Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Capítulo 38
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Capítulo 38

MATTEO LUCCHESE

Apenas conseguí dormir. Tenía la cabeza demasiado acelerada por todo lo que ocurría a mi alrededor y, sobre todo, porque las ganas de tener una pequeña charla con aquellos hijos de puta me consumían cada vez más.

Por eso, a las cinco de la mañana, dejé de perder el tiempo, me levanté y salí hacia Sicilia para hacer lo que todavía no había tenido ocasión de hacer.

Mis hombres me acompañaron como siempre, pero dejé un equipo numeroso con Chiara.

Necesitaba encontrar a otro guardia de confianza para que trabajara con Mattia.

Fabrizio, al que creía leal, había resultado ser el traidor que conspiraba a mis espaldas.

Sospechaba que Federico lo había comprado cuando estuvo en casa de Chiara, antes de nuestra boda, pero al menos aquel traidor ya no estaba entre nosotros.

También tenía que encontrar a un nuevo consigliere, porque había perdido al mío, aunque ya tenía en mente a alguien que podía estar a la altura del puesto. Me ocuparía de eso cuando llegara el momento.

Cuando llegué a la mansión, aún era muy temprano y no quise molestar a mi madre, que probablemente dormía bajo los efectos de los calmantes.

Le envié un mensaje a Pietro para avisarle de que había llegado y me dirigí al lugar al que tantas ganas tenía de ir.

Bajé los oscuros escalones de cemento con Marco pisándome los talones, abrí la sólida puerta de hierro y entré. Unas pocas bombillas amarillentas apenas iluminaban el lugar.

Avancé por el estrecho pasillo, impregnado de un intenso olor a sangre, y encontré a Federico, a Alexandre, el desgraciado que había osado matar a mi padre, y a Ítalo suspendidos por cadenas sujetas a sus brazos y piernas, formando una X.

Los demás prisioneros ya habían muerto después de que muchos de mis hombres los torturaran, pero había pedido que me esperaran antes de acabar con la corta vida que les quedaba a aquellos tres.

—Mira quién ha aparecido. Pensaba que no ibas a honrarnos con tu ilustre presencia —me provocó Federico, mostrando los dientes manchados de sangre en una sonrisa cargada de ironía.

Arqueé una ceja y me crucé de brazos para demostrarle que su intento de irritarme no me afectaba.

—Yo que tú no me provocaría. Ya tengo motivos de sobra para darte una muerte lenta y dolorosa.

—¿Y qué gracia tendría no provocarte? Si voy a morir de todos modos, al menos quiero ver cómo se va al infierno esa calma tuya.

Chasqueé la lengua, negué con la cabeza y me acerqué despacio a aquel desgraciado.

—Dudo mucho que consigas sorprenderme.

Echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada espantosa. Ítalo, de quien después había sabido que era hermano de Federico, lo miraba con una sonrisa igual de maliciosa.

—A ver, entonces, por quién empiezo… —Fingí pensármelo.

En ese momento llegó Leonardo, con el semblante aún más sombrío de lo habitual al mirar a Ítalo y a su hermano Alexandre, que, aunque seguía vivo, permanecía en silencio y nos observaba con odio, sobre todo a su hermano.

Miré a Ítalo, porque las ganas de descubrir qué había ocurrido entre ellos pudieron más.

Lo señalé con la cabeza y él entrecerró los ojos—.

Vamos a charlar. Quiero saber qué pasó entre tú, Leonardo y Chiara.

Una sonrisa cruel le curvó los labios y alternó la mirada entre Leonardo y yo.

—¿Pero todavía no te lo han contado tu mujer o tu guardia? ¿Cómo han podido ocultarle a su capo lo que ocurrió? —Se dirigió a Leonardo para provocarlo. Por el rabillo del ojo lo vi dar un paso al frente, apretando los puños, pero extendí un brazo para impedirle avanzar.

—¿Vas a empezar a hablar o necesitas que te anime? —pregunté, señalando con la cabeza la mesa llena de instrumentos.

Guardó silencio y se le endureció el rostro, consciente de lo que venía. Algo me decía que recibiría una buena paliza tanto si hablaba como si no. Quizá incluso peor después de hacerlo.

—Tú decides…

Me acerqué a la mesa y cogí unos alicates afilados para empezar.

Fui hasta su mano, sujeta por la cadena de hierro, le agarré el índice y empecé a arrancarle la uña con los alicates. El desgraciado se mordía los labios para no gritar, pero la expresión de su rostro dejaba claro cuánto le costaba disimular el dolor.

Cuando me cansé de atormentarlo, tiré de golpe y por fin le arranqué un alarido al hijo de puta.

—¿Vas a empezar a hablar o necesitas un poco más de ánimo?

Sus ojos parecían lanzar llamas hacia mí, pero no me importó. Aquello solo me animaba a ser más cruel con todos ellos.

—Yo que tú quizá no querría saberlo —dijo, arqueando una ceja con una sonrisa cargada de malicia—. Pero, si tanto te interesa, voy a contarte cómo abusé de tu mujer hace algún tiempo.

Solté una risa por la nariz, incapaz de creer sus palabras.

—¡Estás como una puta cabra! —respondí, todavía riéndome. Inventarse una mentira así para provocarme era absurdo y no iba a caer en la trampa—. Creo que necesitas otro incentivo.

Como estaban todos completamente desnudos, acerqué los alicates que aún llevaba en la mano a su pecho y le apreté un pezón. Empecé a girarlos, ejerciendo cada vez más presión. Sus gemidos y alaridos fueron aumentando y eran música para mis oídos.

Después de varios minutos arrancándoselo despacio para que sintiera cada instante de dolor, tiré con brusquedad y le arranqué un grito.

—¡Desgraciado, hijo de puta! Como te ponga las manos encima…

—Qué pena que no vayas a poder, ¿verdad?

Respiraba entrecortadamente por el dolor y una lágrima le resbaló por la mejilla, pero tenía que reconocer que el cabrón era duro de pelar.

—En realidad, preferiría ponerle las manos encima a la zorra de tu mujer y terminar lo que empezamos.

Volví a cerrar los puños al oír el desprecio con el que hablaba de Chiara. La sangre me hervía cada vez más.

—¿De qué estás hablando?

—De lo que pasó hace un tiempo, ¿verdad? —preguntó, señalando con la cabeza a Leonardo, que seguía callado, con los ojos llenos de odio por algo que recordaba—. ¿Quieres contárselo tú, alemán, o se lo cuento yo?

—¿De qué coño estás hablando? Suéltalo de una vez antes de que te arranque algo más, desgraciado —exigí con voz alta y firme.

—Hablo de lo que le hice… —respondió el hijo de puta— en un callejón de Sicilia. ¿Verdad, alemán?

—¡Te voy a matar, desgraciado! —gritó Leonardo. Se lanzó hacia él y empezó a golpearlo con tanta rabia que lo dejé desahogarse. Después de que le diera una buena paliza, lo aparté y lo miré.

—¿Qué coño me estoy perdiendo?

Sus ojos verdes, como los de Chiara, me miraron con tanta tristeza que comprendí lo que había ocurrido. Aquel desgraciado había estado a punto de violarla. Sabía que no había llegado hasta el final porque yo le había quitado la virginidad.

Todo se tiñó de rojo ante mis ojos cuando miré al desgraciado. Tragué saliva al imaginar a Chiara obligada a hacer algo así.

—¿Cuándo pasó? —pregunté en voz baja, pero con tanta furia que fue Leonardo quien respondió.

—Hace cuatro años. Cuando íbamos al mercado de madrugada.

—¿Y no hiciste nada? ¿Te quedaste mirando? —Empecé a acercarme a él con los puños cerrados, pero Leonardo no retrocedió.

—¿Crees que no quise hacerlo? —Me plantó cara, tan furioso como yo—. Llevaba a tres guardias con él. Me sujetaron entre los tres y me obligaron a ver aquella asquerosidad, lo que ese maldito le hacía a Chiara.

La rabia se me reflejó en los ojos ante la idea de que la hubieran hecho sufrir así, pero quería saberlo todo.

Miré al desgraciado, cogí una daga afilada y se la clavé en el abdomen.

La giré para aumentar el dolor. La sangre empezó a brotar, pero cogí una aguja quirúrgica y, mientras él gritaba y se retorcía, empecé a coserle la piel para que la sangre no tuviera por dónde salir.

—¿Qué le hiciste exactamente? —exigí saber mientras Ítalo empezaba a llorar de dolor—. Cuanto más tardes en hablar, peor será para ti. Dentro de poco se te empezará a coagular la sangre y llegará rápidamente a los pulmones. Estoy esperando.

Echaba espuma por la boca de rabia, pero estaba seguro de que la suya no superaba la mía.

—La obligué a hacer lo que yo quería —dijo con dificultad—. Y la manoseé.

—¡Mentiroso, hijo de puta! —gritó Leonardo, y Marco lo sujetó.

—Cuando iba a seguir, este cabrón —señaló a Marco con la cabeza— me llamó para encargarme un trabajo y no pude terminar lo que había empezado, por desgracia —aseguró, mirándome a los ojos.

La furia se apoderó de mí. Empecé a darle puñetazos en la cara y en el abdomen, donde ya tenía una herida profunda, y decidí ir más allá.

Cogí la daga y, de un tajo, le corté aquella polla asquerosa. Después le corté los huevos. El desgraciado no dejaba de gritar, pero eso solo me alentaba.

De tantos golpes que le había dado en la herida reciente del abdomen, los puntos se abrieron. No dudé en meter la mano dentro y, al sentir sus órganos, agarré parte del intestino y tiré de él con brusquedad.

Tenía los ojos desorbitados y se veía cómo la vida se le escapaba poco a poco.

No me bastaba. Ya no veía nada más. Con la daga larga y afilada en la mano, empecé a cortarlo en pedazos.

Le corté la mano con la que había osado tocar a mi mujer, a una chica de apenas catorce años.

Le corté la otra, con la que había tocado sus partes íntimas.

Le corté la lengua con la que se jactaba de todas aquellas atrocidades.

Le atravesé los ojos que un día se habían atrevido a mirar a mi chica.

Le corté las piernas, lo que quedaba de sus brazos y, por último, le seccioné la cabeza de un solo golpe.

Cuando me detuve, agotado y jadeando después de aquel arrebato provocado por todo lo que había hecho aquel desgraciado, miré hacia él. Solo quedaban las cadenas colgando con sus manos y sus pies. El resto estaba completamente descuartizado, pero todavía no parecía suficiente.

Miré a Federico con la misma furia y, por primera vez, vi el miedo reflejado en sus ojos abiertos de par en par.

—Que te sirva de advertencia.

No se me escapó cómo tragó saliva aquel maldito cobarde. Eso solo me confirmó que tampoco me gustaría lo que saliera de su boca.

***