Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Capítulo 42
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Capítulo 42

CHIARA LUCCHESE

Me desperté en mitad de la noche al sentir al bebé inquieto en mi vientre. Cuando fui a cambiar de postura, no esperaba encontrar a Matt sentado en la misma butaca de aquella otra noche, observándome, aunque parecía tener la mente en otra parte.

Pero esta vez no veía el resentimiento que solía percibir en él. Parecía lleno de dudas, con una arruga entre las cejas.

—Hola —dije, algo incómoda, apoyando la cabeza sobre el brazo sin dejar de estar tumbada—. No sabía que estabas aquí —añadí, intentando entablar conversación.

—Después de lo de hoy, pensé que sería mejor estar pendiente de ti. Han sido muchas emociones en un solo día y eso podría hacerle daño al bebé.

Asentí, de acuerdo con él. Quizá por eso sentía al bebé tan inquieto, aunque no me había afectado realmente lo ocurrido horas antes en aquella mazmorra.

Por supuesto, había pensado en todo lo que había hecho, en cómo la furia se había apoderado de mí.

Ni siquiera me reconocía al recordar cómo había perdido el control con la daga sobre aquel desgraciado, pero no sentía el menor remordimiento.

En realidad, era un alivio saber que por fin había consumado la verdadera venganza, y eso sí me reconfortaba.

Decidí incorporarme y apoyarme en el cabecero.

Solo llevaba un conjunto de pijama de seda verde claro, de tirantes muy finos y escotado, porque últimamente hacía calor.

Al sentarme, recordé los consejos de Sandra sobre utilizar lo que tenía a mi alcance para acercarme a Matt y, aunque seguía adormilada, decidí ponerlos en práctica.

—El bebé está bastante inquieto. —Me acaricié la curva del vientre—. ¿Quieres sentir cómo se mueve? —pregunté, mirando a Matteo, que seguía el movimiento de mis manos con pesar.

¡Todo debería haber sido tan distinto!

Al oír mi propuesta, se le iluminaron los ojos y asintió, levantándose.

Llevaba unos pantalones de chándal y una camiseta ajustada.

Me aparté un poco para hacerle sitio y se sentó a mi lado.

Me miró a los ojos, como si dudara ante un contacto tan cercano, pero finalmente me posó la mano sobre la barriga.

Sabía que debería ser un gesto inocente entre nosotros, pero lo había echado tanto de menos que el corazón me galopaba en el pecho. Su contacto parecía quemarme incluso a través de la ropa. Había soñado tantas veces con aquel momento que no encontraba palabras para describir la alegría que sentía.

Sonreí, feliz de sentir por fin su mano sobre mi vientre.

La cogí y la llevé hacia el otro lado, haciendo que su brazo me rodeara casi toda la barriga, porque el bebé estaba dando patadas justo allí.

No aparté la mirada de su rostro, atenta a cada detalle.

Cuando mi pequeño futbolista dio una patada fuerte, Matt soltó una risa por la nariz y su expresión seria se transformó en pura alegría, algo que no había vuelto a presenciar desde aquel maldito día.

—¡Vaya, qué patada! —exclamó, sorprendido por aquel primer contacto.

—Sí, nuestro bambino será un excelente futbolista —bromeé.

Seguía observándome la barriga con atención y, como si nuestro pequeño presumido sintiera por primera vez a su papà tan cerca, no paraba de moverse.

—Creo que nota que estás aquí.

—¿Tú crees? —preguntó, inseguro. Apenas parecía el mismo mafioso que siempre irradiaba confianza.

—Creo que sí. Dicen que lo sienten. Hablarles también ayuda a que nos reconozcan cuando nazcan —expliqué—.

Al menos, eso dicen tu madre, Francesca y los libros sobre maternidad —bromeé, mordiéndome el labio inferior, con el corazón acelerado por aquel sencillo contacto y la cercanía que por fin compartíamos.

Su mirada se encontró con la mía y tragó saliva antes de volver a fijarse en mi vientre.

—Eh, bambino, ¿quieres darle guerra a tu papà? —Otra patada fuerte le golpeó la mano y la carcajada de Matt resonó por la habitación. A mí empezaban a dolerme las mejillas de tanto sonreír.

—Parece que sí, pequeño travieso —comenté, acariciándome el vientre junto a la mano de Matt. Sus ojos brillaron al encontrarse con los míos, por primera vez en meses, y le sonreí, conteniéndome para no llevarle la mano al rostro y acariciarlo.

—Tienes que dejar que tu mamma descanse un poco. Ahora no es momento de jugar, ¿sabes? —dijo, acercando el rostro a mi barriga, cada vez más cómodo, sin apartar los ojos de los míos.

Como si hubiera entendido lo que le pedía su padre, el bebé se movió un poco más y se quedó quieto. Me sorprendió la conexión tan fuerte que Matt ya tenía con nuestro bambino.

—Por lo visto, ha entendido lo que le has pedido.

Matt acarició el punto en el que antes se movía, como si estuviera acariciando al propio bebé, y sonrió, completamente satisfecho al notar lo mismo que yo.

—Eso parece —comentó. Se dio cuenta de que había bajado la guardia por el bebé y fue evidente el instante en que volvió a levantar sus barreras contra mí, en cuestión de segundos.

La tristeza empezó a envolverme al percibir que volvíamos a retroceder, pero no estaba dispuesta a regresar al punto de partida, aunque sabía que debía tener paciencia.

Cuando hizo ademán de levantarse para marcharse o volver a la butaca en la que solía quedarse, le sujeté el brazo.

—Quédate conmigo —pedí, sin importarme parecer desesperada por recibir cualquier migaja.

—No sé si sería buena idea —respondió, vacilante. Bajó la mirada de mi rostro a mis pechos, aunque enseguida volvió a mirarme a los ojos.

Todavía me deseaba. Lo comprendí al ver cómo se le dilataban las pupilas al reparar en mi cuerpo.

Mis pechos habían crecido considerablemente con el embarazo y la parte de arriba del pijama no lo disimulaba en absoluto. Todavía no había comprado conjuntos nuevos, porque eran holgados.

—El bebé se ha tranquilizado contigo cerca —dije, sin importarme recurrir a nuestro bambino para intentar acercarme a él, aunque no había mentido: se había calmado al sentir la presencia de su papà.

Su mirada me dijo que sabía lo que estaba haciendo, porque bajó los ojos para ocultar la sonrisa que intentaba asomarle a los labios. Le sonreí con descaro y fui sincera.

—No estoy mintiendo. Estaba inquieto y por eso me he despertado. Después de que lo tocaras, se ha calmado. Quizá se sienta más seguro, igual que yo.

Se humedeció los labios, respiró hondo y supe que había ganado aquella batalla cuando volvió a acomodarse junto a mí.

Nos tumbamos frente a frente, pero quería que mantuviera la mano sobre mi vientre. Así que, con todo el descaro del mundo, me di la vuelta y me acomodé contra su cuerpo. Le cogí el brazo, oyendo cómo se le escapaba un gemido, y lo coloqué sobre mi barriga.

—Es por el bebé, Matt —mentí descaradamente, con una sonrisa traviesa que él no podía ver.

Apartó de mis caderas la entrepierna, donde empezaba a notar su erección, cogió una almohada y la colocó entre nuestros cuerpos, dejándome completamente frustrada.

Me volví hacia él, sin importarme que notara cuánto me había disgustado lo que había hecho, y, para mi sorpresa, estaba sonriendo, consciente de lo que había pretendido desde el principio.

—No fuerces las cosas, Chiara. Un paso cada vez.

Asentí y apoyé la cabeza en la almohada. No estaba tan satisfecha como lo habría estado con su cuerpo pegado al mío, pero sentía una enorme esperanza al tenerlo allí, a mi lado, con la mano acariciándome el vientre.

Debía tener paciencia. Después de meses, por fin se había permitido dar un paso hacia mí, aunque fuera por nuestro hijo. Podía ser el principio de un nuevo comienzo, así que decidí aceptarlo y conformarme con lo que habíamos avanzado.

Su presencia me tranquilizaba, la caricia de su mano me calentaba el pecho y, poco a poco, empezó a vencerme el sueño. Antes de dormirme, hablé, sin saber si seguía despierto y me oiría.

—Te echo de menos, Matt.

Suspiró con frustración y supe que había oído mi confesión. Me alegró saberlo. Unos minutos después, cuando estaba a punto de dormirme, lo oí hablar mientras me acariciaba suavemente el pelo.

—Yo también te echo de menos, carina.

Al oírlo, sonreí y me sumí en un sueño profundo, como hacía mucho que no me ocurría. En mis sueños solo veía aquellos iris plateados y sentía el pecho lleno de esperanza de que volviera a ser mío.

***

A la mañana siguiente, cuando desperté, no lo encontré a mi lado. Eso indicaba que se había quedado hasta que me dormí y se había marchado de madrugada al comprobar que estábamos bien.

Aquello debería haberme angustiado, pero no fue así, porque sabía que habíamos dado un gran paso y me aferraría a él con todas mis fuerzas para seguir acercándonos.

Como si hubiera recibido una inyección de ánimo, me levanté ilusionada, me di una ducha larga y me puse un vestido rojo holgado, hasta las rodillas, con un ligero escote, que dejaba ver mi barriga cada vez más grande.

Me maquillé un poco, como había hecho el día anterior, y elegí un pintalabios nude, porque era de día y el rojo habría resultado demasiado intenso para aquella hora.

Bajé animada a desayunar, con la esperanza de encontrar allí a mi marido, pero tampoco ocurrió esta vez. Cuando entré en el comedor, Pietro, Genevive y Sandra ya estaban sentados, conversando, y me dieron los buenos días al verme.

Había pensado que el paso que habíamos dado el día anterior haría que Matteo dejara de evitarme. Aunque me había permitido bajar a comer con su familia, nunca se sentaba con nosotros y sabía que era por mí.

Aquella inseguridad tan familiar intentó clavarme las garras en el pecho, pero no dejé que me invadiera. Habíamos compartido un momento maravilloso durante la madrugada y a eso iba a aferrarme.

—¡Qué guapa estás, ragazza! —comentó Sandra con una sonrisa. Me acerqué y le di un beso sonoro en la mejilla, igual que a mi hermana, que también parecía contenta al verme así.

—Me he despertado de buen humor.

—¿Y esa cara de enamorada? —bromeó mi cuñado. Le revolví el pelo, perfectamente peinado, mientras me dirigía al sitio donde solía sentarme.

¿Habría visto Pietro cómo entraba o salía de mi habitación? Bueno, no habíamos hecho nada malo. Lo que yo quería era que volviera a dormir allí todas las noches.