su voz interrumpió mis sollozos.

—No creo que sea bueno decirle esas cosas al bambino.

Me incorporé enseguida al oírlo, con el corazón latiéndome desbocado.

—Has venido… —murmuré, más para mí que para él.

Avanzó unos pasos, despacio, con aquella manera suya de moverse que tanto me atraía, y se sentó en el borde de la cama.

—He venido… Quizá no debería, pero, cuando me he dado cuenta, ya estaba aquí —admitió, como si se preguntara si debería haberlo dicho.

—Te estábamos echando de menos. En cuanto ha oído tu voz, se ha movido todavía más. Debe de haberse puesto contento. —Igual que yo. Quise decirlo, pero un paso cada vez, ¿recuerdas, Chiara?

Aquella sonrisa que tanto amaba apareció en su rostro al oírme y me sorprendió aún más lo que dijo después.

—¿Puedo verlo?

Aparté la sábana, ansiosa por sentir de nuevo su contacto, y entonces recordé lo que llevaba puesto. Vi cómo se le movía la nuez al reparar en mi pijama casi transparente, cuyo encaje no ocultaba mis pezones endurecidos, mucho más grandes por los cambios que los preparaban para la lactancia.

—Creo que sería mejor que te cambiaras —sugirió, incapaz de apartar los ojos de mi cuerpo.

Ni de broma iba a cambiarme después de ver cuánto le afectaba. Quizá empezara a ponérmelo todas las noches.

—Vamos, Matt. Ya me has visto mucho más de lo que estoy enseñando —lo provoqué con una sonrisa burlona.

Lo oí murmurar algo, pero no entendí qué decía.

Le cogí la mano y tiré de él para que se acomodara a mi lado.

Aunque respiraba con fuerza, lo hizo, intentando concentrarse en nuestro hijo—.

Nuestro bambino está reclamando tu atención —comenté, colocándole la mano sobre el punto de mi vientre donde se movía.

—Eh, campeón, papá ya está aquí. Puedes dejar de darle guerra a tu madre. —Como si entendiera lo que decía Matt, el bebé empezó a tranquilizarse, pero, en cuanto él guardaba silencio, volvía a moverse, protestando para que siguiera hablándole.

Solté una carcajada.

—Ha salido a ti —bromeé, admirando el perfil de su rostro—. Ya sabe lo que quiere. En cuanto dejas de hablar, protesta para pedirte más.

Una sonrisa cómplice le iluminó el rostro y, para mi sorpresa, se acercó todavía más a mi barriga. No pude resistirme a acariciarle el pelo mientras hablaba con nuestro bambino, contándole todas las cosas que harían cuando naciera.

—Espero que te gusten los aviones y no seas tan miedoso como tu tío, porque, si de mí depende, aprenderás a pilotar.

También seré yo quien te enseñe a usar un arma e incluso una espada.

—Empezó a susurrar como si le contara un secreto—.

Tu madre también sabe manejar una. No se lo digas, pero soy mucho mejor que ella, así que será mejor que aprendas conmigo.

—Le tiré del pelo para que levantara la cara. Se estaba riendo de mí.

—¡Eh! Se me da muy bien manejar la daga y lo sabes. Hace poco viste de lo que soy capaz —me defendí.

—No he dicho que no se te dé bien, solo que yo soy mejor. —Se encogió de hombros, como si fuera evidente—. Ahora cállate, que estoy hablando con mi hijo —me reprendió. Sonreí todavía más, como una tonta enamorada, embelesada con la escena—. Volviendo al tema…

Siguió provocándome mientras hablaba con nuestro hijo, pero siempre con una sonrisa, mucho más cómodo que la noche anterior.

Algo estaba cambiando dentro de él, entre nosotros. Cuando nuestro hijo pareció cansarse del juego y quedarse dormido, porque dejó de moverse en mi vientre, se lo pedí sin reparos.

—¿Vuelves a dormir conmigo? —Matt vaciló, pero se tumbó a mi lado.

—No sé por qué, pero algo me dice que estás utilizando a nuestro bambino para conseguir que duerma contigo. —Miré por encima del hombro, intentando averiguar si me lo estaba reprochando. La sonrisa burlona de su rostro indicaba que quizá tampoco le pareciera tan mal.

Me encogí de hombros y aparté el pelo hacia un lado de la cama, dejándome la nuca al descubierto.

—Cada uno utiliza las armas que tiene —admití, guiñándole un ojo y acercando el trasero a su entrepierna. Pero mi mafioso, tan dueño de sí mismo, se apartó y volvió a colocar aquella maldita almohada entre nosotros.

—Pero no te pases —advirtió, rodeándome la barriga con el brazo sin que se lo pidiera. Aunque no tenía su cuerpo completamente pegado al mío, empecé a adormecerme con una sonrisa, sintiendo sus caricias en el vientre y en el pelo.

Lo que sentía era tan intenso, me quemaba tanto en el pecho, que ya no podía seguir guardándomelo. Aunque creía que Matt se había dormido, lo llamé.

—Matt…

—¿Mmm? —murmuró, adormilado.

—Te quiero. Gracias por quedarte aquí con nosotros.

Me estrechó un poco más contra la almohada y habló.

—Siempre estaré a vuestro lado.

No dijo que él también me quería y eso me destrozó, pero al menos seguía allí y no se había apartado al oír mi declaración.

¡Un paso cada vez, Chiara!