Capítulo 38 #2
Salí cubierto de la sangre de aquel desgraciado y fui a la habitación en la que no dormía desde hacía dos meses, desde que había descubierto la traición de Chiara.
Me senté en nuestra cama, sin importarme manchar las sábanas de sangre, y cogí la foto de los dos que seguía en la mesilla.
Empecé a llorar como no recordaba haberlo hecho nunca, imaginando todo lo que había sufrido a manos de aquel hijo de puta.
Odiaba con todas mis fuerzas a quienes hacían algo así. Pensar que le había ocurrido a mi mujer, a la mujer que amaba, a la que había cuidado con tanto esmero desde que la vi por primera vez, hacía que todo se rompiera dentro de mí.
Me tumbé, exhausto, abrazado a nuestra foto y sintiendo lo poco que quedaba de su perfume. Permanecí así tanto tiempo que perdí la noción de las horas.
Cuando me di cuenta, ya había anochecido. Me obligué a levantarme para ducharme y volver a la mansión de Palermo a ver cómo estaban Chiara y mi bambino.
Las imágenes que mi mente creaba al imaginar lo que había sufrido siendo tan joven no dejaban de atormentarme. Golpeé tantas veces la pared de la ducha, lleno de rabia y angustia, que me lastimé todos los dedos.
Después de una larga ducha, en la que me costó quitarme la sangre seca de aquel maldito, cogí ropa negra y sencilla del vestidor y me vestí. Salí con Marco pisándome los talones. Me había estado esperando fuera de la habitación con expresión preocupada.
—¿Dónde está mi madre? —pregunté, reprochándome no haber ido a verla después de todo lo que había descubierto.
—Acaba de entrar en su habitación. Ha vuelto de la mansión de Palermo hace un rato.
Fui hasta allí, llamé a la puerta y la encontré con Genevive, que me miraba con cierto miedo.
Todavía no le había permitido volver a ver a su hermana, porque quería castigar a Chiara por su traición.
Miré a Genevive y reconocí en ella muchos rasgos de mi ragazza. Un nudo en la garganta me dificultó respirar. Carraspeé antes de preguntarle:
—¿Cuántos años tienes, Genevive?
—Casi quince, señor Lucchese.
Asentí, sintiendo de nuevo aquella opresión en el pecho. Casi la misma edad que tenía Chiara cuando le ocurrió todo aquello.
—Puedes llamarme Matt o Matteo, como prefieras.
—Me encogí de hombros. Antes de que Carlo muriera, le había pedido que investigara a la hermana de Chiara y no había encontrado nada que la implicara en la traición.
Por eso le daría la oportunidad de hacer las cosas de manera distinta a su madre.
Además, teniendo en cuenta el amor que Chiara sentía por ella, imaginaba que no tendría de qué preocuparme—. ¿Quieres ver a tu hermana?
Se le iluminaron los ojos, llenándose de lágrimas, y asintió una y otra vez.
—S-sí, por favor.
—Bien, ve a preparar tus cosas. Te dejaré allí unos días, si a ti no te importa —añadí, mirando a mi madre, porque no quería dejarla sola.
—Claro que no, bambino. Chiara lleva meses sin ver a su hermana. Todo lo que hizo fue para protegerla. Lo justo es que al menos pueda verla de vez en cuando.
¿Todo aquello para protegerla?
—¿Qué quieres decir? —pregunté en cuanto Genevive pasó a mi lado y se apresuró hacia su habitación para hacer lo que le había pedido.
Mi madre se encogió de hombros.
—Cuando escuches a tu madre y le des a tu mujer la oportunidad de explicarte qué hizo y por qué, lo sabrás.
Odiaba que todo el mundo me pusiera contra las cuerdas en vez de decirme lo que sabía.
—¿Están bien? —Cambié de tema.
—Sí. Chiara sigue muy decaída. Se nota cuánto se arrepiente, pero, aunque no tiene hambre, se está esforzando por comer mejor por el bebé —comentó con tristeza—.
No dejo de pensar en lo feliz que se puso tu padre al saber que iba a tener un nieto —recordó con una sonrisa triste—.
A pesar de todo lo que había pasado, siempre consideró a los niños una bendición y se alegró de todos modos, porque veía lo mismo que yo.
Tragué saliva para deshacer el nudo de la garganta al pensar en mi papà.
—¿Y qué era?
—Que Chiara solo era una ragazza llena de heridas, obligada a hacer cosas que no quería, pero que tenía que hacer. Y que, además, actuaba movida por un odio que le habían inculcado.
—¿Sabes por qué me odiaba tanto?
—Nos odiaba, querrás decir —respondió con una risa sin humor—. Pero no. Ha dejado caer alguna cosa, aunque no ha entrado en detalles. Aun así, creo que me hago una idea.
Respiré hondo cuando Genevive llamó a la puerta y entró con una pequeña bolsa.
—Estoy lista, se… Matt —se corrigió, y le sonreí.
No sabía por qué había decidido hacer una excepción en el castigo de Chiara, después de que me hubiera traicionado.
Quizá saber todo lo que había sufrido y ver a aquella niña sola, sin madre ni padre, mientras su hermana también estaba sola, había ablandado algo dentro de mí y me había llevado a darle un poco de felicidad.
Tal vez aquello la animara, porque todos insistían en lo decaída que seguía.
***
—Buenas noches —dije al entrar en la habitación, iluminada apenas por una pequeña luz tenue.
Chiara estaba tumbada leyendo un libro. Tenía los ojos rojos e hinchados de tanto llorar y se me encogió el pecho ante la posibilidad de ser la causa de su tristeza.
Recordar las palabras crueles y despreciables de Ítalo también me afectó más de lo que quería.
Quería preguntarle a Chiara y averiguarlo todo, pero sabía que le haría daño y no quería causárselo.
Ya parecía sufrir bastante por la frialdad con la que la trataba y por estar prácticamente aislada.
De hecho, habría estado completamente sola si mi madre no fuera tan terca y no viniera siempre a verla, igual que hacía en la mansión de Sicilia, incluso en contra de mis órdenes.
Intentó ocultar el rostro y se secó unas lágrimas con el dorso de las manos para disimular, pero ya me había dado cuenta y no podía escondérmelo.
—¿Todo bien, Matt? —preguntó con la voz ronca de tanto llorar.
Asentí, sintiéndome aún peor por lo que le estaba causando. Aunque sabía que ella había provocado todo aquello, no me dolía menos verla así.
—Hay alguien que quiere verte.
Abrió mucho los ojos, visiblemente interesada, y se incorporó con curiosidad.
Antes de que pudiera pedirle a Genevive que entrara, ella lo hizo.
Chiara se llevó una mano a la boca, sorprendida.
Una sonrisa preciosa le iluminó el rostro y empezó a llorar, abriendo los brazos para recibir a su hermana.
Por supuesto, la ragazza no perdió el tiempo: dejó la bolsa en el suelo mientras corría hacia la cama y se lanzó sobre ella.
Aunque no quisiera admitirlo, la escena me conmovió.
Chiara la abrazaba con fuerza y la observaba para comprobar cómo estaba. Cuando me miró, todavía aferrada a su hermana, sus ojos reflejaban gratitud por haberlo permitido.
—La he traído para que te haga compañía unos días. Después volverá a la mansión, porque no quiero dejar sola a mi madre. Si no te importa.
Fue evidente cuánto la sorprendieron mis últimas palabras. No esperaba que le pidiera permiso.
Negó con la cabeza, soltando a su hermana unos segundos.
—Claro que no. Sé que Sandra la necesita y, como estoy lejos y… —extendió las manos a los lados— encerrada, no puedo ayudar mucho.
Asentí y, aunque una parte de mí quería quedarse, me obligué a salir. Necesitaba pensar.
Cuando estaba cerrando la puerta, oí que Chiara me llamaba y la dejé entreabierta.
—Gracias por esto.
Una pequeña sonrisa le curvó los labios y sentí cierto alivio en el pecho al saber que había conseguido hacer sus días un poco menos tristes.